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¿Es Posible La Solidaridad desde la Biología Humana?

Fuente:UPRalmamater@gmail.com 

Título original: ¿Hacen nuestros genes imposible al socialismo?

 

Los socialistas desean ver que cobre existencia un nuevo sistema de sociedad, basada en la propiedad común y en el control democrático de los recursos productivos, ejercido por toda la población; que la producción sea para el uso y no para el lucro; y que la distribución se dé bajo el principio de “de cada quien según sus capacidades; a cada quien según sus necesidades”—en una palabra, el socialismo. Quienquiera que alguna vez haya argumentado a favor del socialismo seguramente se habrá topado con la objeción de que “suena bien pero nunca funcionaría porque no se puede cambiar la naturaleza humana”.

Los que hacen esta objeción tienen en mente que los seres humanos son por naturaleza egoístas y rapaces, y quizá también agresivos y haraganes. Aunque esas personas no lo habrán pensado mucho, si se les insiste sacarán a relucir términos como “innato”, “instintivo” y “en nuestros genes” en relación con los tipos de conducta mencionados. Dicho de otro modo, que tales impedimentos se hallan en nuestra constitución biológica, aunque algunos simplemente dirían que, sea cual sea la causa, los seres humanos siempre se han comportado de esas nefastas maneras y por eso siempre ha sido necesario que sus actos sean regidos por la moralidad y los gobernantes.

Frente a esta objeción, lo primero que hay que hacer es aclarar que entiende el interlocutor por “naturaleza humana”.

Una forma de respuesta sería definir sociológicamente la naturaleza humana y decir que es como se comporta el ser humano típico en una sociedad particular y en un punto dado de la historia. Esta forma de respuesta trae consigo el problema de que no facilita decidir cuál fue o cuál es exactamente la naturaleza humana en un momento dado. Por otro lado, aun cuando esto fuera difícil, seguiría estando claro que la naturaleza humana no es siempre la misma sino que cambia de una sociedad a otra, en realidad incluso podría estar cambiando constantemente. Respecto de esta definición la respuesta a la objeción de la naturaleza humana sería “Oh sí, la naturaleza humana puede cambiar; sólo échale un vistazo a la historia”.

Tal fue en efecto la manera como abordó el asunto Karl Marx, precursor del socialismo. No hay nada erróneo mientras quede claro que naturaleza humana no se refiere a la constitución biológica de los seres humanos sino a su comportamiento típico en cualquier sociedad. Sin embargo, hoy por hoy es imposible evitar referirse a lo que biológicamente son los seres humanos. De ahí que, según nuestro punto de vista, sea mejor aclarar desde el principio la distinción entre naturaleza humana determinada biológicamente y comportamiento humano determinado socialmente.

Dicho de otro modo, aceptar el punto de vista de los objetores, de que existe esa llamada naturaleza humana biológica pero mostrar, con base en los hallazgos de la antropología, la biología, la genética y la neurociencia, que no hay nada en la constitución biológica de los humanos que les impida vivir en una sociedad socialista, que, por el contrario, es parte de la naturaleza biológica de los seres humanos el ser flexibles y polifacéticos en su comportamiento y por tanto ser capaces de adoptar comportamientos adecuados a la sociedad en la que se crían y viven. De acuerdo con esta definición, la respuesta a la pregunta sobre la naturaleza humana es “Sí, de acuerdo, la naturaleza humana está fijada y no puede ser cambiada, pero esto no es una barrera contra el socialismo, pues lo que hace falta cambiar no es la naturaleza humana sino el comportamiento humano, y la historia enseña que éste no es fijo sino que puede cambiar”.

Como este es nuestro enfoque, en este folleto explicaremos los testimonios de la genética, la biología y la antropología en los cuales se basa nuestra conclusión. Recurriremos a la teoría de la evolución, de Darwin, actualizada a la luz de las últimas investigaciones y también bosquejaremos lo que se sabe de la evolución de las especies animales con las que los humanos están emparentados, el Homo sapiens, antes de refutar las concepciones de los deterministas biológicos que pretenden demostrar que el socialismo es biológicamente imposible: los Darwinistas sociales, los llamados “etólogos pop” de los años sesenta; los Sociobiólogos y los que han secuestrado el término “Psicología evolutiva.

Si por momentos esto se lee más bien como una obra de divulgación científica que como un folleto político, ello obedece a que en cierto sentido sí lo es, una contribución a propagar la comprensión de la naturaleza de los humanos sobre lo que somos capaces de hacer y qué clase de sociedad somos capaces de lograr.

Los hechos de la vida

Los genes son siempre noticia en estos días. Si no es la modificación genética de las siembras, es el proyecto genoma humano. Si no se trata de los genes egoístas, se trata del gene de la homosexualidad. No fue siempre así. Los científicos saben desde hace mucho que existen las unidades de la herencia biológica a las que llaman “genes”, pero hasta hace relativamente no descubrieron que dichos genes se componen de las moléculas llamadas “ácidos desoxirribonucleicos”, o abreviadamente, ADN.

Estos avances de la biología y la genética han tenido dos consecuencias, una negativa y otra positiva. La negativa ha sido el renacimiento de las teorías del determinismo biológico, o idea de que las pautas del comportamiento humano son más o menos fijas y gobernadas por nuestra constitución biológica. Las personas que no desean cambiar la sociedad para hacerla mejor han argumentado desde tiempo atrás que no se puede lograr esto de ninguna manera pues va contra la “naturaleza humana”. En el pasado no dispusieron de ninguna teoría plausible en la cual basar su pretensión, sólo la doctrina cristiana del “pecado original” y la manera como la gente tendía a comportarse. Ahora pueden expresar su prejuicio en una forma pseudo científica proclamando que las diversas formas de comportamiento humano que, según ellos, son inmutables lo son porque están regidas por nuestros genes.

La consecuencia positiva es que la genética ha confirmado, más allá de cualquier sombra de duda, que todos los seres humanos tienen un origen común. Esto era obvio, pues ya Darwin, por ejemplo, lo había puesto de manifiesto con base en otros rasgos compartidos por todas las formas de vida, pero ahora se sabe que el código genético de toda la vida—bacterias y plantas lo mismo que animales—está expresado en el mismo código de ADN. A menudo se cita que los humanos comparten 98.4 por ciento de sus genes con los chimpancés, pero sólo el 35 por ciento con los narcisos.

La teoría darwiniana de la evolución de las diferentes especies de formas de vida fue que habían pasado por el proceso que llamó de “selección natural”. Los humanos han creado diferentes variedades de plantas y razas de animales domesticados por la siembra o el cruce selectivos de plantas o animales poseedores de las características que deseaban y sólo propagaron o cruzaron entre sí a vástagos de unas y otros. Así descubrieron que el procedimiento de “selección artificial” funcionaba lo largo de las generaciones y daba lugar a nuevas variedades de plantas y razas de animales. Darwin razonó que procesos naturales habían creado la gran variedad de las formas de vida por una selección semejante, sólo que no planeada ni intencional, igual que habían cambiado con el tiempo los medios en que las diferentes formas de vida tuvieron que existir.

Darwin se dio cuenta de que para que la selección natural hubiera operado eran indispensables dos condiciones. La primera, abundancia de tiempo, y la segunda, que los individuos de las primeras especies de organismos no fueran exactamente iguales entre sí sino que existieran entre ellos leves variaciones. Y actuando sobre estas leves variaciones durante generaciones y generaciones fue como del proceso de selección natural resultaron nuevas especies.

En principio no hubo problema alguno con el factor tiempo. Pero en la época en que Darwin estaba escribiendo—El origen de las especies fue publicado por primera vez en 1859—los geólogos ya habían demostrado que la Tierra tenía una edad de más de los 6000 años calculados por el obispo Ussher en el siglo XVII, fundándose en la interpretación literal de la biblia.

Pero cuando tuvo que abordar el problema de lo que causaba las variaciones dentro de las especies y cómo éstas las heredaban Darwin no encontró cómo explicarlo. Sólo pudo observar estos hechos, cuya razón aún no se descubría. Una teoría, asociada con el nombre de Lamarck, fue la de que las características adquiridas se podían heredar; por consiguiente, si el medio externo producía alguna variación en un organismo ésta pasaría a las siguientes generaciones. Aunque Darwin no descartó la idea por completo sí se dio cuenta de que esa no podía ser la regla general. Los criadores de perros, por ejemplo, sabían que, aunque les cortaran a los canes la cola una generación tras otra, los animales seguirían naciendo con colas. Era claro que estaba en juego otro elemento, aunque él no supiera cuál.

Sin saberlo Darwin, casi al mismo tiempo que hacía sus investigaciones, un monje austríaco, Gregor Mendel, estaba realizando experimentos de los que resultaría el fundamento para la respuesta que Darwin necesitaba. Los experimentos de Mendel fueron con chícharos y sobre la manera como varias características, como el color de sus flores, eran heredadas de una generación a otra. Cuando la obra de Mendel fue redescubierta y analizada al principio del siglo pasado, se evidenció que éste había hecho un importante descubrimiento sobre la herencia: que las características heredadas por un organismo estaban dirigidas por distintas unidades biológicas para las cuales se acuñaron varios nombres “cromosoma”, “germoplasma” y “gen”.

Se discutió si esos elementos eran trasmitidos por medio de la sangre (que había sido la suposición común). Al final, gracias a los avances en el estudio de células vivas, se estableció que la herencia no tenía nada que ver con la sangre. Cuando evolucionó una terminología de aceptación general, se estableció la teoría de que las características heredadas estaban regidas por “genes” que eran parte de los “cromosomas” y que éstos se hallaban en el núcleo de las células. Al principio, la existencia de los genes no pasó de ser una teoría pero luego fue confirmada por investigaciones posteriores.

La existencia de los genes sirvió para explicar cómo se producían las variaciones que eran esenciales para que Darwin formulara su teoría de la selección natural. Normalmente, los genes se heredan sin cambios pero ocasionalmente, como el ADN es una combinación química, aquéllos pueden ser afectados por la radiación u otras sustancias químicas; y entonces se forma un nuevo gen. Si el organismo que hereda el nuevo gen sobrevive y tiene vástagos dicho gen entrará en el repertorio genético de la especie y podrá actuar sobre él la selección natural o la artificial.

Ahora tenemos, pues, un cuadro bastante completo del origen de las especies: todas las diferentes formas de vida que existen o han existido aparecieron mediante el proceso de selección natural que opera sobre genes, que son las unidades de características heredables. Este mecanismo se halla actualmente tan bien establecido que es tan irrefutable como que la Tierra es esférica y no plana.

Esto no significa que todo esté resuelto sino que no tiene caso tratar de impugnar el principio de que los genes gobiernan la anatomía física de un organismo; la estructura básica y la forma en que es mantenida es heredada aun cuando el modo exacto varíe según el medio. Por ejemplo, si una planta consigue más de lo que necesita para crecer alcanzará mayor tamaño, siempre y cuando se mantengan iguales los demás factores, que otra de su especie que consiga menos.

 

 

Este buen artículo se enriquece con la colección de estudios científicos que
están en:

http://argentina.indymedia.org/news/2008/07/617267.php

Hay un debate anterior, muy interesante, que se abrió en:

http://argentina.indymedia.org/news/2007/01/483643.php

Los genes gobiernan la manera como un organismo es capaz de reaccionar a los estímulos que recibe de su medio. Esta reacción no es siempre automática, como el reflejo de estirar la pierna al recibir un golpecito abajo de la rodilla. Es así en las plantas, los insectos y las bacterias y parte de la conducta de todos los animales. Sin embargo, los animales que tienen un sistema nervioso más desarrollado que incluye un cerebro tienen la capacidad de reaccionar—comportarse—considerando sus experiencias vividas. No puede decirse que tal comportamiento sea gobernado por sus genes; lo que en tales casos es gobernado por un gen es su capacidad de reaccionar con base en la experiencia, no la reacción misma.

El grado en que una especie dada presenta comportamientos no regidos por sus genes depende del nivel de desarrollo de su sistema nervioso y su cerebro. Cuanto menos desarrollados estén, tanto menor serán las posibilidades que los organismos de la especie de que se trate tengan de presentar comportamientos no gobernados por sus genes. En la mayoría de las especies esto se halla bastante limitado y la mayor parte de su comportamiento es “instintivo”, como se le llama a la conducta regulada por los genes. Cuanto más desarrollado esté el cerebro—cuanto más espacio tenga para almacenar y recuperar experiencias en forma de recuerdos—, tanto mayor será la extensión de su comportamiento no gobernado por genes, es decir, su comportamiento “adquirido”.

De todos los animales, los humanos son los poseedores de los cerebros más desarrollados, lo que significa que tenemos mayor capacidad—de hecho una capacidad muchísimo mayor—para el comportamiento adquirido que cualquier otro animal, lo que a su vez significa que el comportamiento humano, como la reacción de los miembros de nuestra especie a los medios en que se desenvuelven, tiene muchas más facetas y flexibilidad que todos los demás animales. Esta capacidad de los humanos para adaptar su comportamiento al medio en que viven—capacidad heredada biológicamente—es lo que nos distingue como especie animal y debe ser una característica clave para cualquier definición correcta del término “naturaleza humana”.

Que los miembros de nuestra especie sean capaces de adaptarse a medios diferentes en realidad sí tiene base biológica, en nuestros cerebros que evolucionaron biológicamente y heredamos. Lo que los genes determinan en los humanos son las características físicas y heredadas de sus cerebros, pero no el comportamiento real ni las pautas de comportamiento en que estos cerebros nos permiten ocuparnos y lo que efectivamente realizamos. En otras palabras: la naturaleza es una cosa; el comportamiento humano, otra.

¿Cómo llegamos aquí?


En 1936 el arqueólogo V. Gordon Childe escribió el libro El hombre se hace a sí mismo. Aunque hoy se habría justificado cambiar el título por “Los humanos se hacen a sí mismos”, el título expresaba un aspecto clave de la evolución de las primeras formas del género Homo en Homo sapiens: no fue de modo puramente biológico que los comportamientos adquiridos por las primeras formas de Homo, y que pasaron de una generación a la siguiente por medios no biológicos, desempeñaron su papel en ese paso evolutivo.

O sea que, aun las características heredadas biológicamente y gobernadas por los genes de nuestra especie fueron en parte producto del comportamiento adquirido y no controlado por los genes. Estos comportamientos tuvieron que ver en su totalidad con la manera como utilizar partes del resto de la naturaleza en pro de sus capacidades de supervivencia, en particular cómo hacer y usar herramientas y cómo forrajear (cazar y hurgar entre despojos en busca de carne, y recolectar raíces, plantas, frutas e insectos) colectivamente.

Se piensa que los primeros animales que los antropólogos clasifican como pertenecientes al género Homo aparecieron hace unos 2.5 millones de años en las sabanas (pastizales desarbolados) de África Oriental y son clasificados en tal género por su gran capacidad cerebral comparada con las especies de monos antropomorfos de los cuales evolucionaron. Fue ésta también la época en que se empezaron a hacer las primeras herramientas de piedra. La evolución de las formas más antiguas del Homo en, primero, el ahora extinto Homo erectus (hace unos dos millones de años) y, luego, en el Homo sapiens (hace entre 200,000 y 100,000 años), también en las sabanas africanas, es en esencia la evolución, en animales que ya caminaban en dos pies, de un cerebro cada vez más grande y también de un sistema vocal cada vez mejor adaptado al habla y de un periodo más prolongado de desarrollo para alcanzar la madurez.

Todos estos rasgos biológicos están ligados unos con otros. Un sistema vocal más eficiente permite un lenguaje hablado estructurado, que a su vez implica el pensamiento abstracto, mientras que un periodo de crecimiento más prolongado significa mayor tiempo durante el cual aprender comportamiento no gobernado por los genes. Todo esto presupone mayor capacidad cerebral. Los humanos necesitan esta mayor capacidad, comparada con el tamaño de su cuerpo, que la de los demás animales porque el trabajo cerebral extra que implica pensar, aprender y el comportarse modos nuevos, requiere de esa mayor capacidad.

Lo que distingue a los seres humanos de los demás animales no es tanto su proporción mayor de comportamiento adquirido en contraste con el regulado por sus genes, ni siquiera el recurso inmensamente superior que los humanos tienen de hacer a su modo otras partes de la naturaleza para ayudarlos a sobrevivir. Estas son diferencias cuantitativas, con las que los humanos sobrepasan lo que muchos otros animales hacen. La diferencia cualitativa entre los humanos y los demás animales y que está detrás de las diferencias cuantitativas es la única cosa que sólo los humanos hacen y de hecho que sólo los humanos son capaces de hacer: pensar de modo abstracto, esto es, pensar en cosas que no están percibiendo de manera física. Esto implica la capacidad de representarse una cosa mediante un símbolo y en vez de la cosa pensar en ese símbolo. Tal es la razón de que el pensamiento abstracto sea conocido también como “pensamiento simbólico”, es decir, pensar con símbolos. Los símbolos en cuestión son palabras, los nombres que los humanos damos a las cosas y que empleamos al pensar en esas cosas sin tener que estarlas percibiendo al mismo tiempo. Así, el pensamiento abstracto y el lenguaje estructurado están ligados indisolublemente. Sin lenguaje no podría haber pensamiento abstracto o simbólico; el lenguaje, al servir para nombrar partes de nuestro medio, suministra los símbolos con los cuales pensamos. Los demás animales se envían señales mutuamente y esto puede considerarse una especie de lenguaje, aunque serían mejores términos como protolenguaje o prelenguaje, pero la diferencia fundamental entre éste y nuestro lenguaje es que el primero no implica pensamiento abstracto; las señales son emitidas siempre en presencia física de la cosa o situación que se está señalando.

Incluso a los humanos se les describe como la “especie simbólica” porque son la única especie que usa el pensamiento abstracto con símbolos. Tal forma de pensar demanda una elevada potencia cerebral, y un cerebro más poderoso sólo habría evolucionado mediante el proceso de evolución natural, si el empleo del pensamiento abstracto con símbolos como ayuda para sobrevivir en el resto de la naturaleza hubiera agregado valor de supervivencia. No es difícil ver que esto habría sido el intercambio de experiencias, comunicar las destrezas de la hechura de herramientas e información sobre la recolección de alimento, organizar la cacería colectiva y en general enseñar ciertos comportamientos al grupo.

Sigue siendo materia de controversia cómo pudieron haber evolucionado la capacidad biológica para el pensamiento abstracto y el lenguaje humano—y probablemente seguirá siéndolo, ya que la discusión nunca podrá ser zanjada por ninguna prueba directa; los antropólogos sólo disponen de pruebas indirectas como fósiles y artefactos, susceptibles a veces de más de una interpretación—, pero en dos de las teorías principales se presupone que las facultades indicadas se desarrollaron como resultado de que los humanos son animales sociales, es decir, animales que vivían en grupos y enfrentaban al resto de la naturaleza en grupo para sobrevivir y por eso necesitaban medios de comunicarse mutuamente para coordinar sus actividades. Un cerebro capaz de pensamiento abstracto y símbolos de comunicación es, y sólo pudo haber sido, un producto social.

Una teoría es la de que la capacidad de pensamiento abstracto, y la mayor capacidad cerebral necesaria para tal forma de pensar, surgió como una forma para mejor dominar las complejas relaciones sociales—predominio, sumisión, rivalidad, colaboración—dentro de la clase de agrupaciones en que se supone que vivieron las primeras formas del género Homo. La otra teoría, quizá más plausible, es la de que lo que inició el proceso fue la elaboración de herramientas. Por encima del nivel de sencillamente agarrar una piedra y golpearla para darle una forma tosca, hacer herramientas supone idearlas, es decir, que el constructor tiene una imagen mental de lo que va a hacer antes de hacerlo. Esta imagen mental es ya un símbolo.

Siendo capaces de darle forma a herramientas especiales en vez de simplemente usar lo que tuvieran a mano obviamente les habría dado a los capaces de hacerlo un valor de supervivencia agregado; éstos habrían podido obtener con más eficacia lo que necesitaban del resto de la naturaleza para sobrevivir. Los individuos aptos para hacer herramientas a partir de una imagen mental habrían sido favorecidos por el proceso de selección natural de modo que, al paso de un millón de años o más, las especies sucesivas del género Homo habrían evolucionado gradualmente siempre con una capacidad mayor de pensar con símbolos. El resultado final, hace de 100,000 a 200,000 años, seríamos nosotros, especie con un cerebro totalmente capaz de pensamiento abstracto y el empleo de un lenguaje basado en símbolos.

En cuanto los animales del género Homo hubieron desarrollado alguna capacidad de pensamiento abstracto y de habla, habrían ganado la posibilidad de perfeccionar la facultad de hacer herramientas. Aquí, “herramienta” debe entenderse en su sentido más amplio de cualquier cosa hecha para ayudar a los grupos humanos a sobrevivir en el resto de la naturaleza, no sólo hachas y cuchillos de piedra; también telas y chozas, y hacer fuego y otros conocimientos sobre cómo obtener lo que necesitaban del resto de la naturaleza. El sustantivo “herramientas” en su sentido más amplio equivale a “cultura”.

La cultura, como cuerpo coherente de objetos de factura humana y el conocimiento de cómo usarlos, se puede heredar, en el sentido de hacerla pasar de una generación a la siguiente, pero esta herencia no es biológica. Su contenido no es parte de los cerebros con que nacemos y no es trasmitido mediante los genes; las herramientas son heredadas como objetos físicos, y el conocimiento de cómo usarlos, por enseñanza y aprendizaje. De hecho la cultura de la sociedad formada por el grupo dentro del cual los humanos se crían y adquieren dicha cultura es lo que determina cómo se comportan y no su dotación genética. La gran variedad de formas en que diferentes grupos de humanos se han conducido en lugares diferentes y en diferentes épocas debiera ser prueba suficiente de que nuestro comportamiento está gobernado por nuestra cultura y no por nuestros genes.

De ahí la otra definición de seres humanos como “animales portadores de cultura”. En la definición de “especie que maneja símbolos” se subraya el hecho de que el comportamiento humano no está determinado genéticamente, sino que depende de factores no biológicos. Naturalmente esta capacidad para el pensamiento abstracto y para crear cultura tiene una base biológica, en el potencial y la estructura de nuestros cerebros y en el prolongado periodo de desarrollo que tenemos, comparado con el de los demás animales, durante el cual adquirimos la cultura del grupo incluidos sus comportamientos.

Ahora queda claro que lo dicho en el párrafo anterior fue una de las cosas que Childe tenía en mente cuando escogió para su libro el título “El hombre se hace a sí mismo”. La evolución del Homo sapiens no fue un proceso puramente biológico, sino un proceso biológico influido e incluso impulsado por la forma en que las primeras formas del género Homo se comportaron y que dependieron de adaptaciones no biológicas a su medio. La principal adaptación no biológica fue el uso de herramientas cada vez más complejas, herramientas para actuar sobre el resto de la naturaleza para extraer de ella recursos necesarios para sobrevivir. Ya en el siglo XVIII Benjamín Franklin había definido al humano como “el animal que hace herramientas”, y el propio Darwin sugirió que el uso de herramientas por la especie de la que descendemos habría afectado su evolución hasta llegar a nosotros. Como darle forma a partes del resto de la naturaleza le procura medios de subsistencia los marxistas llaman “trabajo” y “producción” a esa actividad; Engels pudo ver también la significación de tal ocupación ya en 1876 en un ensayo publicado en 1896, después de su muerte, con el sugerente título de Papel desempeñado por el trabajo en la transformación del mono en hombre (aun cuando él no había captado muy correctamente el mecanismo de la herencia, ya que parecía creer que las características adquiridas sí podían heredarse).

Las primeras formas del género Homo trabajaron y cambiaron así la naturaleza que incluye al final, como resultado de la operación de la selección natural, el componente biológico de sus descendientes. Es decir que los humanos se hicieron a sí mismos o al menos nos hicieron a nosotros. Otros han expresado esta estrecha relación entre el desarrollo del hacer herramientas, el lenguaje y la cultura, y la evolución biológica del Homo sapiens como “co-evolución”, que es una manera más de decir que somos producto no simplemente de la evolución biológica sino también de la interacción con los factores no biológicos.

Tal como evolucionó, o más bien como co-evolucionó, con la destreza para hacer herramientas y el lenguaje, el Homo sapiens se transformó en una especie animal con postura erecta, visión tridimensional y a colores, sistema vocal capacitado para el habla, manos capaces de usar y hacer herramientas y periodo de crecimiento prolongado durante el cual adquiere la cultura creada por sus congéneres, todo lo cual culminó en un cerebro capaz de pensar abstracta y simbólicamente, así como de trasmitir el conocimiento social y práctico de una generación a otra por medios no biológicos. Tal es nuestra naturaleza y en realidad está fijada biológicamente. Pero no es esta “naturaleza humana” la que necesitamos para cambiar si deseamos avanzar al socialismo. Al contrario, es perfectamente satisfactoria para nosotros y nos permitirá adaptarnos a esa sociedad del mismo modo que nos ha permitido adaptarnos a las otras sociedades en que los miembros de nuestra especie han vivido hasta ahora.

Darwinismo anti-social


Los socialistas acogen el socialismo desde del principio pues da una explicación materialista plausible de un fenómeno natural. Los defensores del statu quo se dividieron. Unos rechazaron el darwinismo, prefiriendo basarse en la religión para erigir una defensa ideológica de los privilegios del capitalista. Otros trataron de “secuestrar” el darwinismo para el mismo fin.

Thomas Henry Huxley, el hombre que inventó el término “agnóstico” pero que también fue conocido como “el bulldog de Darwin” por la valentía con que defendió la teoría de la evolución, de Darwin, en contra de la clerecía y otros detractores, escribió en 1888 el artículo “La lucha por la existencia y su relación con el hombre”. En él afirmó que entre los primeros humanos los más débiles y tontos eran derrotados, mientras que los más fuertes y astutos, mejor dotados para enfrentarse a sus circunstancias, pero no mejores en ninguna otra forma, sobrevivían. La vida era una continua batalla campal, y más allá de las relaciones limitadas y temporales de la familia, la guerra hobbesiana de todos contra todos había sido el estado normal de la existencia (Siglo XIX, febrero de 1888).

Thomas Hobbes fue el escritor del siglo XVII cuyo libro Leviatán fue un intento por justificar el gobierno autoritario de Carlos II sobre bases distintas del desacreditado “derecho divino de los reyes”. Su argumento fue que antes de que el gobierno fuera establecido de común acuerdo con un gobernante que había impuesto y mantenido la paz social, los humanos habían existido en “estado natural”, que consistía en que todos estaban en guerra contra todos, de modo que la vida era “perversa, brutal y corta”. Aun en aquel tiempo había datos suficientes para demostrar la falsedad de su argumento, pero Hobbes tenía que suponer que así había sido con el fin de desplegar su razonamiento. Su propósito era justificar el gobierno autoritario ejercido por un sólo individuo y tenía que pintar un cuadro sombrío de la vida antes del gobierno con objeto de hacer creíble su razonamiento.

A pesar de todo, Huxley era un científico—ciertamente un biólogo—y debía de haber estado bien informado (dos siglos después) para no tomar al pie de la letra las especulaciones filosóficas de Hobbes acerca de la vida en “estado natural”. Pero no pudo ver otra posibilidad que el capitalismo y aceptó sin crítica la concepción de que, sin el gobierno ejercido por una élite, los humanos volverían a conducirse como él creía que lo hacían los animales en la naturaleza:

Desde el punto de vista del moralista, el mundo animal es prácticamente lo mismo que un espectáculo de gladiadores. Estos eran bien tratados y luego enfrentados para que pelearan, para que el más fuerte, más rápido y más astuto viviera para volver luchar al otro día. El espectador no tenía necesidad de apuntar con el pulgar hacia abajo, pues no se concedía cuartel.

Lo que hizo Huxley fue dar apoyo científico a la justificación de Hobbes del gobierno autoritario; lo que es más, dio su apoyo en nombre del científico más notable de la época, Charles Darwin, que murió en 1882.

El propio Darwin no creía realmente que el estado natural de los humanos fuera de individualismo desenfrenado. Lo que sí dijo fue que había llegado a formular su teoría reflexionando en los puntos de vista de Malthus acerca del exceso de población. Según Malthus, en Ensayo sobre el principio de la población, que fue reeditado muchas veces después de su primera publicación en 1798, la humanidad estaba siempre al borde del exceso de población sostenible con los recursos alimenticios existentes en un momento dado. Esto se debía a que mientras que las existencias de alimentos crecían sólo aritméticamente (1, 2, 3, 4, 5...) la población humana tendía a incrementarse geométricamente (1, 2, 4, 8, 16...) y era refrenada sólo por la falta de alimentos que acarreaba mortandad por hambrunas y enfermedades.

Darwin pensó que esto se aplicaba también al mundo natural. En la naturaleza, las plantas y los animales tendían a producir vástagos suficientes para incrementarse geométricamente, crecimiento desmesurado al que sólo refrenaba la escasez de recursos alimenticios, que reducía el número de los que realmente sobrevivían. Como resultado, había una continua “lucha por la existencia” entre los miembros de la misma especie para sobrevivir, y sólo los más capaces lo lograban. Con esto Darwin quiso decir los más capaces de sobrevivir y de reproducirse en el medio en que realmente vivían. Si por alguna razón (climática, geológica, migración de otras especies), entonces, después de un tiempo prolongado, una nueva especie tendería evolucionar cuando aquellos con características mejor adaptadas para sobrevivir en este nuevo medio lograran efectivamente sobrevivir mejor que aquellos otros no tan bien dotados. Tal forma de ver las cosas es idea central del darwinismo—en realidad esta es su teoría de la evolución de las especies mediante la selección natural—, pero de ningún modo implica que cada uno de los miembros de cierta especie esté, por consiguiente, compitiendo en contra de cada uno de sus congéneres, ni que el mejor dotado este tratando de eliminar a los menos aptos. Lo anterior sólo significa que el mejor dotado tendrá más descendientes que los otros.

Darwin, sin embargo, puede tener algo de culpa por la distorsión que su teoría sufrió por mal interpretación de algunos de sus seguidores. Al escribir, en el resumen introductorio de su capítulo “Lucha por la existencia”, “Lucha por la vida más severa entre individuos y variedades de la misma especie” y en tomar en préstamo la frase “la supervivencia del más apto” del filósofo individualista Herbert Spencer, dio cierto crédito al punto de vista de que su teoría de la evolución de las especies se basaba en que había una lucha por la existencia entre los miembros de la misma especie a resultas de la cual sólo sobrevivían los victoriosos.

Del mismo modo que Malthus se opuso a que se tomaran medidas para mejorar la vida de los pobres por considerarlo contraproducente, pues eso sólo alentaría a los pobres a tener más hijos, lo que incrementaría la presión sobre los recursos y empeoraría la situación a largo plazo, de modo que quienes transfirieron las ideas de Darwin a la sociedad humana se valieron de un razonamiento semejante. Los llamados “darwinistas sociales” se oponen a la ayuda a los pobres argumentando que ello empeoraría las cosas, pues se permitiría que sobrevivieran los menos aptos, debilitando al género humano en su conjunto. A diferencia de los tiempos de Malthus, ahora tenemos el socialismo, y los darwinistas sociales dirigen conscientemente sus teorías en contra de su posibilidad y deseabilidad. Como dijo el propio Herbert Spencer:

En el mundo animal el viejo, el débil y el enfermo son siempre erradicados y sólo el fuerte y el sano sobreviven. La lucha por la existencia sirve por tanto como purificación de la raza, protegiéndola contra el deterioro. Este es el afortunado efecto de esta lucha, pues si ésta cesara y cada quien tuviera asegurada la existencia sin lucha alguna, la raza se deterioraría. El apoyo prestado al enfermo, al débil y al incapaz causa la degeneración general de la raza. Si la compasión se expresa como caridad, vas más allá de sus límites razonables, pierde su brújula, en lugar de disminuir hace aumentar el sufrimiento de las generaciones nuevas. El buen efecto de la lucha por la existencia puede verse mejor en los animales salvajes. Estos son vigorosos y sanos porque tienen que arrostrar miles de peligros ante los cuales los inhábiles tienen que perecer. Entre los hombres y los animales domésticos las enfermedades y la debilidad se hallan tan generalizadas debido a que a unos y a otros se les presta ayuda. El socialismo, que tiene entre sus metas abolir la lucha por la existencia en el mundo humano, ocasionará mayor deterioro físico y mental (citado en Marxism and Darwinism by A. Pannekoek, capítulo 5, en http://csf.colorado.edu/mirrors/marxists.org/archive/pannekoe/).

En Alemania el darwinista connotado fue Ernst Haeckel, biólogo, quien hizo su propia aportación a la teoría de la evolución. Se opuso con tanta rabia al socialismo como el filósofo Spencer.

El darwinismo, o la teoría de la selección, es completamente aristocrático; se basa en la supervivencia del mejor. La división del trabajo originada por el desarrollo hace que el carácter varíe cada vez más, que aumente la desigualdad entre los individuos, en su actividad, educación y condición. Cuanto mayor es el avance de la cultura humana, tanto mayor la diferencia y el abismo que se abre entre las clases existentes. El comunismo y las demandas propuestas por los socialistas que exigen una igualdad de condiciones y actividad es sinónimo de retroceso a etapas primitivas de barbarie (misma fuente).

Las respuestas del socialista clásico a estas irritantes tonterías las dio Peter Kropotkin en su Mutual Aid As A Factor in Evolution (publicado en 1902 pero escrito en su mayor parte diez años antes como réplica directa a Huxley) y Anton Pannekoek en su folleto de 1905 Marxism and Darwinism. Ambos eran científicos en toda la extensión de la palabra. En plena juventud, en la década de los sesenta del siglo XIX, Kropotkin había hecho una contribución original para entender la geología de Siberia oriental. Pannekoek estaba en vías de convertirse en un astrónomo de primera categoría.

Kropotkin aceptó que por supuesto había en la naturaleza una lucha por la existencia en el sentido de que cada individuo de cada especie se esforzaba por sobrevivir. También aceptó que “los más aptos” eran los que sobrevivían. Lo que no aceptó fue que la lucha por la existencia fuera una pugna por la superioridad entre los miembros de la misma especie o que los supervivientes más aptos eran los triunfadores en tal lucha. Fundándose en sus propias observaciones del mundo animal, señaló que en la inmensa mayoría de las especies la lucha por la existencia era un esfuerzo colectivo, en que los miembros de la misma especie vivían en grupos cuyos miembros co-operaban ayudándose mutuamente a sobrevivir. Los más aptos eran aquellos cuyas características biológicas los capacitaban mejor para sobrevivir en el medio en particular que su propio grupo encontraba para ellos, y éstos—o más bien los de su tipo—sobrevivían, pero no exterminando a los menos aptos. Puede decirse que hoy este es el punto de vista prevaleciente entre los darwinianos.

Volviendo a los humanos, Kropotkin señalo que ninguna de las primeras sociedades humanas se conformaba al cuadro dibujado por los darwinistas sociales. Los primeros humanos no eran individuos (individualistas) empeñados en una lucha a muerte unos contra otros. Por el contrario, Como las sociedades primitivas que aún existen nos permiten ver, aquéllos vivieron en sociedades (tribus y clanes) cuyos miembros cooperaban entre sí para sobrevivir.

La persistencia misma de la organización del clan muestra lo absolutamente falso que es representarse a la humanidad primitiva como una aglomeración desordenada de individuos que sólo obedecían a sus pasiones individuales y se aprovechaban de su fuerza y su astucia para aniquilar a todos los demás miembros de la especie (Mutual Aid, Penguin, 1939, p. 82).

En cuanto a la afirmación de Huxley de que “los primeros hombres sustituyeron la mutua paz por la guerra cualquiera que haya sido el motivo que los impulsó a hacerlo fueron los que crearon la sociedad”, Kropotkin replicó pertinentemente que “la sociedad no la creó el hombre: es anterior al hombre”.

Pannekoek atacó por otro flanco. Señaló que no era accidental que los defensores del gobierno capitalista se sacaran de la manga la idea de que la naturaleza era una lucha por la supervivencia, librada entre individuos despiadados... lo cual es un reflejo de la sociedad capitalista y de la competencia entre los capitalistas. Lo que estaban haciendo era atribuir los rasgos de la sociedad capitalista a la naturaleza para crear la ilusión de que el capitalismo competitivo era algo natural, y que el socialismo no lo era. Pero los comentarios de Pannekoek no se confinaron a analizar la ideología capitalista que el darwinismo social representaba. Como Kropotkin, hizo ver también que esa teoría contradecía los hechos.

La evolución humana, replicó Pannekoek, se había vuelto diferente de la evolución biológica. Una vez que los humanos dejaron de evolucionar como especie biológica con caracteres específicos, su evolución se apartó de lo biológico en el sentido de una adaptación de sus atributos biológicos; en realidad fueron sus características biológicas mismas las que produjeron tal fenómeno: un cerebro capaz de pensar por abstracciones, un sistema vocal idóneo para el habla y manos capaces de usar y hacer herramientas. Esta herencia biológica hizo de los humanos animales que construían herramientas, y éstas se convirtieron en extensiones no biológicas de sus cuerpos.

Al paso que otras especies animales sólo pudieron adaptarse al medio cambiado por evolución (como resultado de la selección natural actuando por espacios de tiempo inmensamente grandes) de diferentes caracteres biológicos, los humanos lograron adaptarse perfeccionando sus herramientas. Así la evolución humana dejó de ser biológica y se volvió técnica. Además, como los humanos eran animales sociales que vivían en sociedades, y como la técnica desempeñó un papel decisivo en modelar la fisonomía de esas sociedades, la evolución humana fue evolución social. Las sociedades en las cuales vivían evolucionaron también, pero bajo principios por entero diferentes de los de la evolución biológica. La teoría darwiniana de la evolución biológica no se aplica a las sociedades humanas; tampoco las luchas que se dieron dentro de éstas.

Hubo en realidad, dijo Pannekoek, una especie de lucha social darwiniana por la existencia dentro de la sociedad capitalista pero no entre los humanos como unidades biológicas, en que los más inteligentes y los más sanos estarían en la cumbre y los más débiles y cretinos habrían sido derrotados. Fue una lucha entre los propios dueños de herramientas (a estas alturas en la forma de fábricas y maquinaria), en la cual los ganadores no fueron los dotados de mejores cerebros o cuerpos sino los que poseían mejores máquinas. Las derrotas fueron sufridas por los propietarios de máquinas con menor rendimiento y su destino fue el de ser condenados a la gran mayoría de humanos que no poseían ninguna clase de máquinas: la clase trabajadora.

La clase trabajadora, dijo Pannekoek, estaba enzarzada en una lucha, pero no con herramientas puesto que no poseían ninguna, sino en una lucha colectiva “por la posesión de herramientas, una lucha por el derecho a dirigir la industria”, es decir, una lucha por el socialismo como la propiedad social y el control democrático de los medios de producción, la gran colección de herramientas que la humanidad había acumulado.

¿Genes para todo?


Cuando en 1933 los nazis llegaron al poder en Alemania el determinismo biológico se convirtió en la ideología del estado. ***Esto iba a ser su deshacer, al menos temporalmente, al igual que en el caso de la derrota de Alemania*** puntos de vista más exactos sobre la biología y el comportamiento humanos saltaron al primer plano. El racismo y la eugenesia fueron repudiados y se terminó por reconocer que la conducta humana estaba determinada cultural, no biológicamente. Esto se basó en investigación científica sólida y fue bien expresada (aparte de la confusión de “humano” y “hombre”, entonces prevaleciente) por Kenneth Boulding en 1966:

Es la gran peculiaridad del hombre, sin embargo, diferenciarse de todos los demás animales, que el don que sus genes le entregan es un enorme sistema nervioso de unos diez mil millones de componentes, cuyo contenido informativo se deriva casi totalmente del medio, esto es, del ingreso de datos del exterior al organismo. La contribución genética del sistema nervioso al hombre está virtualmente completa en el momento en que nace. Casi todo lo que ocurre de ahí en adelante es aprendido. Esta consideración es la que inspira al antropólogo contemporáneo a declarar que el hombre virtualmente carece de instintos y que prácticamente todo lo que sabe lo tiene que aprender de su medio, que consta tanto del mundo físico en que vive y se mueve y el mundo social en que nació (en Man and Agression—Hombre y agresión—, compilado por MF Ashley Montagu, OUP, 1968, pp. 86-87).

Y apoyado por el propio antropólogo Ashley Montagu:

Lo notable de la conducta humana es que es aprendida. Todo lo que un ser humano hace como tal ha tenido que aprenderlo de otros seres humanos. Desde cualquier predominio de reacciones heredadas o biológicamente predeterminadas que puedan prevalecer en el comportamiento de los demás animales, el hombre ha entrado en una zona de adaptación en la cual su comportamiento está dominado por las respuestas aprendidas. Es dentro de la dimensión de la cultura, lo aprendido, el hombre vuelto parte del medio, donde el humano crece, se desarrolla y tiene su ser como un organismo de comportamiento (p. xii, subrayado suyo).

Este hallazgo nunca ha sido popular entre quienes apoyan el gobierno de clase y los privilegios del capitalista. Tiene implicaciones que fueron demasiado democráticas, para no decir demasiado socialistas para ellos. En realidad, confirmó hasta decir basta que la llamada “objeción de la naturaleza humana” al socialismo era completamente infundada: la gente podría adaptarse a vivir en el socialismo, tal como se adaptó a vivir en el comunismo tribal primitivo, la sociedad esclavista de la Antigüedad, el feudalismo y el capitalismo.

Así, después de haber dejado un tiempo respetable para que los recuerdos que la gente guardaba del nazismo se atenuaran un poco, los defensores de un determinismo biológico muscular empezar a reaparecer. Uno de los primeros fue el naturalista austríaco Konrad Lorenz. El libro que escribió en alemán en 1963 fue traducido al inglés y publicado en 1966 con el título On Aggression—Sobre la agresión. En él argumentó que los humanos eran por naturaleza agresivos o, como él lo expuso, que estaban “programados filogenéticamente” para tener comportamiento agresivo.

En un capítulo titulado “La espontaneidad de la agresión”, Lorenz clamó que la agresión en los humanos era una “pulsión” generada internamente y parte de su fisiología heredada genéticamente.

Conociendo el hecho de que la pulsión de agresión es un verdadero instinto primario de preservación de la especie nos permite reconocer su cabal peligro: es la espontaneidad del instinto lo que lo hace tan peligroso. Si tan solo fuera una reacción a ciertos factores externos, como sostienen muchos sociólogos y psicólogos, el estado de la humanidad no sería tan peligroso como realmente es, pues, en tal caso, los factores que desencadenan la reacción podrían eliminarse con cierta esperanza de éxito (On Aggression, Methuen, 1969, p. 40).

Esta aseveración se basó en sus propios estudios de animales no humanos, principalmente aves y peces, y en su creencia personal en la idea de Freud de que “aún estamos impulsados por los mismos instintos que nuestros ancestros prehumanos”.

Sus colegas científicos se mostraron sumamente críticos ante el libro. Señalaron que al hablar de “instintos” en los humanos él estaba recurriendo a una noción desde hacía mucho tiempo descartada por inútil, que su punto de vista de que había “patrones de comportamiento social evolucionados filogenéticamente” en los humanos contradecía los datos de la antropología y la historia; que de ningún modo se infería que lo aplicable a los otros animales debía aplicarse a los humanos; que en todo caso el comportamiento que describía como agresivo no se aplicaba a todos los animales; que incluso en aquellos a los que sí se aplicaba no siempre estaba claro que pudiera ser no aprendido. Algunos fueron lo bastante crueles como para recordarle que ya una vez había mal interpretado los hechos cuando en tiempo de los nazis publicó un artículo en que defendía la eugenesia y “la idea racista como base del estado”.

Sobre el problema clave de si el comportamiento agresivo en los humanos se disparaba en respuesta a factores externos o, como afirmaba Lorenz, en respuesta a alguna “pulsión” interna que tenía que ser “descargada”, la opinión (aparte de unos cuantos freudianos recalcitrantes) fue unánime. No había ningún “instinto de lucha” ni “pulsión de agresión” en los humanos; el comportamiento agresivo en los humanos lo disparaban causas externas. Siendo así, la situación no era tan peligrosa como Lorenz imaginaba porque, como él mismo admitía, esto significaba que estos factores externos que desencadenaban la agresión se podían eliminar “con alguna esperanza de éxito”.

Otro pionero de este renacer del darwinismo social fue el dramaturgo y guionista Robert Ardrey, cuyo The Territorial Imperative (“El imperativo territorial”) apareció también en 1966. Fue seguido por Desmond Morris en 1967 con su libro El mono desnudo. Ardrey escribió expresamente como antisocialista, y subtituló su libro “Indagación personal de los orígenes animales de la propiedad y las naciones”. Según él, la propiedad privada y la división del mundo en estados competitivos era natural. “La naturaleza territorial del hombre es genética e inerradicable”, escribió. El nivel de su razonamiento puede juzgarse de la siguiente réplica a quienes decían que estaba equivocado en cuanto a que los humanos eran genéticamente territoriales: o las lagartijas de cerca (Sceloporus undulatus), los castores canadienses, los perritos de las praderas (roedores del género Cynomys), el pez Gasterosteus aculeatus aculeatus, los monos aulladores, los ñúes, los camaleones hembra intolerantes, las currucas en variedad y las gaviotas en variedad estaban equivocados—o Karl Marx estaba equivocado (The Hunting Hypothesis, Collins, 1976, p. 111).

Él sólo dio por cierto que lo que podía ser válido para los animales que había sacado a colación para apoyar su afirmación automáticamente tenía que ser cierto también para los humanos. De hecho, no lo era, pues un factor clave distintivo de los humanos es que virtualmente todo nuestro comportamiento es adquirido y no gobernado por nuestros genes. Así, si los humanos a veces se conducen de modo posesivo, territorial o agresivo—como innegablemente lo hicieron y siguen haciendo—tal forma de comportamiento es adquirida dentro de la sociedad en que viven y su cultura. En una sociedad diferente, con una cultura diferente, los humanos podrían adaptarse a conducirse de modos no posesivos, ni territoriales ni agresivos.

Ardrey ya había escrito el libro African Genesis (“Génesis africano”) en 1961 en el cual exponía los puntos de vista del antropólogo Raymond Dart, quien argumentaba que los humanos descendían de un antropoide que, a diferencia de los monos antropomorfos del pasado y los hoy sobrevivientes, cazaban a otros animales para comer su carne y sobrevivir. Aunque Dart exageró su argumento, éste goza hoy de aceptación general. Ardrey volvió a este tema en otro libro, The Hunting Hypothesis (“La hipótesis de la caza”) y afirmó no sólo que éramos descendientes de “antropoides asesinos” sino que esto era lo que seguíamos siendo fundamentalmente.

Esto se basaba en otra falacia. Que hayamos evolucionado de animales cazadores no significa que tal actividad se haya incorporado a nuestros genes; el resultado final de la evolución por intermedio de esos animales fue otro animal, uno con un cerebro capaz de permitirle, por medio del pensamiento abstracto y la adquisición de cultura, adaptarse para convertirse en agricultor y pastor y, hoy, de vivir y trabajar en una sociedad basada en procedimientos industriales de producción.

Al describir a los humanos como “monos desnudos” Desmond Morris se equivoca por completo. Lo primero que habría notado cualquier zoólogo que nos estudiara desde el exterior como a cualquier otro animal (que es el punto de partida de Morris) es que la mayor parte del tiempo no estamos desnudos sino vestidos. El zoólogo habría tenido entonces que investigar por qué, y habría descubierto que éramos un “mono” (o un “tercer chimpancé”, como escribió otro autor) que era capaz de dar forma a partes del resto de la naturaleza para proporcionar un sustituto artificial para el pelaje del que la naturaleza nos había despojado. Tomando esta ruta, el zoólogo habría descubierto que no sólo éramos capaces de producir ropa; también la mayoría de las cosas que necesitamos, recurriendo a herramientas que habíamos fabricado para sustituir otras características biológicas que la naturaleza nos había quitado. El zoólogo habría sacado en conclusión que éramos “monos vestidos y fabricantes de herramientas” y que esto introducía tal diferencia, que tal vez, de plano, no se nos debía clasificar como monos pero sí como otro animal por propio derecho. Claro que esta no fue la conclusión de Morris. Su conclusión fue la de que seguíamos siendo aún cazadores primitivos mal adaptados para vivir en la sociedad moderna. El mono desnudo fue un gigantesco éxito comercial. Se vendieron más de ocho millones de ejemplares y lanzaron a Morris a una carrera financieramente más que satisfactoria como proveedor, para el público en general, de nociones acientíficas sobre los humanos.

El método de Morris fue el de buscar una pauta de comportamiento o un rasgo psicológico constantes (“armados por la observación simple y directa de los patrones de conducta más básicos y compartidos ampliamente por los especímenes de la corriente principal de más éxito, tomados de las principales culturas contemporáneas”) y declarar que esto era parte de la naturaleza heredada biológicamente de los humanos. Sin embargo, que una pauta conductual en particular pueda identificarse como constante del comportamiento humano en diferentes épocas y lugares no significa forzosamente que esté determinada biológicamente. Podría ser igualmente resultado de condiciones ambientales semejantes que producen como respuesta comportamientos aprendidos similares. No fue fácil para Morris encontrar comportamientos que hayan sido comunes a todos los humanos en todas las épocas. Al final tuvo que recurrir a descartar algunas formas de conducta—como las de no agresión o no posesividad o la de igualdad de los sexos practicados por algunas sociedades tribales—tachándolas de excéntricas o las de perdedores cuyas sociedades fueron fracasos. Como lo expuso, tales sociedades eran “aguas culturales estancadas” que “sólo revelaban hasta qué punto puede nuestra conducta apartarse de lo normal sin un total colapso social”. Habló dando por cierto lo que estaba tratando de demostrar.

Una vez comenzado, este halagar los prejuicios populares reflejados por las preferencias de Ardrey y Morris empezó a contaminar también a los científicos, y ocurrió lo que sólo puede describirse como una regresión en el entendimiento de muchos de ellos. En 1971 un especialista en el estudio de las hormigas, E. O. Wilson, delineó un grandioso esquema llamado “sociobiología” cuyo objetivo era tratar de explicar el comportamiento social humano en función de nuestros genes, para reducir la sociología a la biología. En un libro posterior, On Human Nature que apareció en 1978, declaró que los socialistas entendían mal la naturaleza humana:

La percepción de la historia como una lucha de clases inevitable que culmina en el surgimiento de una sociedad igualitaria gobernada a la ligera y con la producción bajo el control de los obreros está [...] basada en una inexacta interpretación de la naturaleza humana [On Human Nature (Sobre la naturaleza humana), Penguin, 1995, p. 190].

Wilson negó que el cerebro humano que había evolucionado por selección natural era “un dispositivo multiusos, adaptable por aprendizaje a cualquier modo de existencia social”, y aseguró que, por el contrario, los genes heredados de la época en que los humanos evolucionaron, y se adaptaron a la vida en ese medio, dieron lugar a humanos intensamente predispuestos a conducirse en sociedad de modos particulares.

Su técnica fue de lo más fácil: se examina el comportamiento en busca de algo constante; luego se supone que este algo fue determinado por la biología, por la dotación genética de los humanos; el paso final es (fue) elaborar una teoría más o menos plausible sobre por qué y cómo esto habría terminado por fijarse en nuestros genes durante el periodo en que los monos antropoides y las primeras formas del género homo evolucionaron en el Homo sapiens.

As, por ejemplo, la religión podría identificarse como una constante del comportamiento humano y suponerse un gen de la creencia en la religión y desarrollarse una teoría de cómo el gen de la creencia en algo superior al individuo podría haber tenido un valor de supervivencia para los ancestros del Homo sapiens, y que la selección natural darwiniana lo habría incorporado a nuestra dotación genética. O la dependencia de las mujeres respecto de los hombres; podría decirse que aquélla terminó por ser determinada genéticamente porque durante el tiempo en que evolucionamos los hombres salían de caza mientras que las mujeres quedaban en la vivienda cuidando los niños, etc., etc., etc. Fue un juego que cualquiera podría jugar, y que los articulistas y los productores de TV jugaron a cabalidad. Humorístico tal vez, pero totalmente acientífico.

Wilson era biólogo pero el juego era tan fácil que otros quisieron practicarlo también y de inmediato. Así nació la “Psicología evolutiva”, cuya divisa fue “nuestros cráneos modernos alojan una mente de la edad de piedra”, que les permitió a los psicólogos jugar el juego también, escogiendo algún rasgo psicológico y sometiéndolo al mismo tratamiento. Como Ardrey y Wilson, uno de sus guías, el profesor universitario Steven Pinker, escribió una crítica explícita a las ideas socialistas:

Una de las más caras creencias de muchos intelectuales es que hay culturas donde todos comparten con todos libremente. Marx y Engels pensaron que los pueblos ágrafos representaban una de las primeras etapas de la evolución de la civilización: el comunismo primitivo, cuya máxima era “De cada quien según sus capacidades, a cada quien según sus necesidades [How the Mind Works (Cómo funciona la mente)”, Penguin, 1998, p. 504].

Para él, como para Wilson, esto no habría sido biológicamente posible porque tal compartir libre no habría tenido valor alguno para la supervivencia y así los cerebros capaces de practicarlo no habrían evolucionado. La conclusión es que tal tipo de sociedad sigue siendo biológicamente imposible hoy en día, pues seguimos teniendo los cerebros adecuados para la vida de la caza y la recolección en la sabana africana durante el periodo en que aquella forma de vida quedó fijada a nuestro repertorio genético:

Durante el noventa y nueve por ciento de la existencia humana, la gente vivió del forrajeo y en pequeñas bandas nómadas. Nuestros cerebros están adaptados a esa forma de vida largo tiempo ha desaparecida, no a las civilizaciones agrícola e industrial completamente nuevas. No poseen los circuitos indispensables para enfrentar multitudes anónimas, la escuela, el lenguaje escrito, el gobierno, la policía, los tribunales, las instituciones sociales formales, la alta tecnología y otros fenómenos recién llegados a la experiencia humana (How the Mind Works, p. 42).

Pinker aseveró que la mente humana es una “computadora neural” que “diseñada” por la selección natural para actuar como un “programador ciego”. Esta es quizá una manera de expresarlo, ¿pero “diseñada” para qué? Pinker saltó de la suposición de que la mente humana debe estar “dotada de circuitos” para el lenguaje simbólico y la visión estereoscópica (conclusión nada irracional ya que, como hemos visto, estos son dos caracteres de la naturaleza biológica humana) a la dudosa afirmación que debe tener “circuitos” semejantes para reaccionar a condiciones como las prevalecientes en la Edad de piedra.

Esta exposición de que seguimos teniendo una “mente de la edad de piedra” es como un cuchillo de doble filo. Otro psicólogo evolutivo, Andrew Whiten, profesor de psicologías evolutiva y del desarrollo de la universidad de St. Andrews, Escocia, señala que durante el “noventa y nueve por ciento de la existencia humana” la gente vivió en una etapa de “comunismo primitivo”.

Los humanos son la especie más social de la Tierra y nuestros ancestros formaron grupos de cazadores-recolectores que trabajaron en equipo para adaptarse al nuevo estilo de vida. A diferencia de las demás especies, tuvieron una cultura igualitaria en donde todo se compartía igualmente: ningún otro animal hace eso. No había jerarquía en la sociedad ni jefes de tribu, pues todo aquél que trataba de consolidarse como líder era desconocido por los demás. Todos eran considerados iguales unos a otros y vivían en una cultura de comunismo primitivo. Podríamos esperar que como productos de la evolución nuestros ancestros hubieran sido egoístas, pero fue su capacidad para trabajar conjuntamente y apoyarse unos a otros lo que los hizo más exitosos que cualquier otro. Esta cultura de apoyo mutuo permitió que la técnica y las habilidades pasaran a la generación siguiente y en el proceso se perfeccionaran. Aunque este estilo de vida igualitario no está presente en la mayor parte del mundo de hoy, puede hallarse en estado latente dentro de nosotros aguardando que lo despertemos (Artículo entregado a la Royal Society of Edinburgh, véase The Times, 19 de agosto de 2000).

En otras palabras, si realmente hubiéramos sido dotados de “circuitos impresos” o “diseñados” por la selección natural para vivir en una particular clase de sociedad ¡habría sido para el socialismo y no para el capitalismo!

A pesar de lo mucho que nos gustaría creer que los humanos están genéticamente programados para vivir en una sociedad no jerárquica, de mutuo compartir y cooperativa, no hay ninguna prueba de que ninguno de nuestros patrones conductuales esté o pudiera estar programado genéticamente. Lo que gobiernan nuestros genes es la manera como funcionan nuestros organismos y cómo se renuevan a sí mismos, no la clase de pautas de conducta complejas que los deterministas biológicos tienen en mente.

Los primeros análisis del Proyecto Genoma Humano, publicados en febrero de 2001, confirman que no tenemos “circuitos impresos” regidos por nuestros genes para conducirnos en sociedad de alguna manera en particular, sino que la forma en que nos comportemos depende decisivamente de lo que hemos aprendido de nuestro medio y no de lo que hemos heredado por intermedio de nuestros genes. En palabras de Craig Venter, jefe de uno de los dos equipos del proyecto, “la maravillosa diversidad de la especie humana no está prescrita por nuestro código genético. Nuestro medio es crucial” (Observer, 11 de febrero).

Venter explicó el fundamento científico de esta conclusión en el boletín de prensa oficial publicado por la revista Science que dio a conocer los resultados obtenidos por su equipo en su edición del 16 de febrero:

Hay muchas sorpresas en este primer vistazo a nuestro código genético que tienen importantes consecuencias para la humanidad. Desde el anuncio del 26 de junio de 2000, nuestra comprensión del genoma humano ha cambiado muchísimo en los hechos fundamentales. El pequeño número de genes—30,000 en lugar de 140,000—apoya la noción de que no estamos gobernados por ningún circuito impreso. Ahora sabemos que la noción de que un gen apunta a una proteína y quizá a una enfermedad es falsa. Un gen conduce a muchos productos diferentes y esos productos—proteínas—pueden cambiar espectacularmente después de que son producidos. Sabemos que regiones del genoma que no son genes pueden ser la clave de la complejidad que vemos en los humanos. Sabemos que el medio que actúa sobre estos escalones biológicos puede ser la clave de que seamos como somos. Asimismo, el notablemente pequeño número de variaciones genéticas que ocurren en los genes sugiere de nuevo que las influencias ambientales tienen un papel significante en el desarrollo de nuestra singularidad.

Irónicamente, pero de modo conveniente, la propia ciencia de la genética está socavando las especulaciones y los prejuicios de los deterministas biológicos. Sus avances son descubrimientos de que las partes del cerebro de las que depende el comportamiento social humano adquieren forma de “circuitos” después del nacimiento, según el medio social en que el niño humano crezca. Es esta capacidad biológica de que se formen circuitos posteriormente al nacimiento la que está gobernada por genes, no el contenido de los circuitos. En otras palabras, los hallazgos de la genética están confirmando los de la antropología, de que las principales características que nos distinguen de los animales no humanos es la capacidad, como especie, de desplegar toda una variedad de comportamientos sociales.


Comportamiento y socialismo



La polémica entre los deterministas biológicos (para los cuales el comportamiento humano está regulado por nuestros genes) y los que, entre ellos los socialistas, dicen que, por lo contrario, el comportamiento humano es adquirido de nuestro medio social, no es acerca de los hechos de cómo se comportan los humanos. El comportamiento agresivo, la codicia y el predominio del macho son rasgos de la vida contemporánea. El asunto no es el de si existen o no tales comportamientos sino el de qué los causa.

En uno de sus libros Ardrey escribió que “no hay gran diferencia entre un modo de acción aprendido de la tradición social y otro dirigido por la compulsión innata” (The Hunting Hypothesis, p. 132). En cuanto a lo que concierne a la propia acción esto es cierto. La conducta agresiva es conducta agresiva independientemente de qué la cause. Pero cuando se llega al punto de qué podría hacerse al respecto hay todo un mundo de diferencia. Si está “dirigida por compulsión innata”, entonces eso es todo, no hay mucho que hacer, tendremos que vivir con esa carga a cuestas. Si, por otro lado, es “aprendida de la tradición social” entonces sí podemos hacer algo: podemos cambiar la tradición social. Tal vez ese cambio tenga que ser lento y no pueda llevarse a cabo de inmediato, pero lo cierto es que sí es posible.

La objeción socialista al determinismo biológico no es que sea determinista. Como materialistas, estamos de acuerdo en que todo, incluida la conducta humana, tiene una causa material; nuestra controversia con los deterministas biológicos es que no han sabido identificar la causa determinante del comportamiento humano: que es la sociedad y no la biología. En rigor, algunos de ellos, como TH Huxley y Haeckel, y en la actualidad EO Wilson y Richard Dawkins, han sido aliados valiosos en la batalla ideológica contra la religión, en particular contra su dogma presente de que, si bien pudo ser la selección natural la que creó nuestros cuerpos, fue un ser sobrenatural el que nos dotó de razón y de un indeciso “libre albedrío”.

Los socialistas defienden el hallazgo de que el comportamiento humano es adquirido y no innato, porque esto es lo que muestran las pruebas recabadas. La conducta humana durante todas las épocas ha sido tan diversa que es imposible llegar a la conclusión de que, para continuar con nuestros ejemplos, la agresión, la rapacidad y el predominio del macho sean universales; y no sólo durante todas las épocas sino ni siquiera hoy es mostrado tal comportamiento por todas las personas que hoy viven. Lo que esto sugiere es que los humanos como especie poseen la capacidad de comportarse de las maneras más diversas y que es esta flexibilidad y polifacetismo conductual es precisamente la “naturaleza humana”.

Confirman esta afirmación los estudios de la dotación genética de los humanos. Nuestros cerebros están adaptados para adquirir nuevos comportamientos y para pensar de modo abstracto y de comunicarse por medio de un lenguaje estructurado que se funda en símbolos abstractos, y tenemos un prolongado lapso de crecimiento, gobernado biológicamente, durante el cual aprendemos intensivamente, en particular el lenguaje y las destrezas sociales. La neurociencia está haciendo avances en lo tocante a cómo funciona el cerebro, pero no se está descubriendo nada que indique que las pautas de comportamiento complejo, como la agresión y la posesividad sean, o incluso puedan ser, innatas. Muy por el contrario, lo que los neurocientíficos están tratando de develar es lo que hay en la constitución y el funcionamiento de nuestros cerebros que permite a los humanos tener un repertorio de muchas más conductas que cualquier otro animal.

Los argumentos en contra, aducidos por los deterministas biológicos en oposición al determinismo social no son nada impresionantes. Uno de ellos es que los deterministas sociales predican que la naturaleza humana es buena, el mito del “salvaje noble”. “Bueno” y “malo” no son conceptos que la ciencia emplee, pero, en la medida en que la cristiandad predica la “depravación innata” de los humanos, entonces al rechazar tal afirmación los socialistas están efectivamente diciendo que la naturaleza humana no es “mala”. Pero esto no es lo mismo que decir que por lo tanto es “buena”, que los humanos son una suerte de ángeles que sólo piensan en el bien de los demás. De hecho, los humanos no son ni “buenos” ni “malos” sino que las condiciones sociales, entre ellas la educación, son las que los hacen.

La segunda acusación es que los deterministas sociales creen que se puede tomar a cualquier ser humano y moldearlo para que sea cualquier cosa. Es verdad que algunos materialistas, como el pionero socialista Robert Owen y los conductistas norteamericanos JB Watson y BF Skinner neciamente llegaron casi a adoptar esa posición. También es verdad que algunos deterministas socialistas han empleado palabras como “maleable”, “educable” y “plástico” que podrían sugerir que la adquisición de comportamientos por los humanos es un condicionamiento pasivo, lo cual no es así. Sin embargo, los marxistas no pueden declararse culpables pues Marx, en fechas tan tempranas como los años cuarenta del siglo XIX, señaló que los humanos desempeñaban un papel activo en la relación entre ellos mismos y sus medios a la vez que criticó a otros materialistas por no tomar en cuenta tal hecho.

Las personas sí tienen capacidades diferentes heredadas biológicamente (aun cuando la mayoría de las personas que hoy viven han aprendido mucho más de lo que les permiten las condiciones sociales presentes). Cada individuo humano es único y cada uno de nosotros ha heredado, mediante nuestros genes, no sólo rasgos físicos diferentes sino también capacidades de aprendizaje diferentes. La llamada disputa “crianza/naturaleza” (en la medida en que tenga algún sentido) se aplica a los humanos individuales, no a la totalidad de la especie. Virtualmente todo el comportamiento humano es adquirido, pero algunos humanos pueden aprender más o cosas diferentes mejor que otros. Este hecho de la biología de ningún modo menoscaba la propuesta socialista ya que el objetivo del socialismo no es hacer que todos los individuos sean exactamente iguales unos a otros, sino permitir que cada uno de ellos tenga la completa oportunidad de desarrollar sus capacidades. De hecho, aun cuando los racistas llegaran a demostrar que tienen razón en cuanto a que un grupo de humanos fuese menos capaz de aprender que otros humanos (lo que desde luego no han logrado demostrar, sino precisamente lo opuesto) esto no invalidaría la causa por el socialismo. El antiguo principio socialista de “de cada quien según sus capacidades; a cada quien según sus necesidades” se basa en que las personas poseen capacidades diferentes, cualesquiera que éstas sean, pero que cada quien tiene el mismo derecho de satisfacer sus necesidades.

¿Pero cómo, si la gente ha aprendido a conducirse de modos adaptados a la sociedad capitalista, puede cambiar su comportamiento adecuándose a lo propio de una sociedad socialista? Robert Owen pensó que sabía la solución; una minoría ilustrada trabajaría para cambiar las condiciones de vida de la mayoría, una vez que estas condiciones hubiesen sido cambiadas, en respuesta a ese cambio la gente cambiaría también su comportamiento (pensó Owen). Lenin sostuvo una posición fundamentalmente semejante: bajo el capitalismo los trabajadores fueron incapaces de adquirir consciencia socialista; sólo uno minoría pudo cambiar; esta minoría debía trabajar para arrebatar el poder político a los capitalistas y luego usarlo para educar a la mayoría en las ideas y los patrones de comportamiento socialistas. Tanto Owen como Lenin propugnaban por lo que hoy se llamaría “ingeniería social”.

Lo anterior no es lo que el Partido Socialista propone. Concordamos con la crítica que hizo Marx de la proposición de Owen, en 1845, calificándola de ineficaz y elitista:

La doctrina materialista concerniente al cambio de circunstancias y de educación olvida que las circunstancias son cambiadas por los hombres y que el educador mismo debe ser educado. Esta doctrina tiene que dividir, por tanto, a la sociedad en dos partes, una de las cuales es superior a la sociedad.

Y esto acaba con el dilema:

La coincidencia de cambiar las circunstancias y la actividad humana o autocambio solo puede aprehenderse y entenderse racionalmente como práctica revolucionaria (“Tesis sobre Feuerbach”, traducción en Karl Marx, Selected Writings in Sociology and Social Philosophy, compilador TB Bottomore y M. Rubel, Pelican, 1963, pp. 82-83).

En otras palabras, la gente educada bajo el capitalismo puede cambiar tanto sus circunstancias como a sí misma al mismo tiempo. El cambio revolucionario del capitalismo al socialismo no puede ser producido por una élite educada, por muy buenas que sean sus intenciones; tal cambio sólo puede ser obra de la mayoría de la gente una vez que hayan aprendido, de vivir bajo el capitalismo, que si van a tener mejores vidas deben establecer el socialismo como sistema de la sociedad basada en la propiedad común y el control democrático ejercido por todo el pueblo de los recursos productivos de la sociedad.

En cuanto el socialismo haya sido establecido cambiarán las condiciones sociales, muy marcadamente en dos aspectos: primero, los individuos humanos ya no tendrán ningún problema de aprovisionamiento material. Todos tendrán por derecho acceso a las cosas que necesitan para vivir y disfrutar de la vida, como alimento, ropa, vivienda, servicio médico, transporte y entretenimiento. Considerando que todo lo mencionado es una preocupación constante para todos menos para los muy ricos y cuánto de nuestro tiempo y energía reclama, esto representará un gran cambio de las condiciones en que vivimos. Desde luego, habrá que seguir trabajando para producir los bienes y servicios a los cuales la gente tendrá libre acceso, pero esto será asunto de organización y el trabajo se desempeñará en condiciones diferentes (por ejemplo, voluntaria y no coercitivamente, sin jefes ni apresuramientos para concluirlo).

En segundo lugar, con la abolición de la sociedad en dos clases con intereses antagónicos, en que una trata de explotar el trabajo de la otra tanto como sea posible y con la otra resistiéndose, habrá, por primera vez desde la desintegración del comunismo primitivo tribal en que los humanos vivieron por decenas de miles de años, una comunidad genuina con intereses sociales genuinamente comunes. Esto representará también un gran cambio de las condiciones sociales comparadas con las de hoy en día.

La llegada del socialismo no requerirá de grandes cambios de la forma en que nos conducimos, sino tan solo acentuar algunas de las conductas que la gente ya muestra hoy (amistad, servicio, cooperación) a expensas de las conductas que el capitalismo alienta. El capitalismo tiene la cultura generalizada de violencia, competitividad y rapacidad, y bajo presión la gente adapta su comportamiento a tales circunstancias. En el socialismo esta cultura desaparecerá y el comportamiento de la gente no será modelado por ella.

Claro está que a veces la gente se sentirá frustrada y molesta y esto ocasionalmente se expresará en un acto de agresión, pero se tratará de un acto aislado e individual. Los actos de violencia sociales como la guerra, el adiestramiento para la guerra, el terrorismo, el crimen violento, el vandalismo y otros actos por el estilo desaparecerán, conforme las condiciones sociales que los generaban y sostenían hayan desaparecido.

Tampoco el socialismo nos exigirá que súbitamente todos nos volvamos altruistas, y que pongamos los intereses de los demás por encima de los propios. De hecho, el socialismo no demandará de la gente más altruismo que el que hoy en día manifiestan (comportamiento mucho más difundido de lo que los deterministas biológicos están dispuestos a admitir y que les presenta el insoluble problema teórico de cómo pudo haber evolucionado un gen para tal comportamiento, gen en el que se ven obligados a creer). Todavía nos preocuparemos principalmente por nosotros mismos, por satisfacer nuestras necesidades, la urgencia de ser bien considerados por los demás así como por nuestras necesidades materiales. Indudablemente desearemos “poseer” nuestro cepillo de dientes, nuestra ropa y otras cosas de uso personal, y sentirnos seguros en nuestra ocupación física de la casa o departamento en que vivamos, pero una u otro serán sólo nuestra vivienda y no un valor financiero.

Tal comportamiento “egoísta” seguirá existiendo bajo el socialismo pero la rapacidad alentada por el capitalismo dejará de existir. Bajo el capitalismo tenemos que buscar la manera de acumular dinero ya que cuanto más dinero se tenga mejor se pueden satisfacer las necesidades materiales, y como seguro por si las cosas llegan a ponerse mal (como perder el trabajo) o como algo que legar a nuestros hijos o nietos. Por tanto, la gente está obligada por sus circunstancias materiales a tratar de conseguir dinero, por medios correctos o incorrectos y, de ser necesario, en detrimento del de los demás. Tal es la razón de que se también se llame al capitalismo “la sociedad codiciosa”.

El socialismo no puede ser una “sociedad codiciosa” y no necesitará serlo, pues cada quien podrá satisfacer sus necesidades materiales por derecho y sin necesidad de pagar dinero. De hecho, porque los recursos productivos y el producto social será de propiedad comunal no habrá necesidad de dinero; sólo bienes como productos útiles y servicios listos para ser distribuidos a fin de que la gente los tome y los use. Y, como la gente podrá siempre estar segura de que las tiendas estarán bien abastecidas de los productos necesarios, no habrá incentivo para apoderarse de ellos y acumularlos, lo cual sería un comportamiento tan irracional como injustificado en las nuevas condiciones sociales.

El científico y visionario Carl Sagan lo expresó con extraordinaria claridad:

Los humanos ha evolucionado gregariamente. Disfrutamos de la mutua compañía, nos cuidamos unos a otros. El altruismo está aunado a nosotros. Brillantemente hemos descifrado algunas de las pautas de la Naturaleza. Tenemos motivación suficiente para trabajar juntos y la capacidad para entender cómo hacerlo. Si estamos dispuestos a contemplar una guerra atómica y la total destrucción de ésta nuestra sociedad global que esta surgiendo, ¿no debemos estar dispuestos también a contemplar la reestructuración íntegra de nuestras sociedades

 

 

 

A Partir de la Incoherencia Se Generan Los Cambios Mentales, Creativos y Revolucionarios

Hace tiempo que entendí la palabra coherencia como continuidad, de hecho de allí proviene este vocablo, ya que co-herencia es heredar conjuntamente o estar unido uno con otro,  es decir, tener continuidad en algo. De hecho este es su significado connotativo.

 

En ciertas corrientes de pensamiento se habla de la "coherencia revolucionaria" una expresión absolutamente contradictoria y absurda, ya que una revolución es una no-continuidad, un cambio radical de un estado a otro. Me refiero a términos sistémicos, basados en matemáticas del caos determinista (el azar puro no existe) que rige a todos los procesos y fenómenos del universo, desde la física clásica hasta los procesos sociales. En realidad se debería usar el término "racionalidad revolucionaria" que semánticamente y sistémicamente es más adecuado, ya que todos los procesos tienen su lógica, solo que lo revolucionario implica necesariamente una lógica no continua o lógica decoherente (prestando un neologismo de la física cuántica, ejemplo: la decoherencia cuántica de fotones) Las revoluciones no son coherentes, son decoherentes, pero deben ser racionales y deben significar un compromiso pleno y permanente, esa es la ética revolucionaria.

 

Pero no solo un compromiso, sino una mentalidad por sobre todo. Al respecto un nuevo hallazgo de las neurociencias muy importante para la construcción de una pedagogía revolucionaria, tan necesaria para cambiar hacia el nuevo paradigma que nos permita superar la actual civilización de desigualdad, guerras, injusticias sociales y destrucción ecológica global.  Para superar actual incoherencia de "Nuestro búsqueda de bienestar egoísta nos está destruyendo"

 

El absurdo, aliado del intelecto

 

"Estamos tan motivados a liberarnos de ese sentimiento que buscamos el significado, la coherencia en otra parte", dijo Travis Proulx, investigador de la Universidad de California y autor del estudio publicado en la revista Psychological Science . "Estudiamos ese sentimiento en otro proyecto y pareció mejorar algunas formas de aprendizaje."

Mantener la coherencia

En una serie de nuevos estudios el doctor Proulx y Steven J. Heine, profesor de psicología de la Universidad de la Columbia Británica, sostienen que estos descubrimientos son variaciones del mismo proceso: mantener el significado o la coherencia. El cerebro evolucionó para predecir y lo hace al identificar patrones.

Cuando esos patrones se quiebran, el cerebro busca algo a tientas, cualquier cosa que le dé sentido. Puede retornar a un ritual conocido, pero también puede dirigir su atención hacia afuera y advertir un patrón nuevo. La necesidad de encontrar un patrón coherente hace que sea más factible que el cerebro lo encuentre.

"Hay que realizar más investigación sobre esta teoría", dijo Michael Inzlicht, profesor de psicología de la Universidad de Toronto, Canadá.

En el último estudio, Proulx y Heine evaluaron a estudiantes universitarios a los que se les dio un cuento absurdo basado en El médico rural, de Franz Kafka. El médico tenía que hacer una visita a un niño que tenía un terrible dolor de muelas. Pero, al llegar, encontró que el niño no tenía ningún diente. Los caballos que habían tirado del carruaje comenzaron a hacer de las suyas; la familia del niño comenzó a sentirse molesta. Luego el médico descubre que, después de todo, el niño tiene dientes.

La historia es apremiante, vívida y sin sentido; kafkiana. Luego de leerla, los jóvenes estudiaron cuarenta y cinco series de 6 a 9 letras, tales como "X, M, X, R, T, V". Luego realizaron una prueba sobre las series de letras y eligieron las que pensaban que habían visto antes en una lista de sesenta series similares. De hecho, las letras estaban relacionadas de una manera muy sutil con algunas que aparecían antes o después de otras.

La prueba mide en forma estándar lo que los investigadores llaman aprendizaje implícito: conocimiento adquirido sin conciencia o intención. Los estudiantes no tenían idea de los patrones que sus cerebros estaban percibiendo. Pero lo hicieron y eligieron un 30% más de series y acertaron el doble en comparación a un grupo de 20 estudiantes que habían leído otro cuento, coherente.

"El hecho de que el grupo que leyó la historia absurda identificara más series de letras sugiere que estaban más motivados a buscar patrones que los otros estudiantes -dijo Heine-. Y el hecho de haber sido más eficaces significa, pensamos, que formaron nuevos patrones que no hubieran podido formar de otra manera."

Las imágenes cerebrales de la gente que evalúa anomalías o que trabaja en dilemas inquietantes muestran que la actividad en el área de la corteza llamada del cíngulo anterior se agudiza notablemente. Cuanta más actividad se registra, más motivación o habilidad para buscar o corregir errores en el mundo real, según un estudio reciente.

Los investigadores familiarizados con el nuevo trabajo afirman que podría ser prematuro incorporar cortos cinematográficos de David Lynch, por ejemplo, o composiciones de John Cage en los programas escolares. Porque nadie sabe si exponerse al absurdo puede ayudar a la gente con aprendizaje explícito como memorizar el francés.

Por otro lado, los estudios han encontrado que quienes se dejan llevar por lo extraordinario tienden a ver patrones donde no existen, lo que los hace inclinarse por teorías conspirativas, por ejemplo. La urgencia por el orden se satisface en sí misma, según parece, más allá de la calidad de la evidencia.

Sin embargo, el nuevo estudio apoya lo que artistas experimentales, viajeros habituales y otros buscadores de lo nuevo han dicho siempre: al menos en algún momento, la desorientación alienta el pensamiento creativo.

Traducción de María Elena Rey .

La Pobreza Del Ocaso De Las Ideologías

Lo que trajo el ocaso de las ideologías

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por Manuel Cruz

El problema sobreviene cuando la gente se emociona más ante los colores de su equipo de fútbol que ante el sufrimiento ajeno. Y es aquí donde, por desgracia, parece que ya estamos .

En otro momento histórico, no demasiado lejano, espectáculos como los que tuvieron lugar el pasado mes de julio, con afamados futbolistas convocando multitudes ante el anuncio de su mera presentación como nuevos jugadores de un determinado club, hubiera provocado una catarata de críticas, prácticamente todas construidas sobre el mismo argumento. Tales espectáculos, se hubiera denunciado, constituían la manifestación descarnada de la eficacia de los instrumentos de alienación de nuestra sociedad, que provocan que los individuos aparten su atención de las dimensiones de su vida realmente importantes y las sustituyan por una existencia imaginaria que satisface, también de manera imaginaria, todas aquellas aspiraciones, sueños y anhelos que el mundo real no hace otra cosa que frustrar. Pero este argumento -¡ay!- se apoyaba en una categoría que entró en crisis (desde el punto de vista de su influencia) junto con el pensamiento marxista, a cuya matriz discursiva pertenecía. Me refiero a la categoría de ideología. En efecto, si algo se reitera hoy por doquier es precisamente que lo más característico de nuestra época en materia de ideas es precisamente el final de las ideologías. El concepto de ideología designa, en realidad, dos acepciones diferentes. Por un lado, lo utilizamos, en el sentido menos riguroso, para designar un conjunto de ideales (es el caso de cuando nos servimos de expresiones como "la ideología comunista", "la ideología liberal", "la ideología anarquista", etcétera), pero también, por otro, nos servimos de él para designar el mecanismo de un engaño social organizado, consecuencia de la opacidad estructural del modo de producción capitalista.

Pues bien, el ocaso de este segundo uso posibilita un meta-engaño, a saber, el de la transparencia de nuestra sociedad. Desactivado el mecanismo de la sospecha -como mucho sustituida por la metafísica del secreto, característica de las concepciones conspirativas de la historia- pueden circular, sin restricción alguna, cualesquiera discursos mistificadores o incluso intoxicadores. Tal vez el caso más flagrante, por la difusión que está obteniendo, sea el de los discursos de la autoayuda. En su libro On Anxiety, la socióloga eslovena Renata Salecl ha hecho sugestivas indicaciones sobre la señalada cuestión y, más en general, sobre ese modelo de vida, cada vez más difundido en nuestros días, según el cual uno debe gestionar la propia existencia con los mismos criterios con los que gestionaría su empresa (si la tuviera). Conviene subrayar que lo más relevante del texto no es tanto la premisa, sobradamente conocida (ya en su obra, de 1974, Anarchy, State and Utopia, Nozick había escrito aquello de que "toda persona es una empresa en miniatura"), como la consecuencia que de ella extrae: asumirnos como dueños de nuestra propia empresa vital en un mundo como éste (en el que los individuos han perdido la posibilidad de incidir en el desarrollo social y político de la sociedad en la que viven) acaba siendo fuente inexorable de ansiedad y frustración.

Pero el ocaso de las ideologías en el segundo sentido -el de mecanismo de ocultación de la verdadera naturaleza de nuestra realidad- también ha generado otros efectos, de diferente tipo. Cuando se da por supuesta la transparencia, la inmediatez entre conocimiento y mundo, desaparece la crítica en tanto que instancia tutelar, articuladora -conformadora- de la sospecha. Si se generaliza la afirmación de que las cosas son tal y como aparecen, de que la realidad no esconde su signo, desaparece la posibilidad de apelar críticamente a la hora de explicar lo que pasa a presuntas instancias (como la estructura profunda de la sociedad capitalista) que desarrollarían su actividad desde la sombra.

Este proceso afecta directamente a la percepción que los individuos tienden a tener de sí mismos. Porque es en el interior de este marco donde se inscribe la deriva -asimismo lábil- que están siguiendo las actuales formas de la subjetividad o, si se prefiere, las configuraciones actuales de la individualidad. Es cierto que hoy asistimos a crecientes demandas de singularidades subjetivas o de autonomía (por ejemplo, en el ámbito de los derechos civiles), pero no es menos cierto que, como han señalado, entre otros, Deleuze-Guattari, se está produciendo una reterritorializacion conservadora de los deseos a favor del beneficio comercial, de tal forma que la aparente y enfática afirmación del individualismo como la norma indiscutiblemente deseable, encubriría la operación de reducir a dicho individuo a mero consumidor, y su mundo de objetos, a nombres de marcas y a logotipos. Se llevaría a cabo de esta forma una reformulación del cogito cartesiano en los nuevos términos de un "compro, luego existo".

A la vista de esto último tenemos derecho a sospechar hasta qué punto aquellas demandas de singularidades subjetivas o de autonomía tienen mucho (no todo, obviamente) de inducidas, esto es, en qué medida son la forma actual, siempre provisoria, de un constructo. Un constructo que, a la luz de las premisas acerca del presente que acabamos de dibujar a grandes trazos, no podrá aspirar a adornarse con algunas de las determinaciones con las que se adornaban sus precursores. Difícilmente, en nuestras circunstancias, podrá reivindicarse forma alguna de subjetividad unitaria, compacta, inequívoca (del tipo persona humana de hace no tanto). Es probable que lleven razón quienes, como Rosi Braidotti (Transposiciones), consideran que estamos abocados a una visión nómada, dispersa, fragmentada que, sin embargo, sea funcional, coherente y responsable, principalmente porque está encarnada y corporizada (y a este último hecho no en vano se le está concediendo una enorme importancia en la reflexión filosófico-política de los últimos años, aunque hay que puntualizar que, algunas décadas antes de la generalización de los discursos acerca de la biopolítica, el Merleau-Ponty de la Fenomenología de la percepción ya enfatizaba la importancia de la facticidad corporal, del a priori carnal, por utilizar su propia expresión).

Si no estuviéramos demasiado atenazados por las palabras (o, peor aún, por los rótulos)…

 

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Los Castigos Corporales Quitan Inteligencia A Los Niños

 

Los castigos físicos reducen el cociente intelectual de los niños

 

Pueden generar un estrés crónico que acaba afectando al desarrollo mental

 

Un estudio realizado en Estados Unidos y en otros 32 países del planeta ha revelado que el castigo físico sufrido en la infancia condiciona el desarrollo mental de los pequeños. Las mediciones del cociente intelectual de miles de niños revelaron que aquéllos que no habían sufrido este tipo de castigos tenían entre 2,8 y 5 puntos más de CI que los que sí los habían padecido. Según los investigadores, estos resultados ponen de relieve la necesidad de ilegalizar esta costumbre en todas las naciones. Por Yaiza Martínez.

 

Los niños que son reprendidos con azotes tienen un cociente intelectual (CI) más bajo que los que no lo son, señala un estudio realizado por la Universidad de New Hampshire, en Estados Unidos, cuyos resultados fueron presentados el pasado 25 de septiembre en la Conferencia Internacional sobre Violencia, Abuso y Trauma, celebrada en San Diego (California).

La investigación ha revelado, además, que la reducción del CI como consecuencia de los castigos físicos padecidos en la infancia es un fenómeno que se da a nivel global, y no sólo en Estados Unidos. El CI es la puntuación que se obtiene a partir de la realización de tests estandarizados, diseñados para medir la inteligencia.

Murray Straus, profesor de psicología de la Universidad de New Hampshire y autor de la investigación afirma, en un comunicado emitido por dicha universidad: “Todos los padres quieren tener hijos listos. El presente estudio demuestra que evitar los azotes para corregir las malas conductas puede ayudar a conseguirlo”.

Terminar con la costumbre

Straus añade que “los resultados de esta investigación tienen implicaciones importantes para el bienestar de los niños de todo el planeta”. El científico señala, además, que los psicólogos deben reconocer la necesidad de ayudar a los padres a terminar con la costumbre del castigo físico, e incorporar este objetivo a sus prácticas médicas.

El esfuerzo por erradicar esta costumbre debe tener incluso un reflejo en la legislación, que debería asegurar el bienestar infantil con leyes contra el castigo físico en los niños, asegura el investigador.

La postura de Straus es justificable considerando que los resultados de su estudio son cuanto menos llamativos. Él y su colaborador, Mallie Paschall, del Pacific Institute for Research and Evaluation, analizaron a 806 niños estadounidenses de entre dos y cuatro años, y a 704 niños de edades comprendidas entre los cinco y los nueve años. Ambos grupos volvieron a ser analizados cuatro años más tarde.

Así, se descubrió que los niños del primer grupo que en esos cuatro años no habían recibido castigos físicos tenían un cociente intelectual cinco puntos más alto que los niños a los que sí se había pegado.

En el caso del segundo grupo, de niños de entre cinco y nueve años, aquéllos a los que no se había pegado durante ese mismo periodo presentaban un CI de 2,8 puntos más que los niños que sí habían sufrido castigos físicos.

Situación a nivel global

Straus señala que la frecuencia de estos castigos también marca una diferencia: cuanto más se pegue a los niños, más lento es el desarrollo de sus habilidades mentales. Sin embargo, incluso pequeñas dosis de castigo físico reducen el CI.

Los científicos analizaron posteriormente la situación a nivel global. Así, descubrieron que en países donde el castigo físico es más común, la media nacional de CI es más baja que en otros.

El análisis realizado indicó, además, una fuerte relación entre el castigo físico y la reducción del CI en los casos de padres que mantienen esta forma de reprender incluso cuando sus hijos ya son adolescentes.

Para esta parte del estudio, fueron analizados datos de 32 países sobre el castigo físico sufrido por 17.404 estudiantes de universidad, cuando éstos eran niños.


Cuanto más alto es el porcentaje de padres que en un país usan el castigo físico con sus hijos adolescentes, más baja es la media nacional de CI. Fuente: UNH.
Dos posibles explicaciones

Según Straus, la relación entre el castigo físico y el CI más bajo tiene dos posibles explicaciones.

En primer lugar, este tipo de castigos es extremadamente estresante, y puede convertirse en un factor estresante crónico para los niños pequeños que los sufren tres o más veces a la semana. Muchos de ellos continúan padeciéndolos durante años. Se sabe que el estrés crónico está relacionado con un CI más bajo.

En segundo lugar, se produce una correspondencia entre el nivel de desarrollo económico de los países y el grado de uso del castigo físico con los hijos. Un nivel de desarrollo más alto coincide con una menor tendencia de los padres a aplicar el castigo físico y, también, con un CI nacional más alto.

Una buena noticia

El estudio de Straus y Paschall ha revelado, sin embargo, una buena noticia: el uso del castigo físico se ha ido reduciendo a nivel planetario, lo que podría suponer un incremento en el CI global.

Según Straus, “la tendencia global a eliminar los castigos físicos se refleja más claramente en los 24 países que los han prohibido legalmente. Tanto la Unión Europea como las Naciones Unidas han hecho un llamamiento a todos los países miembros para que prohíban a los padres este tipo de castigos. Algunos de los 24 países en los que ya son ilegales se han hecho grandes esfuerzos por informar y asistir a los padres en el tratamiento con sus hijos. En otros, se ha hecho poco por poner en marcha la prohibición”.

De cualquier forma, hay evidencias de que las actitudes a favor de este tipo de castigos se han reducido incluso en países donde no se han hecho leyes contra ellos.

El primer país europeo que prohibió por ley el castigo físico infantil fue Suecia. Hoy día, esta práctica ha sido prohibida además en otros países del mundo, como Alemania, Austria, Bulgaria, Chile, Croacia, Chipre, Dinamarca, España, Finlandia, Grecia, Hungría, Islandia, Israel, Italia, Letonia, Noruega, Nueva Zelanda, los Países Bajos, Portugal, Rumanía, Suecia, Ucrania, Uruguay, Venezuela y Costa Rica.

Por último, el castigo físico incumple tres de los cuatro pilares de la legislación de la Convención sobre los Derechos del Niño, de 1989: el interés superior del niño, su derecho a la supervivencia y al desarrollo, y el derecho a que sea respetado su punto de vista.

Retiro Espiritual de Un No Creyente

Retiro espiritual de un no creyente

 

Una vez más he cumplido con mi peregrinación anual a Taizé [1], ese oasis de paz y concordia hecha posible mediante la acogida fraterna exenta de imposiciones doctrinales, el trabajo desinteresado, la vida sencilla y austera y una plegaria en común centrada en el canto y en el silencio. Quienquiera que allí vaya podrá respirar esa atmósfera de abierta fraternidad que lleva a la cumbre de la espiritualidad inherente a la humana natura. Da igual el credo que se profese o incluso el no credo, porque el camino está abierto a quien lo quiera transitar.

Somos muchas las personas de mi generación que fuimos educadas católicamente y, andando el tiempo, tras cuestionar las creencias que nos habían sido transmitidas, decidimos abandonar la religión. Eran tiempos aquellos en los que nuevas perspectivas se abrían al pensamiento y entraban en conflicto con la moral católica tradicional y muy especialmente con la actitud retrógrada y oscurantista de la Iglesia que teníamos en nuestro entorno. El paulatino descubrimiento de la triste realidad política española, cuya reciente historia se nos había transmitido bajo una atmósfera de institucional engaño; del soporte que la Santa Madre Iglesia dio a los militares golpistas que implantaron una férrea dictadura en España y el que siguió dando a las sanguinarias dictaduras de América Latina; del posicionamiento político de la alta clerecía, amiga de los poderosos y los ricos, sexista, discriminadora, negadora de derechos humanos reconocidos por la sociedad civil, y un sinnúmero de iniquidades más, pasadas y presentes, que las buenas personas católicas prefieren ignorar o excusar, generó un firme y profundo rechazo a cuanto de la Iglesia Católica nos llegaba, empezando por su doctrina.

El alejamiento religioso nos impidió vivir la renovación eclesial del Vaticano II y el nacimiento de la Teología de la Liberación, verdaderos esfuerzos por retornar a las fuentes del cristianismo desde perspectivas de humana actualidad. Por ello, pese a la educación que recibimos en nuestra infancia, seguimos viviendo lejos de todo discurso religioso, en una posición agnóstica cuyo conflicto no era ni es Dios sino los hombres que dicen hablar en su nombre. Hoy somos muchas las personas que rechazamos a la Iglesia y su discurso conservador y soberbio y nos planteamos la religión desde una perspectiva antropológica y humana.

Al margen de que se profesen o no creencias religiosas, es preciso aceptar que la mente humana es creadora de mitos y misterios, a partir de los cuales las sociedades han ido elaborando sus religiones desde los más remotos tiempos. El hecho de que estas religiones hayan servido de guía a los pueblos que las profesaban durante largos períodos de su historia nos lleva a pensar que en su origen hay un importante caudal de sabiduría que merece ser estudiado. Y por el mismo motivo merece serlo el funcionamiento de la estructura mental que con el fenómeno religioso se relaciona.

A quien observe hoy el mundo occidental superficialmente le podrá parecer que la gente vive libre de discursos religiosos e ideológicos, pero se equivoca. La publicidad hace continuas referencias a mitos paradisíacos que en otro tiempo daban lugar a afirmaciones religiosas. La forma como los medios de comunicación transmiten los acontecimientos son un continuo de eslóganes doctrinales dictados por los poderes fácticos y quienes abogan por la forma de vida que nos han impuesto. Los discursos no son hoy tan explícitos como lo fueron en determinados momentos del siglo pasado, pero son mucho más intensos y persuasivos. La mayor parte de la población no es consciente de los continuos mensajes subliminales que recibe, por lo que estos calan hondo en su mente configurándola en una ideología nihilista y deshumanizadora. Como consecuencia de ello, se vive hoy sin otras referencias que las dictadas por las necesidades inmediatas, objetivas y subjetivas a un tiempo, aceptando como máximos valores el confort y el éxito personal. Los sistemas educativos de los países más desarrollados técnica y económicamente han sucumbido a la vorágine materialista desatada por tan irreflexiva forma de vivir. El individualismo ha destronado al espíritu colectivo que durante siglos guió a la humanidad hacia horizontes de utopía. Y como colofón podemos decir que el mundo entero se debate hoy por subsistir en un planeta que la ambición y la desmesura destruyen a velocidad vertiginosa.

Nuestra civilización occidental cristiana necesita descubrir urgentemente un modo de vivir completamente distinto del que promueve la ideología capitalista. No podemos seguir basando nuestra subsistencia en la agresividad, sino que es urgente poner en práctica formas de vivir basadas en la cooperación. Y es en este contexto y bajo esta perspectiva humana, tanto o más que en la religiosa, que Taizé se nos muestra como un puerto hacia la esperanza.

La forma de vida austera a la vez que gozosa que se da en Taizé desmiente el discurso consumista y permite descubrir el valor de la colaboración y del trabajo desinteresado, algo impensable según la ideología que el voraz capitalismo ha extendido a lo largo y ancho de nuestro planeta. La organización temporal que allí rige atiende las necesidades materiales a la par que las espirituales, dimensión humana ésta de la mente que no suele formar parte de la filosofía del occidente actual, abocada a una dinámica de actividad permanente, ya sea productiva ya para procurarse diversión. La invitación a un recogimiento interno en forma de plegaria colectiva, abierta y plural, que puede ser aceptada por creyentes de diversas confesiones cristianas y no cristianas y aun por personas agnósticas, supera todas las intolerancias habituales en los entornos religiosos confesionales y abre la puerta a la libre introspección. Todo allí está pensado para favorecer el crecimiento humano de quienes participan. Si la forma de vida condiciona la forma de pensar, allí se da una forma de vida humanizadora. Si la reflexión es el camino necesario para el crecimiento humano, allí se da reflexión desde diversas perspectivas religiosas y humanas. Si el silencio interior es la condición necesaria para alcanzar el propio conocimiento, allí se da ese silencio. La ausencia de afanes materiales, la reflexión, el silencio interno, la paz en el entorno que favorece hallar la de la propia alma son los aspectos que remarco de cuanto allí percibo.

No toda la población visitante comparte esta perspectiva, pues en su mayoría son personas provenientes de entornos religiosos confesionales, mayoritariamente católicos, para quienes la religión consiste en una relación personal con el Dios del cielo, lo cual si no está completamente al margen de la forma de vida que se siga puede no guardar una estrecha relación con ella siempre que se observen las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia, que no son precisamente un modelo estimable en cuanto a justicia equitativa ni a relación entre las personas y los pueblos. Pero aun cuando esta abundancia de población creyente abocada a la práctica religiosa convencional tiende a ofrecer una imagen exterior que puede no diferenciarse demasiado de la que se obtiene en determinados eventos religiosos de la Iglesia Católica Romana, quien se acerque con una visión humanista y más cercana al agnosticismo que a la creencia religiosa podrá observar cuanto decimos.

Por supuesto que una semana de estancia en Taizé difícilmente puede cambiar la forma de pensar y de sentir a nadie, pero puede servir de referencia para posteriores reflexiones, para cuestionar falsas certezas, para reabrir esperanzas... A buen seguro que quien más quien menos saldrá de allí con alguna novedad interna, tal vez atisbando alguna posibilidad hasta entonces no considerada, o tal vez afirmándose en alguna anteriormente descubierta. Y quien a tanto no llegue, habrá vivido al menos la ocasión de dar un primer paso en alguna de esas direcciones. En cualquier caso, desde una perspectiva agnóstica y humana es una experiencia recomendable.

 

[1]             http://www.taize.fr/es

 

NOTA: Como podrán ver quienes entren en la página web de la Comunidad de Taizé, su ya remoto origen se sitúa en los tristes años de la segunda guerra mundial, cuando los ejércitos alemanes invadieron Francia y la locura nazi desencadenó una feroz persecución de judíos, gitanos y otros seres que en su ideario figuraban como inferiores. Allí el Hermano Roger de la Iglesia Calvinista y otras personas compasivas de diversas confesiones religiosas escondieron a cuantos pudieron e hicieron cuanto les fue posible para ayudarles a huir. Taizé nació pues horizontalmente, con amplia vocación fraterna en favor del débil, del injustamente perseguido por el poder.

Pasada la gran guerra, una parte de quienes allí actuaron, provenientes de diversas iglesias cristianas, decidieron unirse en comunidad fraterna para dedicarse a organizar encuentros de jóvenes procedentes de diversos países e iglesias con el fin de que se conociesen y amasen y fuesen capaces de negarse a repetir la barbarie de la guerra que tan de cerca ellos habían vivido.

 

PepCastelló

Este artículo ha sido publicado en:

ECUPRES - (09/09/21) - PreNot 8416

http://www.ecupres.com.ar/noticias.asp?Articulos_id=3996

MERCOSUR NOTICIAS  (21/09/2009)

http://www.mercosurnoticias.com/index.php?option=com_content&task=view&id=30319&Itemid=30

Dinámica Armoniosa En El Taoísmo

Con este artículo Leonardo Boff recuerda lo que se puede llamar La Complejidad Unitaria del Universo y del Mundo humano por tanto. Desde los modelos  de la modernidad occidental (incluido el marxismo, que participa de la filosofía modernista antropocentrista) el análisis de poder y dominio es la cosmovisión que engloba a todas las ideologías. La cosmovisión transmoderna, holicista por tanto, es más ecológica por llevar a una dinámica armónica entre la sociedad misma y entre esta y la naturaleza. El taoísmo y su fase más avanzada, el Zen, como las culturas precolombinas de América, participan de esta visión de Armonía Holística en la Complejidad Unitaria. De allí que necesariamente el socialismo y su vertiente más vanguardista, el ecosocialismo, deben superar la modernidad y posmodernidad antropocentrista, para recuperar la cosmovisión holicista y proyectarla en la práctica hacia una nueva civilización con un modelo de producción, tecnología, pedagogía y estructura social similares a los de los pueblos precolombinos, pero con lelementos complementarios y recuperables del decadente modernismo y posmodernismo. En Bolivia es dónde ya está surgiendo este nuevo paradigma con la revolución de la Pacha Mama o Revolución Democrática Plurinacional. Venezuela y Ecuador deberían tener más en cuenta este modelo, que tiene más futuro que el insostenible modelo chino de revolución.

 

 

Yin y Yang: el equilibrio del movimiento

 

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  La tradición del Tao ve la historia como un juego dialéctico y complementario de dos principios: yin y yang, fuerzas subyacentes a todos los fenómenos humanos y cósmicos. Buscando luces para entender y salir de la crisis mundial, tal vez esta mirada holística de los sabios orientales nos pueda inspirar.

La figura de referencia para representar estos dos principios es la montaña. El lado norte, cubierto por la sombra, es yin, que en chino quiere decir sombreado, y corresponde a la dimensión Tierra. Se expresa por las cualidades del ánima, de lo femenino en los hombres y en las mujeres: el cuidado, la ternura, la acogida, la cooperación, la intuición y la sensibilidad por los misterios de la vida.

El yang significa la luminosidad del lado sur, y corresponde a la dimensión Cielo. Adquiere cuerpo en el ánimus, en las cualidades masculinas en el hombre y en la mujer: el trabajo, la competición, el uso de la fuerza, la objetivación del mundo, el análisis y la racionalidad discursiva y técnica.

La sabiduría milenaria del Taoísmo enseña que estas dos fuerzas deben equilibrarse mutuamente para que el discurrir de las cosas sea al mismo tiempo dinámico y armónico. Puede ocurrir que una predomine sobre la otra, pero se debe buscar en todo tiempo el difícil equilibrio entre ellas.

El yin y el yang nos remiten a una energía más originaria que contiene a ambas: el Qi [léase chi ]. El Qi es la energía cósmica que sustenta, penetra y mueve todo. La teología yoruba y nagô, tan presentes en Bahia (Brasil), enseña que esa energía es el Axé universal, con las mismas funciones del Qi. Los cristianos hablan del Spiritus Creator, o del Soplo cósmico, que llena y dinamiza toda la creación. Los modernos cosmólogos se refieren a la constante cosmológica que es la Energía de fondo que produjo aquel minúsculo puntito que se hinchó y después explotó —big bang— dando origen a nuestro Universo. Tras esta inconmensurable explosión, la Energía de fondo se desdobló en las cuatro fuerzas fundamentales que actúan siempre juntas y que subyacen tras todos los fenómenos —la energía gravitacional, la electromagnética, la nuclear débil y la nuclear fuerte—, para las cuales no existe, en realidad, ninguna teoría que las explique.

Nuestra cultura occidental, hoy globalizada, quebró esta visión integradora y dinámica. Enfatizó tanto el yang que volvió anémico el yin. Por eso, permitió que lo racional pasase por encima de lo emocional, que la ciencia se enemistase con la espiritualidad, que el poder negase el carisma, que la competencia prevaleciera sobre la cooperación, y que la explotación de la naturaleza desatendiera el cuidado y el respeto que se le deben. Este desequilibrio originó el antropocentrismo, el patriarcalismo, la pobreza espiritual, la cultura materialista y depredadora, y la actual crisis ecológica planetaria.

Solamente con la integración de la fuerza del yin, del ánima, de la logique du coeur (Pascal), del mundo de los valores, corrigiendo el exceso del yang, del ánimus, del espíritu de dominación, podremos proceder a las correcciones necesarias y a dar un nuevo rumbo a nuestro proyecto mundial.

En la tradición del canon occidental expresamos el mismo fenómeno del yin y yang refiriéndonos a dos figuras mitológicas: Apolo y Dionisio.

La dimensión Apolo está en el lugar del orden, de la razón, de la disciplina, en una palabra, de la ley del día bajo la cual se rige la sociedad organizada. La dimensión Dionisio representa la libertad frente a las leyes, la capacidad de saltarse las prohibiciones, la exaltación de la alegría de vivir y la inauguración de lo nuevo, en una palabra, la ley de la noche, que es el momento en que las censuras caen y todo se vuelve gris e indefinido.

Actualmente vivimos una coyuntura muy particular, marcada por el exceso. Perdimos la coexistencia del yin con el yang, de Apolo con Dionisio. Si no encontramos un punto de equilibrio, todo puede suceder, hasta una calamidad antropológica. Necesitamos una locura sabia que posibilite una nueva síntesis entre estos dos polos para reinventar un nuevo camino que nos asegure el futuro.

Zen Y Crisis

Zen y la crisis de la cultura occidental

 

  Vengo insistiendo desde hace tiempo en que por detrás de la crisis actual económico-financiera actual hay una crisis de paradigma civilizatorio. ¿De qué civilización? Se trata obviamente de la civilización occidental, que a partir del siglo XVI fue mundializada por el proyecto de colonización de los nuevos mundos.

Este tipo de civilización se estructura en la voluntad de poder-dominación del sujeto personal y colectivo sobre los otros, los pueblos y la naturaleza. Su arma mayor es una forma de racionalidad, la instrumental-analítica, que compartimenta la realidad para conocerla mejor y así someterla más fácilmente. Después de quinientos años de ejercicio de esta racionalidad, con los innegables beneficios que ha traído y que encontró en la economía política capitalista su más cabal realización, estamos constatando el alto precio que nos ha hecho pagar: el calentamiento global, inducido en gran parte por el industrialismo sin límites, y la amenaza de una catástrofe previsible ecológica y humanitaria.

Estimo que todos los esfuerzos que se hagan dentro de este paradigma para mejorar la situación serán insuficientes. Serán siempre más de lo mismo. Tenemos que cambiar para no perecer. Es el momento de inspirarnos en otras civilizaciones que ensayaron un modo más benevolente de habitar el planeta. Lo que fue bueno ayer, puede valer también para hoy.

Tomo como una de las referencias posibles el zenbudismo. Primero, porque ha influenciado todo el Oriente. Nacido en la India, pasó a China y llegó a Japón. Después, porque ha penetrado ampliamente en estratos importantes de Occidente y de todo el mundo. El Zen no es una religión. Es una sabiduría, una manera de relacionarse con todas las cosas de tal forma que se busca siempre la justa medida, la superación de los dualismos y la sintonía con el Todo.

Lo primero que hace el budismo zen es destronar al ser humano de su pretendida centralidad, especialmente del yo, núcleo básico del individualismo occidental. Él nunca está separado de la naturaleza, es parte del Todo. En seguida, procura una razón más alta que está más allá de la razón convencional. Se niega a tratar la realidad con conceptos y fórmulas. Se concentra con la mayor atención posible en la experiencia directa de la realidad tal como la encuentra.

«¿Qué es el zen?» preguntó un discípulo al maestro. Y éste respondió: «las cosas cotidianas; cuando tienes hambre, comes, cuando tienes sueño, duermes». «¿Pero no hacen eso mismo todos los seres humanos normales?» -atajó el discípulo. «Sí» ―respondió el maestro― «los seres humanos normales cuando comen piensan en otra cosa, cuando duermen, no pegan ojo porque están llenos de preocupaciones». ¿Qué significa esta respuesta? Significa que debemos ser totalmente uno en el acto de comer y totalmente entregados al acto de dormir. Como ya decía la mística cristiana Santa Teresa: «cuando gallinas, gallinas, cuando ayuno, ayuno». Esta es la actitud zen. Empieza por hacer con la máxima atención las cosas más cotidianas como respirar, andar y limpiar un plato. Entonces ya no hay dualidad: estás todo tú en todo lo que haces. Por eso, obedece a la lógica secreta de la realidad sin la pretensión de interferir en ella. Acogerla con el máximo de atención nos hace integrados porque no nos distraemos con representaciones y palabras.

Esta actitud le ha faltado al Occidente globalizado. Estamos siempre imponiendo nuestra lógica a la lógica de las cosas. Queremos dominar. Y llega un momento en que ellas se rebelan, como estamos constatando actualmente. Si queremos que la naturaleza nos sea útil, debemos obedecerla.

No dejaremos de producir y de hacer ciencia, pero lo haremos con la máxima conciencia y en sintonía con el ritmo de la naturaleza. Orientales, occidentales, cristianos y budistas pueden usar el zen de la misma forma que peces grandes y pequeños pueden morar en el mismo océano. Es otra forma de vivir que puede enriquecer nuestra cultura en crisis.

Apostar A Una Nueva Civilización

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Frei Betto con un gorro del combativo MST* de Brasil

*Movimento dos Trabalhadores Rurais Sem Terra, Movimiento de los Sin Tierra

 

 

Entrevista a Frei Betto

“Es esencial apostar por nuevos paradigmas de civilización”

 

 

“Necesitamos nuevos referentes de sociedad y de planeta [...] Las víctimas del planeta nos van a obligar a cambiar. [...] El golpe de Honduras empaña la nueva democracia latinoamericana”

 

En medio de la crisis económica y financiera generalizada, el planeta debe buscar nuevos paradigmas de civilización, incluyendo la esfera de la cooperación internacional. Esos nuevos referentes de relaciones planetarias deben estar embebidos en una ética diferente basada en el compartir y en el respeto mutuo entre pueblos y naciones. Tesis defendida por el teólogo brasilero de la liberación Carlos Alberto Libânio Christo, conocido como Frei Betto. Quien acaba de visitar Suiza, donde participó en la celebración del 50 aniversario de E-CHANGER (Intercambiar), organización helvética de cooperación solidaria de la cual es asesor y contraparte desde hace muchos años. La situación actual de la nueva democracia popular latinoamericana –sólo empañada por el golpe de Estado de Honduras-; el rol motor de los movimientos sociales; la importancia de la lucha contra el hambre y sus obstáculos reales son algunos de los temas centrales de esta entrevista exclusiva. Frei Betto, 65, religioso dominico, es escritor y periodista, asesor de los movimientos populares de su país y activo militante social. Fue durante dos años consejero personal del presidente Luiz Inácio Lula da Silva, abandonando su Gobierno cuando el programa “Hambre Cero”, que coordinaba, “dejó de ser un programa de emancipación para convertirse en un medio compensatorio con cálculo electoral”.

La crisis mundial preocupa a la comunidad internacional en su conjunto. ¿Las respuestas hasta ahora han sido efectivas?

Tengo muchas dudas de que los dirigentes de las principales potencias mundiales tengan una preocupación real de alcanzar soluciones de fondo. La Cumbre del G8 (las ocho naciones más industrializadas y Rusia), realizada recientemente en L’Aquila, Italia, no aportó señales significativas.

Sin embargo, el G8 decidió destinar una suma significativa para combatir la miseria en el mundo...

Absolutamente insuficiente. El G8 acordó 15 billones de dólares para hacer frente a la pobreza. En tanto, entre septiembre del 2008 y mediados del 2009, los mismos dirigentes destinaron mil veces más para salvar al sistema financiero. Con una mirada crítica podemos llegar a la conclusión de que están más preocupados por salvar al sistema que a la humanidad en su conjunto. Es un cinismo terrible...

Dos de cada tres habitantes del mundo viven en la pobreza, y eso es un hecho objetivo al que no se da respuesta. No se puede aceptar que 950 millones de hombres y mujeres tengan hambre; que 23.00 personas mueran por día debido al hambre, la mayoría de las cuales son niños.

LA CRISIS ES TAMBIÉN ETICA

¿Cómo explica esa realidad?

La actual situación desnuda una profunda crisis ética de fondo. Que toca todas las esferas de las relaciones entre naciones y que obliga a pensar nuevos paradigmas. Insisto: los poderosos quieren salvar al sistema y no a la humanidad.

La lotería biológica por la cual uno nace en Suiza o en Estados Unidos y no nace en una favela de San Pablo (Brasil) o en Eritrea, es absolutamente injusta. Y en vez de sentirnos privilegiados por esa casualidad biológica deberíamos sentir una gran deuda social hacia los que sufren hambre y actuar en correspondencia.

¿Una realidad mundial que, entonces, no logra sensibilizar realmente al planeta?

Los países industrializados, los más enriquecidos, están particularmente preocupados, porque la crisis amenaza su nivel de consumo, que tiene rasgos absurdos. Si se quisiera generalizar el consumo del norte a todo el globo, necesitaríamos 3 ó 4 planetas para tener suficientes recursos. Se comete un error al pensar que el mejoramiento de las condiciones de vida de la gente se logrará gracias al crecimiento económico. Casi nunca ese crecimiento se refleja en las mayorías, que siguen viviendo pobres y explotadas. El crecimiento real se debería medir con parámetros e indicadores de desarrollo humano...

¿Por qué la lucha contra el hambre no desata una real movilización planetaria?

Hay cuatro causas principales de muerte precoz. Las enfermedades (sida, cáncer, malaria etc). Los accidentes en sus distintas manifestaciones. El tercero es la violencia en sus distintas formas, incluyendo el terrorismo. La cuarta causa es el hambre. Las víctimas producto de los tres primeros factores son mucho menos que la del cuarto. Y sin embargo no hay una movilización consistente contra el hambre...

El hambre sólo amenaza a los miserables de la tierra y nosotros no lo somos. Fui privilegiado en la lotería biológica y entonces nuestro comportamiento es insensible ante el gran drama planetario. La tendencia egoísta que marca al ser humano...

¿Hay posibilidad que ese marco, casi fatalista, se modifique?

Con un cambio de referentes, de paradigmas. No será un proceso fácil ni simple, pero las víctimas de la injusticia nos van a obligar a modificar actitudes. Dos ejemplos ilustrativos. Uno, la devastación ambiental. Afecta a todos por igual, ricos y pobres, norte y sur. Y eso presiona ya la toma de posiciones de parte de algunos gobiernos y responsables políticos mundiales, aun más allá de sus propios deseos o voluntad. El otro, las migraciones de las poblaciones empobrecidas hacia los países ricos.. Responde a la necesidad de sobrevivencia de los que nada tienen. Y no hay ni policía, ni ejército, ni legislación, que pueda impedir esa tendencia migratoria que golpea ya a las naciones enriquecidas. No se va a detener ese flujo. Y de allí que los responsables políticos deban tomar decisiones consecuentes para favorecer a los países empobrecidos a transitar un proceso de desarrollo autónomo soberano que permita que sus poblaciones puedan seguir viviendo allí.

¿Esos nuevos referentes se deben buscar dentro o fuera del sistema?

Tengo una formación y una experiencia revolucionaria desde muy joven. Mi paradigma es la sociedad post-capitalista. Y esa sociedad post-capitalista se llama socialismo. Soy un socialista ontológico. Lo que no significa que considere cualquier referente histórico socialista, especialmente lo que vivió la Europa del Este, como modelo.

COOPERACION REALMENTE SOLIDARIA

¿Qué rol juega la cooperación norte-sur en esa dinámica compleja?

Pienso que en este contexto adquiere un valor importante el concepto de cooperación realmente solidaria. Para ello es esencial una actitud de modestia. Las ONG del norte que trabajan en el sur deben dotarse de los útiles de la pedagogía y de la educación de Paulo Freire. Lo que implica ponerse al servicio del otro, sin ninguna arrogancia ni colonialismo, comprendiendo las diferencias, asumiendo que nadie es mejor que el otro pero que cada uno tiene una cultura diferente.

¿Cómo se expresaría en concreto esta actitud en lo cotidiano de las relaciones norte-sur?

Una regla de oro de la cooperación solidaria consiste en promover la autoestima de los actores sociales del sur. Tiene que fortalecer los movimientos sociales; consolidar la formación de sus dirigentes. La instrucción, la formación, deberían constituir un aporte esencial. Reforzando, al mismo tiempo, la conciencia de la necesidad de desarrollar relaciones igualitarias. No con una óptica asistencialista o colonialista del norte hacia el sur, sino con una perspectiva emancipadora de la población del sur. En ese sentido quiero decir que ONG como E-CHANGER son excepcionales. De gran coherencia. Van a trabajar al sur, a Latinoamérica –y especialmente Brasil que es lo que mejor conozco- poniéndose al servicio de los actores sociales, sin imponer verdades, a la escucha, abiertas al aprendizaje constante, conscientes que todos tienen mucho que aprender en este intercambio con rostro humano.

LA ESPERANZA LATINOAMERICANA  

Lo esencial de su reflexión global se nutre de la realidad de Brasil y de América Latina ¿Qué momento político vive ahora el continente? 

 En las últimas décadas ha transitado tres etapas muy diferenciadas. La primera, entre 1960 y 1980, las dictaduras militares. Con represión generalizada, desaparición forzada de personas, la cárcel y el exilio. Luego, seda un periodo de neoliberalismo mesiánico que hizo explotar las contradicciones y la polarización social. La etapa en curso está marcada por un ciclo de democracias populares. Como nunca antes, los movimientos sociales se sienten hoy escuchados y tenidos en cuenta. Muchos de sus dirigentes, incluso, participan en los gobiernos.

¿Cuál es el rasgo más característico de este?

La existencia de una serie de iniciativas regionales y continentales que promueven propuestas de integración con autonomía. Y esto es muy importante de cara a la larga historia de dependencia colonial que hemos padecido durante siglos.

Con una nota amarga en ese marco positivo: el golpe de Estado en Honduras del 28 de junio de este año. Habíamos pensado que no habría nunca más dictaduras, y este golpe abre un compás de preocupación. La movilización latinoamericana contra el golpe es excepcionalmente significativa.

¿Un continente con futuro?

Me animaría a decir que América Latina es actualmente la única región del planeta que vive un auténtico momento de esperanza. Cuenta con movimientos populares, de diferentes tipos, muy fuertes. Hay gobiernos como el de Evo Morales en Bolivia o el de Rafael Correa, en Ecuador, que han hecho alianzas importantes con los mismos, y se sustentan en ellos.

La gran preocupación de Betto militante...

Me sustenta la lucha contra la pobreza. Dios no quiere la pobreza.. La pobreza es resultado de la injusticia humana. La primera página de la Biblia dice que Dios creó al hombre para vivir en un paraíso. No en la miseria, que es producto de los hombres. Dios es padre y madre, pero no es paternalista...

No temo ni por mi vida ni incluso por perder mi fe. El único miedo que tengo es traicionar la esperanza de los pobres.

Betto y su vision de Brasil

“El Brasil de hoy, el de Lula, es mucho mejor que con cualquier otro gobierno del pasado”, afirma con convicción Frei Betto. Quien reconoce el “rol geopolítico, la credibilidad y el reconocimiento de Lula en el plano internacional, su papel de mediador, su presencia determinante en el continente”. También, enumera, el control de la inflación, ciertos programas sociales que han reducido la miseria en casi 10 millones de personas en los últimos años, y la no criminalización ni persecución de los movimientos sociales.

Sin embargo, las críticas de Betto hacia la actual conducción política, son también de peso. “El Partido de los Trabajadores (PT), para mí, es una gran desilusión. Se alejó de los movimientos sociales, cayó en numerosos casos de corrupción, cooptó al movimiento sindical”.

Su análisis agrio no acepta matices: “Tuve la esperanza de que el gobierno tuviera un proyecto de Brasil, de país...hoy no tiene más que un proyecto de poder. Para mantenerse, debe hacer alianzas incluso con fuerzas promiscuas y espurias. Renunció a aliarse con el movimiento popular. No implementó la reforma agraria siempre pendiente. Hoy, el gobierno Lula, tiene una gran deuda agraria y ecológica. No tuvo la voluntad política para implementar la reforma agraria y 4 millones de familias siguen sin tierra. Carece de una sensibilidad ambiental y la Amazonia vive un irreversible proceso de deforestación (y su consecuente desertificación) preocupante”.

Sergio Ferrari y Beat Tuto Wehrle en colaboración de prensa con E-CHANGER, ONG suiza de cooperación solidaria, y con el apoyo de la FEDEVACO (Federación Vaudoise de cooperación)