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altermediareflexiones

Comunitarismo Cristiano, La Nueva Iglesia

Otro modo de ser Iglesia 

2010-07-30

Leonardo Boff

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  Quien haya leído mi último artículo –Dónde está la verdadera crisis de la Iglesia – puede haber quedado desesperanzado. Analizaba ahí la estructura de poder de la Iglesia, centralizada, piramidal, absolutista y monárquica. Este tipo de poder no favorece el ideal evangélico de igualdad, de fraternidad ni la participación de los fieles. Mas bien cierra las puertas a la participación y al amor. Es que tal tipo de poder, por su naturaleza, necesita ser fuerte y frío. Este modelo de Iglesia-poder se presenta como «la» Iglesia, la Iglesia sin más, y -peor todavía- como querida por Cristo, cuando, como he mostrado, surgió históricamente y es solamente su instancia de animación y dirección, siendo menos del 0,1% de todos los fieles. Por lo tanto, no es toda la Iglesia sino solamente una mínima parte de ella.

Pero la Iglesia-comunidad como fenómeno religioso y movimiento de Jesús es mucho más que la institución. Aquella encuentra otras formas de organización, mucho más próximas al sueño de su Fundador y de sus primeros seguidores. Sabiamente, los obispos brasileros en su reunión anual, celebrada en Brasilia del 4 al13 de enero del presente año, confesaron: «sólo una Iglesia con diferentes modos de vivir la misma fe será capaz de dialogar significativamente con la sociedad contemporánea». Con esto destruyeron la pretensión de una única manera de ser: la de la Tradición del poder. Sin negarla, hay muchas otras maneras: la de la Iglesia de la liberación, la de los carismáticos, la de los religiosos y religiosas, la de la acción católica, hasta la del Opus Dei, la de Comunión y Liberación y la de la Nueva Canción, para nombrar sólo las más conocidas.

Pero hay una forma toda especial y muy promisoria, nacida en los años 50 del siglo pasado en Brasil y que ha adquirido relevancia mundial, pues ha sido asimilada en muchos países: las Comunidades Eclesiales de Bases (CEBs). Los obispos les dedicaron un animador«Mensaje al Pueblo de Dios sobre las CEBs». Curiosamente, ellas surgieron en el momento en que brotó en Brasil una nueva conciencia histórica. En la sociedad: el sujeto popular ansiando más participación política, y en la Iglesia: el sujeto eclesial, ansiando también más participación y corresponsabilidad eclesial. Las CEBs constituyen otro modo de ser Iglesia, cuyo sujeto principal, aunque no exclusivo, son los pobres. Su estilo es comunitario, participativo e insertado en la cultura local. Los servicios son rotativos y la elección, democrática. Articulan continuamente fe y vida, son activas en el campo religioso, creando nuevos servicios y ritos, y activas en el campo social o político, en los sindicatos, en los movimientos sociales como en el MST (Movimiento de los Trabajadores sin Tierra) o en los partidos populares.

No sabemos exactamente cuántas son, pero se calcula unas cien mil comunidades de base en Brasil, involucrando a varios millones de cristianos. Los obispos constatan su alto valor innovador y antisistémico. El mercado eliminó las relaciones de cooperación y solidaridad mientras que en las CEBs se viven relaciones fundadas en la gratuidad, en la lógica del ofrecer-recibir-retribuir. Ellas han asumido la causa ecológica, por eso, se entienden también como CEBs = comunidades ecológicas de base. Han desarrollado una fuerte espiritualidad del cuidado de la vida y de la Madre Tierra. El resultado de todo ellos ha sido más respeto, veneración y cooperación con todo lo que existe y vive.

 Las CEBs muestran cómo la memoria sagrada de Jesús puede recibir otra configuración social, centrada en la comunión, en el amor fraterno y en la alegría de testimoniar la victoria de la vida contra las opresiones. Ese es el significado existencial de la resurrección de Jesús como insurrección contra el tipo de mundo vigente.

Humildemente, los obispos declaran que ellas ayudan a la Iglesia a estar más comprometida con la vida y con el sufrimiento de los pobres. Más aún, interpelan a toda la Iglesia llamándola a la conversión, al compromiso para la transformación del mundo en un mundo de hermanos y hermanas.

Este modo de ser Iglesia puede servir de modelo para la inserción en la cultura contemporánea, urbana y globalizada. Si fuese asumido como inspiración para el proyecto del Papa Benedicto XVI de «reconquistar» Europa, seguramente tendría algún éxito. Podrían verse comunidades de cristianos, intelectuales, obreros, mujeres, jóvenes, viviendo su fe en articulación con los desafíos de sus situaciones existenciales. No pretenderían tener el monopolio de la verdad y del camino cierto, pero se asociarían a todos los que buscan seriamente un nuevo lenguaje religioso y un nuevo horizonte de esperanza para la humanidad.

Las Creencias Pueden Ser Tan Buenas Como Malas Para La Trascendencia

La Fe tiene que ser Reflexiva y, necesariamente, debe estar orientada por la Ciencia, así como la Ciencia por la Fe en cuestiones éticas. Ciencia y Fe (Espiritualidad) no deben ir mezcladas, mas sí relacionadas. Como profundo creyente atiendo a la ciencia (al menos la agnóstica, que es la verdadera ciencia, ya que partir a priori de una posición le resta a uno capacidad de análisis y entendimiento) y como estudioso de la ciencia uso de referencia mis creencias para darle sentido ético y teleológico a dichos estudios. Es un pensamiento holístico como se dice. La Fe (Espiritualidad) me da autoconfianza, la Ciencia me da entendimiento. Hay momentos de conflicto mas son más los momentos de complementación entre ambas formas de pensamiento. En los escasos momentos de conflicto entre mi Fe y la Ciencia, medito y reflexiono... y de dicha reflexión quito una conclusión. Lo espiritual en casi todo es lo prevalente en esos momentos y raras veces me ha llevado a errores, porque en lo espiritual puedo ampliar mi punto de vista y me enfoque sobre el devenir y los acontecimientos. Como dice la frase "Cuando haces Zazen, el Universo hace Zazen" o "Estad en el Reino de los Cielos y lo demás será dado por añadidura" frases con el mismo sentido se encuentran en todas las religiones. La "Superstición" no es mala, si va acompañada de la reflexión para aumentar la autoconfianza y la acertividad vivencial. Es un cuchillo, puede hacer tanto bien como mal, depende como lo uses. O sea, la Espiritualidad se puede extender, dependiendo de cómo se viva las creencias.

 

 

Las personas poco decididas son más supersticiosas

 

Las personas que creen que el destino y la casualidad controlan sus vidas tienden más que las personas decididas a ser supersticiosas. Sin embargo, estos mismos individuos, cuando se enfrentan a la idea de su propia muerte, abandonan todo tipo de creencias supersticiosas. Éstas son algunas de las conclusiones de un estudio reciente sobre la superstición y su efecto en el comportamiento humano que ha revelado, además, que las creencias supersticiosas ayudan a reducir la sensación de incertidumbre, pero también pueden tener efectos perniciosos. Por Yaiza Martínez.

 


Amuletos. Foto:  art_es_anna. Fuente: EverystockPhoto.
Amuletos. Foto: art_es_anna. Fuente: EverystockPhoto.
Las personas que creen que el destino y la casualidad controlan sus vidas tienden más que otras a ser supersticiosas. Sin embargo, estos mismos individuos, cuando se enfrentan a la posibilidad de su propia muerte, abandonan todo tipo de creencias supersticiosas.

Éstas son algunas de las conclusiones de un estudio realizado por especialistas de la Kansas State University, de Estados Unidos, en el que se analizaron las formas y funciones de las supersticiones en el comportamiento humano.

El proyecto de investigación, dirigido por el psicólogo Scott Fluke, pretendía ahondar en el fenómeno de las supersticiones, con el fin de conocer mejor su funcionamiento.

Estudio de los efectos

Según se explica en un comunicado emitido por la Kansas State University, los investigadores definieron la superstición como la creencia en que existe alguna relación entre algunos actos, objetos o rituales, y ciertos resultados completamente ajenos a ellos (por ejemplo, entre llevar un amuleto de la suerte y ganar un partido).

Para indagar en el efecto real de estas supersticiones en el comportamiento de la gente, los científicos realizaron dos estudios distintos.

En el primero de ellos, se realizaron una serie de cuestionarios a un total de 200 estudiantes universitarios, en los que se les preguntaron hasta qué punto eran personas pesimistas, si creían en la suerte o el destino o si les gustaba controlar las situaciones, entre otras cuestiones.

El análisis de las respuestas reveló que aquellas personas que creían que la suerte y el destino controlaban sus vidas eran más propicias a ser supersticiosas.

La muerte escapa a la superstición

En el segundo estudio, los investigadores quisieron averiguar cómo los participantes reaccionaban ante la muerte. Para ello, les pidieron que describieran por escrito cómo se sentían al pensar en su propio fallecimiento.

Para sorpresa de los investigadores, los niveles de superstición de los voluntarios descendieron cuando éstos pensaban en su propia muerte. Los científicos atribuyen este cambio a que el hecho de la muerte sea una situación de incertidumbre extrema.

Según Fluke, inicialmente “teorizamos que cuando los participantes pensaran sobre la muerte, se comportarían de manera más supersticiosa, en un esfuerzo por aumentar el sentido de control sobre este hecho”.
Sin embargo, “lo que no esperábamos es que el hecho de pensar en la muerte hiciera que las personas se sintieran indefensas – como si no pudieran tener ningún control sobre ella- algo que realmente redujo sus creencias supersticiosas”.

Controlar las ideas supersticiosas

Tras la realización de ambos estudios, los investigadores determinaron, además, tres razones o causas para el comportamiento supersticioso. Por un lado, la gente utiliza las supersticiones para aumentar su control sobre la incertidumbre.

Por otro lado, las supersticiones ayudan a reducir el sentimiento de impotencia. Por último, a algunas personas les resulta más sencillo confiar en sus creencias supersticiosas que desarrollar estrategias para afrontar realmente ciertas situaciones.

En este sentido, explican los científicos, las supersticiones pueden convertirse en una desventaja y, por tanto, conviene evitarlas.

Para hacerlo, los investigadores recomiendan seguir algunas pautas, como no creer en la mala suerte y tomar conciencia del control real que podemos ejercer sobre ciertas situaciones.

Por otra parte, ser decididos y preventivos también ayuda porque, según los resultados obtenidos en la investigación, las personas menos decididas creen más en las supersticiones y las personas más preventivas son menos supersticiosas.

El lado positivo

Los resultados de la presente investigación contrastan con los obtenidos en otro estudio reciente, que reveló que las supersticiones realmente funcionan porque fomentan la autoconfianza.

Realizada por investigadores de la Universidad de Colonia, en Alemania, dicha investigación demostró que las supersticiones pueden hacer que la gente rinda mejor en sus tareas, y que afronte éstas de forma más animosa y persistente.

El estudio de la Universidad de Colonia incluyó cuatro experimentos en los que se midieron los efectos de las creencias supersticiosas sobre el rendimiento de un grupo de participantes en actividades de agilidad motora, memoria, resolución de anagramas o el golf.

Breve Reseña de Un Teólogo del Todo

Desde la individualidad al universo entero

 

Cuando le preguntaron si era católico, hindú y budista al mismo tiempo, respondió: “No veo en ello contradicciones. Si fuera católico y no católico al mismo tiempo, sería contradictorio”. Se podría decir que se oponía al propio hecho de oponerse, porque lo que de verdad buscaba era el diálogo, el acuerdo, el entendimiento. El pensador Raimon Panikkar (así decidió él que se llamaba) falleció el pasado 26 de agosto en Barcelona, a los 91 años.

 

Francesc Arroyo / Periodista
Desde la individualidad al universo entero
Raimon Panikkar. Instalado en
Cataluña, en los últimos años,
realizaba una tarea de difusión de
sus ideas, basadas en un cierto
panteísmo y, sobre todo, en la
voluntad de diálogo intercultural e
interreligioso.

El pensador Raimon Panikkar (así decidió él que se llamaba) falleció el pasado 26 de agosto en Barcelona, a los 91 años. Había nacido en esa misma ciudad en 1918, hijo de un ingeniero hindú que se afincó en ella. Hay un personaje de La Regenta de Clarín que cuando llega al casino dice siempre: "¿De qué se habla que me opongo?". Raimon Panikkar era así: un pensamiento en constante oposición. Rizando el rizo se podría decir que se oponía al propio hecho de oponerse, porque lo que de verdad buscaba era el diálogo, el acuerdo, el entendimiento. Entre los hombres, por supuesto, pero también de estos con los dioses, si acaso existen.
Muy joven conoció a un sacerdote que entonces se llamaba José María Escrivá: el fundador del Opus Dei. Se alistó en la orden y afirma su hermano Salvador Pániker (la diferencia de apellidos es voluntad de ellos) que fue quien implantó el colectivo en Barcelona, captando a figuras como Valls Taverner o López Rodó.
Frontera del conocimiento
Panikkar estudió Química y Filosofía (esta última, probablemente, por influencia de un sacerdote llamado Ramón Roquer) y se doctoró en ambas, además de en Teología. Tanto sus estudios científicos como los filosóficos tratan de establecer las fronteras del conocimiento, para diluirlas. En los años cuarenta y primeros cincuenta, antes de instalarse en Roma, primero, y en India, más tarde, funda la revista Arbor, vinculada al Consejo Superior de Investigaciones Científicas, pero controlada por miembros del Opus. Era un intento de abrir la filosofía española a algo más que la religión, aunque el predominio de los pensadores católicos que tendían a ver la filosofía como "esclava de la teología" representó una fuerte cortapisa para según qué empresas. Tras la marcha de Panikkar, el secretario de redacción de la revista sería Rafael Calvo Serer, entonces miembro también del Opus Dei.
La actividad por libre de Panikkar en India, ya ordenado sacerdote, resultó muy incómoda para el Opus, que acabó quitándoselo de encima con malas maneras, cuentan sus allegados, y "dejándolo tirado". Lo que no deja de ser una forma de hablar para un hombre de sus recursos que, tras unos primeros movimientos indecisos, acabaría como profesor de Historia de la Religión en Harvard y Santa Bárbara.
En los últimos años se había instalado en Cataluña, donde realizaba una tarea de difusión de sus ideas, basadas en un cierto panteísmo y, sobre todo, en la voluntad de diálogo intercultural e interreligioso. Decía misa con regularidad y lo visitaban estudiosos del pensamiento en su onda disidente de todas las disidencias. Participaba en coloquios, en radio o televisión, y llevaba la dirección de tesis doctorales.
Si años atrás decidió adaptar la grafía de su apellido paterno (el materno era Alemany), ya retirado en Cataluña decidió catalanizar el Raimundo original y convertirlo en Raimon, como una muestra más de su voluntad de integración con el entorno inmediato, con la historia personal y, a través de la individualidad, con el universo entero.

Absolutidad y Relatividad del Ser

Realidad absoluta y relativa del Ser

 

La belleza de la razón
La belleza de la razón

En los albores, el hombre formaba parte del paisaje como una especie más de la manifestación, como otra flor, árbol, animal o mineral, hasta el día en que descubrió que era una cosa distinta de la Naturaleza y que estaba en ella, pero despegado. Nació el “yo” como primera diferenciación ligada a la existencia (yo soy), y una nueva contingencia diferenciadora (yo soy esto), y así de modo progresivo y continuado aumentó la distancia entre la indiferenciación de sus albores y una realidad cada vez más individualizada respecto de los demás estados individuales del Ser manifestado. Cuanto más se diferencia de “todo lo demás”, es mayor el grado de su individualidad y por lo tanto, menor aptitud para aproximarse a lo universal, lo indiferenciado, ilimitado y absoluto. En este aspecto, la evolución del hombre iniciada con la ausencia de conciencia, se situó en el campo de la conciencia adquirida del “yo” hasta que, se asegura, fue la metafísica hindú la que introdujo una altura mayor con la conciencia pura, como un camino hacia la fusión del “Sí Mismo” del estado humano con lo Absoluto.

Si quisiéramos saber si en aquel albor antropológico del hombre estaba en lo Absoluto y de Él se alejó por la causa que haya podido ser o si, por el contrario, venimos de una condición del todo ajena a la identidad del ser humano con el Ser Total, nos quedaríamos con el segundo supuesto, y en tal caso es al hombre actual, diferenciado e individualizado por sus contingencias propias, a quien le corresponde descorrer el velo para contemplar directamente lo Absoluto. Por lo tanto, no se trataría de una recuperación de un estado perdido por el ser humano, una especie de estado edénico extraviado in ilo tempore, sino de un intento de superación de nuestra propia condición exigida por un deseo de saber y trascender. Habría que puntualizar que si se admitiera con la doctrina brahmánica que en el ser humano está encubierto el Ser Total mediante las erróneas verdades relativas, en ese caso y solamente en ése, se podría decir que el hombre de hoy está capacitado para descubrir la Verdad absoluta de su ser, que encubre el Ser Absoluto que en él permanece desde siempre. Sin embargo, es prudente matizar que lo que el hombre ha llegado a ser hoy, estaba ya en el germen de Adam Kadmon, el hombre primordial cuya disgregación en la manifestación dio nacimiento a la especie humana tal como la conocemos.

Adquirida la conciencia con el descubrimiento del “yo” y su constante crecimiento, es decir, su evolucionada diferenciación que condujo con el correr de los tiempos hasta un exacerbado individualismo, la mente del hombre se formuló las primeras cuestiones “filosóficas”, por darles un nombre de uso común, y de entre todas ellas, la fundamental, o sea, el cuestionamiento del “yo” en tanto que “ser” y su primera consecuencia, el “existir”. Las primeras afirmaciones no podían ser otras que: “yo soy el que soy, y no otro ser” (principio de no contradicción), así como “todo lo que es, existe” (principio de manifestación), puesto que nadie se dice a sí mismo “no existo”. Sobre estas dos premisas se sustentan los pilares del conocimiento humano. Y a partir de ahí, las distintas teorías acerca del ser en tanto que ser, independientemente de toda teología o metafísica tras-ontológica.

Los filósofos griegos pensaron de espaldas a Occidente y de cara a Oriente, lo mismo que el cristianismo que nacido en el Cercano Oriente se convirtió en la experiencia espiritual básica de este Occidente, hoy incrédulo y carente de necesidad espiritual. Es cierto que los griegos no desarrollaron una doctrina despegada de la realidad terrenal, pero atisbaron lo que las doctrinas hindúes más desarrolladas en esta suerte de metafísica tras-ontológica también llamada pura, completa o verdadera, enseñaban y enseñan aun acerca de los Principios metafísicos liberados de definiciones, limitaciones y teorías gnoseológicas que están dedicadas a la explicación del conocimiento en tanto que fenómeno racional o intelectual que posibilita conocer al hombre.

El pensamiento griego culminó con la metafísica de Aristóteles y su continuidad con la teología cristiana dando nacimiento a una línea de pensamiento que se conoce como aristotélica-tomista. Fue Aristóteles quien desarrolló lo que dio en llamar ciencia primera: la del ser en cuanto ser. Este Ser estudiado por el estagirita se inserta en el grado de manifestación de lo creado y por ende, deja fuera la no-manifestación. Simplificando esta noción, podría decirse que la manifestación equivale al concepto clásico de la f?s??, lo que se conoce como “naturaleza” en Occidente, asimilable también al de “mundo” y si se amplía este concepto con mejor criterio, al de “universo”. Todo lo que no está en la manifestación, en la f?s?? ?o universo, está fuera del ser del realismo aristotélico; está en la no-manifestación, que no es la Nada sino el No-Ser. No obstante, ciertos estados contingentes del ser manifestado ostentan ocasionalmente y de manera transitoria una semejanza con la no-manifestación, sin llegar a serlo; así, por ejemplo, el sueño profundo carente de ensoñaciones.

Pese a suponer y con razón de que Aristóteles desarrolla una metafísica estrictamente “terrenal”, admitió la existencia de inmaterialidad en la Creación negándole autonomía para ser pensada como algo distinto del pensamiento. Esto conduce a la identidad del pensamiento y lo que es pensado por el pensamiento. No obstante y lamentablemente, no se extiende en la cuestión. Desarrollando con brevedad esta afirmación tiene que sostener que la inteligencia se piensa a sí misma y que el pensamiento es el pensamiento del pensamiento, rematando la idea con la afirmación de que Respecto de los seres inmateriales, lo que es pensado no tiene una existencia diferente de lo que se piensa; hay entre ellos identidad, y el pensamiento es uno con lo que es pensado (Met. XII-9).

La identidad del pensamiento y lo pensado en el pensamiento de las cosas inmateriales, lo repite Aristóteles en el cap. IV, p. 101 de su obra Acerca del alma, expresando textualmente: Tratándose de seres inmateriales lo que intelige y lo inteligido se identifican, toda vez que el conocimiento teórico y su objeto son idénticos. No se puede dudar que esta afirmación de Aristóteles se adecua a los postulados metafísicos del hinduismo aunque, también es lícito reconocer que no llega a definir con claridad lo que es el conocimiento intuitivo intelectual que ya propugnaba Platón antes que él. En todo caso, platónico o aristotélico, siempre se trata de “conocimiento” y todo conocimiento lo es “de algo”, lo que introduce una relación de sujeto-objeto y la captación de una realidad representativa, lo que para el hinduismo es una realidad relativa, y por ende, errónea por lo ilusoria, según lo explica la teoría advaita de la superposición.

Si fuéramos menos rigurosos en la interpretación de esta aseveración aristotélica podríamos conceder que con otras palabras, el filósofo griego expresa lo mismo o algo muy similar a la fusión hinduista cuando habla de “identificación” del conocimiento teórico con el objeto pensado, bien entendido que el pensamiento teórico es un ejercicio intelectual mientras que la fusión del ser en el Ser Supremo es un ejercicio de la Conciencia Pura. De lo que no cabe duda es de que las limitaciones del lenguaje y el hecho de que las obras clásicas y tradicionales son traducidas por expertos lingüistas desconocedores del valor esotérico de los textos, conducen a una ruptura del pensamiento de culturas disímiles aunque arraigadas en la misma fuente: la Sabiduría Primordial de la que derivan todas las doctrinas sagradas y civilizaciones de la humanidad.

La teoría hindú de la superposición está afirmada en la admisión de una realidad Única y Verdadera, inscrita en lo Absoluto, identificada asimismo con el Ser Supremo. Esta verdad a la que se llega mediante el desapego del ser humano de todo lo corpóreo, no es “algo” verdadero, sino la Verdad misma, la verdad en sí. No obstante, tal realidad está encubierta por una serie de superposiciones que ponen en evidencia una realidad relativa, errónea y en todo caso falaz, porque se ofrece a los sentidos como una realidad metafísicamente irreprochable, sin serlo; es sencillamente, engañosa. Para Shankara “la superposición significa tomar la apariencia de una cosa por otra” y opera sobre las características extensas al Ser (Brahma-Sutras, Introducción, ed. Trotta, 2000). Podría decirse que esa superposición no es otra cosa que la realidad de la metafísica clásica, la que explica la realidad del Ser en cuanto ser, tal como se evidencia a los sentidos en la Creación manifestada. Esta realidad es captada mediante la relación sujeto-objeto, sea con un procedimiento racional o intelectual. La realidad no-dual que cultivan los vedantistas, no captan un objeto que sea verdadero sino la Verdad misma como única realidad, lo que implica una serie de consecuencias como las concernientes al conocimiento y a la conducta moral y religiosa, entre otras.

El conocimiento, como dijimos en líneas anteriores, siempre lleva implícito un movimiento de la mente consistente en la captación de un objeto material, lo que para la metafísica no-dualista es inadmisible porque a la verdad se accede mediante la “liberación” de toda agitación espiritual del punto de vista de la manifestación, y de la “unión” del punto de vista de la fusión del espíritu del hombre con lo Absoluto. Liberación y Unión son, pues, dos aspectos de la misma cosa. El conocimiento no puede conducir a la Verdad absoluta, sino solamente a la relativa, que son múltiples como múltiples son los estados del Ser. La Verdad absoluta, por el contrario, sólo es una.

Respecto de la moral social y religiosa, cesan los hechos buenos y malos junto con sus efectos (la felicidad y el sufrimiento), así como toda acción pues, si fuera la liberación un complemento de la acción, tal liberación sería impermanente y por lo tanto, relativa (Katha Upanishad, I, 2, 14 y Mundaka Upanishad, II, 2, 19). Esto viene a confirmar el aserto de que la doctrina hindú tradicional no es una religión sino una metafísica. Sin embargo, sería una equivocación el suponer que los actos morales no tienen cabida en el hinduismo porque lo cierto es que son el camino preparatorio para la contemplación que posibilita la liberación. El que cumple con los deberes religiosos sigue la ruta del Norte; los que sólo realizan actos sociales siguen la ruta del Sur (Katha Upanishad, V, 10, 1). “Mediante la rectitud de pensamiento, austeridades y verdadero conocimiento, este Ser es obtenido, pues el ser de los limpios de corazón es puro y radiante, como una luz en el interior del cuerpo” (Tercer Mundaka, Primer Khanda del Mundaka Upanishad). Por lo demás, las buenas obras y la vida virtuosa producen efectos benéficos tras la muerte ya que posibilitan a los residuos psíquicos del ser humano ascender por la senda del humo hasta la esfera de la luna y experimentar el gozo de sus virtudes y luego de una breve estancia en el espacio, descender por la misma senda para adherirse a otros seres.

Volviendo a la realidad relativa, la metafísica no-dual la admite, sólo que dentro de su propio orden de manifestación que crea una realidad errónea que es propia de la realidad múltiple de una visión dual de la Creación. En la tradición no-dual (advaita) el conocedor se funde con lo conocido de suerte que “El que conoce el Absoluto, llega a ser el Absoluto” (Mundaka, III, 2, 19). A tal punto no existe un reproche y descrédito descalificante del ser individual inserto en la manifestación, que René Guénon, reconocido experto hinduista ha dedicado al tema una obra monográfica de alto valor metafísico: Los estados múltiples del Ser, y en el texto Brahma-Sutras, con los comentarios advaita de Sánkara (o Shankara, ed. Trotta, Madrid 2000), se dedica buena parte del texto al estudio del ser individual a partir del segundo Adhyaya.

La metafísica ontológica es dualista, e insistiendo en determinar lo más preciso que sea posible el concepto de esencia del Ser según Aristóteles, hay que acudir al libro X de su Metafísica, que es el que dedica al estudio de la esencia, de la que sostiene que hay tres clases: dos sensible (la eterna y la perecedera) y una tercera que es inmóvil, “que es objeto de una ciencia diferente, puesto que no tiene ningún principio que sea común a ella y a las dos primeras” (Met. XII-1). Es el punto inmóvil que mueve sin ser movido.

El movimiento del Ser ha sido la constante preocupación de los griegos, varios de ellos sin disposición de asumir una posición inflexible optando entre Parménides o Heráclito. Dos cosas son innegables: que el Ser se mueve y que es imposible hacer ciencia de un objeto de conocimiento que es inestable. Aristóteles resolvió el problema deteniendo el movimiento del Ser mediante una multiplicidad de acepciones del concepto sustancia, una de las cuales tiene la consideración de esencia. En ella introduce al Ser en cuanto ser y lo inmoviliza; luego se dedica a la sustancia del sujeto compuesta de materia y forma y añade otra dicotomía: la del acto y la potencia, siendo esa potencia la tercera acepción del No-Ser (las otras dos son lo falso y la nada). Es de este modo como introduce la acepción más noble de la potencia: la del No-Ser que así es algo, y ese algo no es la Nada ni lo falso, sino la posibilidad de llegar a ser es decir, de pasar de la potencia al acto, y con ello a la existencia, a la condición de ente compuesto de materia y forma, y cognoscible por los sentidos.

La cuestión que separa entre otras muchas el realismo de Aristóteles y el idealismo de Platón, consiste en el modo en que cada uno resuelve el problema del Ser mutable. No hay ciencia de lo accidental es un axioma constante entre los griegos y por ello, cada cual buscó su propia solución. La de Platón es una ruptura entre el mundo sensible con lo que para él es la realidad verdadera; es decir, el mundo inteligible. Para Aristóteles hay una sola manera de conocer la realidad porque ésta es única (a salvo la eternidad inmóvil), y en ella cabe el Ser inmaterial de la esencia sustancial así como el Ser material-formal de la sustancia existencial. Para Platón la única realidad es la de las Ideas, asequibles al conocimiento mediante la intuición intelectual (La República, 509e; 510a-e y 511a-e) ya que es imposible abstraer de la realidad sensible la esencia del Ser por cuanto esta realidad es sólo aparente y un reflejo de la verdadera realidad que es la de las Ideas. Esta ruptura no es del todo absoluta porque la realidad sensible es la copia de las Ideas esenciales. El mundo existencial del hombre no es más que mera apariencia sin más realismo que lo que las Ideas en él reflejan.

La circunstancia de que Platón introduce una dualidad entre los componentes de la realidad cognoscible, da pie para formular la pregunta: ¿hasta qué punto hay semejanza o identidad entre la intuición intelectual del platonismo y la intuición intelectual del hinduismo?

Lo primero que hay que aclarar es que si por intuición intelectual se entiende el conocimiento directo de algo, aunque se tratare de las Ideas platónicas y aunque se descarte todo proceso racional o deductivo, no hay semejanza alguna pues, para el hinduismo todo conocimiento es siempre representativo y por lo tanto relativo y nunca verdadero. La noción de la relación “sujeto-objeto-conocimiento” será siempre un conocimiento representativo, sujeto a error. Por eso, el conocimiento no conducirá a la verdad porque sólo es posible el conocimiento de verdades relativas, nunca Absolutas. El descubrimiento de la realidad única y verdadera no se da en la mente sino en la conciencia mediante la intuición en el sentido de “vivencia” y no en el sentido de proceso intelectual.

En segundo lugar, en el platonismo la intuición intelectual conoce la realidad verdadera de modo directo, es cierto mas, es siempre conocimiento “de algo” y por lo tanto, relativo y representativo. Conocer las Ideas no es lo mismo que “estar fusionado en ellas”, como reclamaría un hinduista. Así, pues, no hay semejanza alguna entre la intuición intelectual platónica y la intuición vivencial hindú. Como en el caso de Aristóteles con su noción del conocimiento teórico, también se podría interpretar a Platón con menos rigor y aceptar que el llamado conocimiento directo por medio de la intuición intelectual consiste en la identificación del conocedor con lo conocido en una suerte de fusión. Quién sabe se trate se una cuestión meramente semántica. Al fin de cuentas, si Platón es el noveno sucesor del “divino” Pitágoras, no sería demasiado arriesgado estimar que estaría hablando de lo mismo que el hinduísta.

Se podría concluir afirmando que para la filosofía clásica, el Ser es cognoscible como realidad verdadera en la tradición aristotélico-tomista y como copia de la realidad verdadera en el idealismo platónico; mientras que para el metafísica hindú, el conocimiento “de algo” sólo es admisible como realidad relativa, errónea y transitoria, en el orden de la multiplicidad del Ser individual, siendo posible acceder a la Única y Verdadera Realidad que es la Verdad del Ser Supremo y Absoluto mediante una vivencia que sólo se da en la Conciencia Pura.

Psicoterapia Sufí

La terapia psico-espiritual malāmati

 

Despertar, 1998. Cortesía de Gholam Ali farhat.
Despertar, 1998. Cortesía de Gholam Ali farhat.

Permítasenos comenzar con la premisa ingenua de que la medicina es una respuesta a la enfermedad y que la definición de enfermedad presupone la comprensión de lo que entendemos por salud. Sin duda, la salud puede ser considerada desde varios niveles, empezando por los dos diferentes planos de alma y cuerpo, que son, en la Weltanschaung islámica, dominios respectivos de la psicología espiritual y de la medicina.

En el contexto del presente ensayo nos centraremos en el primero, específicamente en la relación entre el alma (nafs) y el espíritu (ruh), que yace en el corazón de la concepción mística islámica de la realidad más interior. Sin embargo, de entrada, se debería tener en cuenta que la enfermedad psíquica es, de acuerdo con Ibn Sinā— médico y filósofo persa, más conocido en occidente como Avicena—, y siguiendo a Empédocles e Hipócrates, el resultado de una ruptura del equilibrio entre los varios “humores” del cuerpo[1]. Así pues, la enfermedad, o la salud, no pueden ser separadas de una comprensión cosmológica completa de la correlación entre el anima y el organismo físico que, de muchas maneras, sugiere una cierta correspondencia entre los estados interiores y las afecciones corporales.

En la medicina tradicional islámica, los cuatro “humores” del cuerpo se corresponden con los cuatro “elementos” cosmológicos: la bilis negra con la tierra, la flema con el agua, la sangre con el aire y la bilis amarilla con el fuego[2]. Estas correspondencias destacan el fundamento “natural” de la salud como un conjunto ordenado de relaciones. Por tanto, la enfermedad está esencialmente ligada, directa o indirectamente, a una pérdida de equilibrio que testimonia un alejamiento de la norma primordial del ser.

El mismo Qorán se refiere a los “hipócritas” (munafiqun) como aquellos que están “enfermos en sus corazones” (XXXIII, 60). Esto es, de por sí, un claro aviso de que la enfermedad es una condición que se origina en los estratos espirituales y anímicos del ser. Desde esta perspectiva, la salud corporal es inseparable de la salud del alma[3].

En el Qorán la “salud” se refiere más específicamente a un estado de integridad o totalidad[4] que puede ser identificado, en un sentido muy general, con la fitrah, la norma primordial o el estado original de la humanidad. Desde un punto de vista coránico, la pérdida de la fitrah supone un alejamiento de la shahāda, el testimonio islámico de la fe, que en árabe reza lā ilaha illā Allāh, literalmente, “no hay divinidad sino la Divinidad”. En otras palabras, lo que podríamos llamar “enfermedad ontológica” es semejante a shirk, que es la “asociación” de otras realidades a Dios, con todas las consecuencias espirituales y morales que esta asociación implica.

En este sentido, es importante tener presente que, para los gnósticos sufíes, la shahāda no significa simplemente la afirmación de un Dios en tanto que opuesto a una pluralidad de dioses, que sería, como Henry Corbin ha apuntado, una idolatría como cualquier otra. (Corbin, 1.980). Se la considera, sobre todo, como el testimonio de que hay, únicamente, una Realidad y que todas las otras realidades “son”, solamente, en tanto en cuanto participan de la Realidad única, como gotas de agua en un vasto océano. Consecuentemente, cualquier falta, vicio o transgresión, supone una shirk, o asociación, existencial que dirige su atención a las criaturas, al margen de la Realidad que las engendra.

Desde un punto de vista epistemológico, la shahāda es considerada por muchos místicos musulmanes como una expresión de la inteligencia como tal, o como un rayo de la luz divina. Esto se liga al ‘aql, o se identifica, en último extremo, con el Espíritu (ruh), puesto que solamente lo que “es” de alguna manera lo Uno puede afirmar la unicidad metafísica del Uno sin contradicción o hipocresía. En cuanto a la agencia central del rechazo de la verdad, es el alma tenebrosa (nafs e-ammāreh), divorciada del espíritu o desconectada de la inteligencia, que “absolutiza” el estatus individual del hombre y las pasiones que de dicho estatus provienen, desuniéndolo, así, de su Creador al afirmar una independencia metafísica ilusoria. Todos los desórdenes, desequilibrios y formas de degeneración son el resultado de este error existencial y, aún más, todas las enfermedades son sus manifestaciones o símbolos.

El alma “enferma” debe ser restablecida en la salud espiritual. En términos generales, los místicos sufíes tienen dos prescripciones principales para la cura, dos remedios complementarios que son a menudo mencionados como fikr (reflexión) y dikr (continuo recuerdo de Dios). Algunos enfatizan este último, otros hacen hincapié en el primero, pero ningún viajero sufí consideraría a cualquiera de los dos como un mero accesorio para el restablecimiento de la salud. El dikr bien puede ser definido como la consciencia continua y, en último extremo, permanente de Dios, mediante la invocación metódica de uno o varios de Sus Nombres. Como tal, el dikr es mencionado a veces como una medicina[5]. Puesto que el Nombre Allāh fluye de la sustancia verbal y textual del Qorán, y puesto que el mensaje primario del Qorán es Dios, o la primacía de Dios, muchos místicos sufíes tienden a considerar este Nombre Supremo como la auténtica esencia del Qorán y, por tanto, como el corazón de la tradición islámica entera que fluye de él.

Es importante entender, en efecto, que la mayoría de los sufíes considera el Nombre Divino no solamente como un medio de referirse a Dios, o una forma de recordarle, sino como un vehículo para Su Gracia. Esto nos permite entender el dikr “como el lado divino” del camino espiritual. Aunque la repetición del Nombre de Dios es, al menos al principio, obviamente dependiente de los esfuerzos del místico, no es menos cierto que, desde el punto de vista más elevado, el Nombre Divino, repetido por el místico con la intención correcta en un contexto religioso y moral conveniente, deriva su efectividad espiritual de su “contenido” divino, del mismo modo que la eficacia ritual y transformadora de las palabras del Qorán proviene, no sólo de su significado y de su pronunciación, sino también, y por encima de todo, de su origen y su prototipo divinos (umm al-kitāb).

Hay en el Qorán mismo un elemento de la presencia divina sin el cual no sería plenamente inteligible la insistencia religiosa en los beneficios de su recitación. Si hubiera que definir los modos de efectividad respectivos del Nombre Divino y del Qorán desde el punto de vista de la terapéutica espiritual, se podría afirmar que el Nombre Allāh, en virtud de su unicidad y consecuente simplicidad, debe entenderse principalmente como un tratamiento por medio del "centrar" y del "unificar". Constituye una forma de negación de la negación, un penetrar a través de la neblina del universo fenoménico, un rasgar el velo (hiŷāb) existencial que esconde lo Divino. La recitación coránica, que consta de numerosos versículos y palabras, debe ser entendida, claramente, como un medio de reintegración, en el sentido de que la pluralidad de su forma y contenido se dirige a la multiplicidad del alma, reintegrando, por ello, esta multiplicidad a la unidad de la cual procede.

En cuanto a la reflexión (fikr), puede ser definida como un estado de conciencia perfecta de la propia dependencia de la voluntad de Dios. La fikr es el estado de aquel que “se ha hecho a sí mismo independiente de todo salvo de Dios y que rehúsa cualquier cosa que le aparte del camino hacia Él” (Jean-Louis Michon, 1.973, p. 263).

Quizá pueda ser más fácilmente inteligible el contenido espiritual de la fikr si lo relacionamos con el estado de mudtarr, o estado de “necesidad” o “limitación” espiritual. Y, quizá, mudtarr pueda ser definido mejor como el estado de hallarse en un filo existencial— extremo éste que provoca una conciencia de pobreza, o de carencia de control sobre la propia realidad. Como Sara Sviri ha dicho sugestivamente: “cuando el buscador abandona toda esperanza de mantener el control y, aún más, “sabe”, conscientemente o en el corazón de su corazón, que está verticalmente alineado con una fuente de poder más elevada, saborea la rendición.” (Sviri, 1.997, p. 34). En algunos aspectos, la morada de la fikr se corresponde con el lado humano del trabajo espiritual, puesto que todo lo que el hombre puede hacer es reconocer su propia nadidad. Sin embargo, la fikr sería impensable sin el dikr, al menos en el sentido de que la independencia de todo menos de Dios implica una perfecta rememoración de Él. En cuanto al dikr, su perfección es evidentemente incompatible con poner cualquier realidad al mismo nivel de conocimiento que el de Dios, lo cual es otra forma de decir que requiere la fikr como precondición. Así que, en cierto sentido, la psicología sufí nos presenta las dos caras de una misma realidad espiritual. En su nivel de manifestación más elemental, la fikr “externa” puede ser definida como una práctica religiosa social, que se define exclusivamente en términos de conformidad con la sharia, donde el individuo se somete a la Ley de Dios, y esto es lo que significa, literalmente, islām; mientras que el dikr “externo” puede definirse como la realización de las diversas prescripciones devocionales obligatorias y supererogatorias. Sin embargo, fikr y dikr, que son manifestaciones relativamente externas de devoción, no nos llevan más allá del reino del yo individual, puesto que son perfectamente compatibles con la falta de conciencia de la dependencia directa y constante del kun, o acto de “Sé” [Creación], de Dios. Desde luego, estas prácticas y actitudes dan por supuesto una forma de servidumbre a Dios y un reconocimiento racional y emocional de Su poder omnimodo. Sin embargo, no profundizan en el significado espiritual más profundo de la existencia humana, tal y como Rābi’a al-‘Adawyya lo expresó en este koan sufí tan frecuentemente citado: “Tu existencia es un pecado con el que ningún otro pecado puede compararse” (Lings, 1.993, p. 97). Este predicamento aparentemente absurdo es en el que se centra la espiritualidad malāmati del modo más radical e inflexible.

Generalmente, sin relacionarla con ninguna tariqah (orden) en particular, se asocia la espiritualidad malāmati con un desdén sistemático hacia las normas sociales, que incluye la tendencia a transgredir las costumbres y convenciones, y con el cultivo de actitudes provocadoras dirigidas a atraer sobre uno mismo el reproche de los otros. Ahora bien, pese a que una tal visión está indudablemente basada en realidades psicológicas y sociales, no hace plena justicia al significado profundo y a los principios vocacionales de este procedimiento metódico de acción.

El término malāmati se aplica a varios movimientos y personas. En sentido estricto, los malāmati tienen su origen en el gran sufí persa Hamdun al-Qassār y sus discípulos, los qassāríes[6]. Hamdun es mencionado también como uno de los abdāl, o “amigos de Dios ocultos”, figuras apótropas que son citadas por Massignon como los pilares de la luz del mundo. Estos santos, cuarenta en la tradición sufí, son los testigos puros e invisibles de Dios en el mundo, que el mundo no conoce, ni a veces ellos mismos entre sí. Como lo aclararan las páginas siguientes, este principio de desconocimiento es una de las claves de la espiritualidad malāmati.

La inspiración malāmati, una de las principales tendencias del ambiente místico de Neshāpur (en el noreste de Irán) en los siglos tercero y cuarto de la hégira, constituye una senda que predica la distinción entre los niveles de la subjetividad humana. Hace hincapié en la discontinuidad entre los varios niveles del alma, siendo el del espíritu (ruh) el más profundo. En su Risālat sobre el malāmati, Sulami (m. 1.021) enumera cuatro niveles de consciencia que define como nafs (alma), qalb (corazón), sér (secreto), y ruh (espíritu) (Deladrière, n.d., p. 10). Estos cuatro niveles de consciencia han de ser entendidos como eslabones de una cadena jerárquica escalonada de lo más bajo a lo más elevado. Pese a que la unidad del ser humano no se ve alterada substancialmente por esta división en cuatro niveles, la psicología espiritual de los malāmati tiende a enfatizar la discontinuidad que permite la diferenciación de los distintos niveles del alma. Esta discontinuidad permite entender que un nivel inferior no pueda identificarse con un nivel superior, pues, de hacerlo, reduciría el nivel superior a sus propias limitaciones. En otras palabras, la continuidad entre los varios niveles del alma, continuidad sin la cual la misma idea de una identidad subjetiva sería impensable, solamente puede ser considerada desde el punto de vista del nivel de consciencia más alto o más profundo, y no desde otro. La meta espiritual de la psicología malāmati consiste en prevenir la apropiación de un estado espiritual de consciencia más elevado por otro más bajo.[7] En rigor, el alma más baja (nafs) no puede experimentar un modo de consciencia espiritual: cualquier apropiación por el alma implica la desaparición de los destellos espirituales. La consciencia espiritual pertenece a las tres dimensiones más altas: el corazón, el secreto y el espíritu. Estos se refieren a numerosos estados de consciencia fundamentales que son, por así decirlo, cada vez más universales y “divinos” y cada vez menos individuales y humanos.

La ciencia del desconocer que está en el corazón de la espiritualidad malāmati puede definirse como una manera de colocar cada realidad en su propio nivel. Así pues, la salud espiritual consiste en prevenir la confusión de los distintos niveles. Tal confusión sería mortal, puesto que equivaldría a una “deificación” del individuo humano como tal, o de una de las capas más profundas de su ser. Ahora bien, este tipo de confusión está intrínsecamente conectada, de acuerdo con Sulami, a la misma noción de “consideración” profunda u “observación” de uno mismo (nazar). Para el alma, “observar” es, en cierto sentido, “apropiarse” y, por tanto, “rebajar”. El progreso espiritual requiere una cierta medida de “desconocimiento”, y cualquier intento de fiscalizar este progreso implica individualizar lo que pertenece, por definición, a lo universal. Los malāmati identifican esta apropriación individualizada con el “polvo disperso” coránico (XXV, 23).

El “reproche”, ya sea interior o exteriormente, es el modo óptimo de dificultar, si no de imposibilitar, tal identificación insidiosa. Se consigue rompiendo e interrumpiendo la “mirada” complaciente sobre el propio yo, teniendo en cuenta que el trabajo de los malāmati está enfocado en los niveles más bajos del alma y que no afecta al Intelecto. Su actitud va también asociada a una desconfianza vigilante hacia cualquier clase de autosatisfacción o de placer que pudiera surgir de los actos de devoción o del comportamiento virtuoso. En su Osul al-Malāmatiyyāt wa-Qiltāt al-sufiyah, Sulami resalta este principio ascético de la espiritualidad malāmati de una manera más radical:

Ellos (los malāmati) creen que su sumisión no está en sus manos sino que pertenece al destino, y que no tienen elección al efectuar sus acciones. Llegaron a decir que les estaba prohibido encontrar cualquier dulzura en el culto y en la sumisión porque, cuando un hombre gusta de algo y encuentra placer en ello mientras lo busca con satisfacción, es señal de que no está en una posición elevada. Uno de ellos decía: “Lejos de ti el placer de la sumisión, pues es, sin duda, un veneno mortal”.[8]

Tal determinación ascética ilustra muy claramente, una vez más, que la perspectiva malāmati está, en cierto sentido, centrada en los niveles más bajos de la subjetividad humana, considerando que su punto de arranque, o principio, son las trabas congénitas del alma (nafs) concupiscente e individualista. En este aspecto, la espiritualidad malāmati tiende a situarse en una perspectiva que puede considerarse discrepante con el clima religioso general del Islam. El Qorán centra sus recomendaciones en el uso de la inteligencia como medio de volver a conectar con Dios y apela repetidamente a esta inteligencia en el hombre. Pese a que los engaños del alma más baja son también un tema coránico, el Qorán está lejos de definir al hombre identificándole exclusivamente con su nafs. Por el contrario, la inspiración malāmati parece ser menos intelectual en su enfoque puesto que, como hemos visto, se desarrolla sobre la opacidad y el poder distorsionante del alma.

Desde esta perspectiva se despliegan dos metódos prácticos fundamentales: 1) la necesidad de esconder lo “bueno” y, 2) los beneficios de exhibir lo “malo”. Hablando del hombre del reproche en su Mi’rāŷ, el shādhili del s. XIX Ibn `Aŷiba, le define como “uno que no manifiesta exteriormente ninguna cosa buena y no oculta ninguna cosa mala” (Michon, 1.973, p. 57). Como veremos, estas dos tendencias pueden dar origen a tipos de conducta aparentemente contradictorios, que son respectivamente “conformista” y “aberrante”. Respecto de la primera de estas tendencias, Sara Sviri define al malāmati como sigue: “La intención principal de la Mālamatiyyah es alcanzar un estado en el que todos los logros psicológicos y espirituales se vuelvan totalmente introvertidos” (Lewisohn, 1.999, p. 599). Esta ocultación total encuentra su modelo espiritual en el clima ascético del misticismo islámico de los primeros tiempos.

La figura de Uways Qarani[9] es la más representativa a este respecto. Farid al-Din ‘Attār nos dice de él: “durante su vida en este mundo, se escondía a los ojos de todos para realizar sus oraciones y sus actos de devoción.” (‘Attār, 1.976, p. 28). También nos cuenta que el Profeta, en el momento de su muerte, había declarado que su manto debía ser entregado a Uways, a quien en su vida había visto. Cuando Omar le buscó durante su estancia en Kufa, preguntó a un vecino de Qarn, ciudad de residencia de Uways, que le respondió: "hubo un hombre así, pero era un loco, una persona insensata que a causa de su locura no vive entre sus conciudadanos (...) No se mezcla con nadie, no come ni bebe nada de lo que comen o beben los demás. No conoce la tristeza ni la alegría; cuando otros ríen, él solloza y cuando sollozan, ríe.” (Ibid., p. 29). Podemos ya percibir aquí, en el caso de un místico de los primeros tiempos como Uways, la vocación espiritual dual y aparentemente contradictoria, de “oscuridad” y de “excentricidad”. La figura modesta de Uways[10] es, al mismo tiempo, descaradamente discordante con su contexto social. Esta posición discordante, a la que a menudo tachan de “locura”, es la marca de la irrupción de una perspectiva transcendente, vertical, en un mundo de horizontalidad terrenal. Es semejante a una negación de la negación: el Espíritu “niega” las nociones distorsionadas del alma, los prejuicios y consuelos.[11] Cuando, por fin, se encuentran Omar y Uways, éste le dice que sería mejor para él que “nadie (sino Dios) supiera de él ni tuviera conocimiento de quién era”. Mantenerse incógnito puede ser considerado como el fermento de la espiritualidad malāmati.[12] Sin embargo, el malāmati tenderá a aplicar este principio de una manera que supone optar por el “desierto de soledad” espiritual entre los hombres, antes que elegir la huida hacia el “desierto” físico de la naturaleza. En este sentido, la orientación malāmati se manifiesta como aparentemente implicada en las ciencias exotéricas, en la shari’at y el adab.[13] Como dijo Ibn ‘Arabi: “Dios ha aprisionado sus estados externos (los de los malāmati) en la tienda de las costumbres y de los cultos de las acciones externas”. (Futuhāt, I, 141). En este sentido, la práctica malāmati aparecerá primariamente bajo los aspectos del rigor y la separación. Sus manifestaciones externas son un testimonio de la Majestad divina (ŷalāl), que encuentra un receptáculo humano en un modo extremo de servidumbre (‘ubudiyya). Así, leemos en el Osul de Sulami:

Cuando (los malāmati) lograron un grado elevado y fueron llamados la gente de la cercanía, de la reunión y la unión, la Verdad tuvo celos de que su ser fuera desvelado a otras personas, así que Ella mostró a los seres humanos sólo su aspecto exterior, que lleva el signo de la separación, para que su estado de cercanía a la Verdad fuera preservado.

Es importante apuntar que los malāmati, tal como Sulami los presenta, siguen un único llamamiento espiritual– siendo Dios el agente que convoca la orientación malāmati— que excluye cualquier otra clase de alternativa experimental o de antojo personal.

Su inclinación original a ocultar sus estados puede transformarse, por ello mismo, en abierta manifestación de los estados. La “locura” de los malāmati no ha de ser entendida como un método calculado, puesto que manifiesta un elemento de inspiración, de “disposición” o “estado” (hāl).[14] El místico es llevado a comportarse de una manera que puede no tener sentido para él o para otros, como si se tratara de representar el núcleo ininteligible de relatividad vivo en el mundo. en consecuencia, Ibn ‘Aŷibā define al malāmati como alguien que “oculta su toque de santidad y despliega estados que hacen a la gente rehuir su compañía” (Sulami, 1.985, p. 263). Este tipo de manifestación tenderá a situar al místico en una posición aparentemente ofensiva hacia la shari’at, y en una situación provocadora frente a las prácticas sociales tradicionales (adab).

Las formas, ya sean psicológicas, morales o sociales, son vistas como inadecuadas en relación a las realidades espirituales. El mundo de las formas, incluso siendo convencional, es un “escándalo” que debe ser escandalizado con objeto de sugerir la normalidad “real”. Lo corrientes que suelen ser los malāmati puede terminar, de hecho, en una mala reputación. De acuerdo con Mohammad Pārsa, figura Naqshbandi del siglo noveno / décimo, el hecho de que el Profeta fuera llamado mentiroso, loco y poeta era una clase de velo con el que Dios le ocultaba a los ojos del mundo.[15] En esta línea, el malāmati basa su perspectiva en la idea de que la santidad puede solamente ser “anormal” y “chocante” en un mundo que es definido por la ley de la gravedad espiritual. En otras palabras, en un mundo enfermo la salud solamente puede aparecer bajo forma de enfermedad. Es más, en el nivel microcósmico el espíritu aparece en toda su “pobreza” y “enfermedad” desde la altiva perspectiva del alma. Titus Burckhardt ilustra esto en los términos del manido tema mitológico del “héroe real que regresa a su reino bajo la apariencia de un pobre extranjero, o incluso de un charlatán o de un mendigo.” (Burckhardt, 1.980, p. 39). En una vena similar, Sulami cita el comentario de Abo-l Hasan al Hosri de que “si fuera posible que hubiera un profeta en nuestros días (después de Mohammad), sería uno de ellos (de los malāmati)”. (Deladrière, n.d., p. 13). Un profeta solo podría ser oculto o escandaloso en este tiempo en el que el mundo ha llegado a ser un páramo espiritual. Pasaría inadvertido, o sería tan diferente y marginal que desconcertaría y sacaría de sus casillas incluso a aquellos— particularmente a aquellos— que se declaran religiosos.

Los malāmati son fundamentalmente santos “en el mundo” y no “santos mundanales”. Como Ibn ‘Arabi los describe:

Los malāmati no se diferencian en nada del resto de las criaturas de Dios, son aquellos a los que se ignora. Su estado es el estado de la gente corriente, y es por esta razón por la que han escogido este nombre para ellos y sus discípulos: no cesan de hacer reproches a sus almas por causa de Dios, y no realizan ninguna acción en una forma en que sus almas pudieran regocijarse, y esto lo hacen con objeto de ser perdonados por Dios. (Futohāt, III, 53.)

El malāmati no escapa del mundo sino que trabaja en él, como un guerrero oculto, en la “ŷihād mayor”. Puede tener una cierta inclinación a la soledad y el retiro, pero su misión consiste en ser una presencia espiritual en el mundo. De hecho, en contraste con las prácticas sufíes habituales, el camino de los malāmati tiende a restar importancia al papel de las estructuras comunitarias, organizaciones y prácticas colectivas, incluidos maŷāles (reuniones) y samā’ (audición espiritual), en la vida espiritual. Podría incluso decirse que la espiritualidad malāmati es afín al sufismo “sin nombre” presente en los primeros días del Islam, antes de hacerse “reconocible” como conjunto de instituciones y prácticas colectivas específicas. Las órdenes Naqshbandi y Shādhili son los ejemplos más representativos de esta orientación en el mundo del sufismo, puesto que tienden a poner el énfasis en el dikr interior y en no llamar la atención en la sociedad.[16] En este sentido, el malāmati encarna uno de los principios más fundamentales de la espiritualidad islámica, espiritualidad que irradia a través de una presencia ordinaria en el mundo. El esplendor del malāmati es puramente interior y no se revela exteriormente de manera espectacular. El místico es como el Profeta, que “habla con la gente y va a los mercados”. Esta forma de ser va emparejada con una firme desconfianza hacia los soportes metódicos más representativos del sufismo: el retiro espiritual (jalwa) y la audición espiritual (samā’). Estas prácticas son puestas bajo sospecha por muchos malāmati. A este respecto es importante entender que las objeciones malāmati al retiro y a la audición espiritual no tienen nada que ver con los valores intrínsecos y las metas de estos elementos metódicos. Se dirigen exclusivamente a los peligros y abusos de dichas prácticas, pero el mero hecho de que los malāmati enfocaran esos peligros y abusos es indicativo de su enfoque pesimista del alma humana. En su Osul, Sulami critica a los discípulos sufíes que cometen el error de vivir en “aislamiento”:

Se engañan a ellos mismos pensando que aislarse y vivir en cuevas, montañas y desiertos les protegerá del demonio de su nafs y que su retiro puede permitirles alcanzar el grado de la santidad, porque no saben que la razón de los retiros y aislamientos de los Maestros era su conocimiento y la fuerza de sus estados. Es la atracción divina la que les liga a Él y los hace ricos e independientes de todo lo que no es Él; así, quien no puede compararse a ellos en cuanto a su fuerza interior y profundidad de devoción puede solamente simular el aislamiento, y, por tanto, es infiel consigo mismo y se daña a sí mismo. (Sulami, 1.985, p. 182)

Y en la misma vena, la audición musical presupone requisitos espirituales que no se encuentran en la mayoría de los practicantes sufíes:

(Piensan) que el sufismo es cante, baile, música, poesía y asistir a reuniones porque vieron almas sinceras disfrutando de la audición espiritual; pero yerran de nuevo, porque no saben que aquellos corazones contaminados por las cosas mundanas y aquellas almas cargadas con alguna pereza y falta de inteligencia no tienen derecho a la audición y no deberían asistir a la audición. Ŷoneid dice: “Si ves que a un discípulo le gusta la audición puedes estar seguro de que hay pereza en su corazón.” (Ibid. p. 184)

Los peligros del retiro y de la audición son enfocados desde el punto de vista de la fikr o de su carencia. En otras palabras, la valoración malāmati está, una vez más, basada en la distancia que separa al alma del Espíritu, al hombre de Dios. La capacidad natural de auto-engaño del alma puede revelarse tanto en el reino del rigor como en el de la belleza y misericordia. Un aislamiento ascético que no esté firmemente enraizado en la fikr ni en el resultado de la atracción Divina, solamente puede fomentar la pretenciosidad o la auto-glorificación. La participación en la audición puede también estimular la pasividad espiritual y el exceso de confianza en los soportes externos y comunitarios, cuando no está solidamente asentada en la vigilancia espiritual.

***

En la tradición sufí se han suscitado varias cuestiones, u objeciones, relativas a la legitimidad de la senda malāmati desde el punto de vista místico. Primera, la relación malāmati con el reproche parece implicar un enfoque del individuo en su vertiente más sombría (nafs e-ammāreh), y se puede considerar que confina al individuo en un tipo de ejercicio egocéntrico. ¿Por qué concentrarse en el alma cuando la espiritualidad consiste en la concentración en Dios? Este examen “centrado en el nafs” apunta a una senda que parece basarse mucho más en la voluntad que en la inteligencia, puesto que la inteligencia podría, presumiblemente, ser suficiente para dispersar las ilusiones del nafs. Puede, incluso, argüirse que el enfoque malāmati sobre la corrupción del alma lleva, paradójicamente, a la shirk por la esmerada atención que se le presta, en vez de enfocarse exclusivamente en Dios. En su Kashf al-Mahŷub, Hoŷwiri ha propuesto una crítica del malāmati que está fundada en este mismo hilo argumental:

En mi opinión, buscar el reproche es mera ostentación, y la ostentación es mera hipocresía. El hombre ostentoso actúa intencionadamente de manera a ganar popularidad, mientras que el malāmati actúa intencionadamente de manera que la gente lo rechace. Ambos tienen sus pensamientos fijos en la humanidad y no pasan de esta esfera. (Hoŷwiri, n.d., p. 67).

En otras palabras, se juzga que la senda malāmati es incompatible con una metafísica genuina de la Unidad esencial, wahdāt al-woŷud, puesto que absolutiza de facto la singularidad negativa del alma complaciente, en vez de enfocarse en la Unidad esencial de la woŷud. Encontramos similares reservas relativas al malāmati en el Nafahāt al-Ons de ŷāmi:

Por loable y digno de estima que sea el estado de los malāmati es, no obstante, cierto que el velo de la existencia de las criaturas no ha sido completamente alzado para ellos, y que por esta misma razón, son incapaces de ver claramente la belleza de la doctrina de la unidad, y de contemplar en toda su pureza la naturaleza de la única Realidad. Pues ocultar a los hombres las propias acciones y estados sobrenaturales es manifestar que aún se consideran la existencia de las criaturas y la propia existencia, algo que es irreconciliable con lo que significa la doctrina de la unidad. (ŷāmi, 1.977, pp. 102-3)

La noción misma de ocultamiento presupone la realidad de la separación del velo y el velado, mientras que tal dualidad es excluida por la Unidad esencial. Siguiendo argumentaciones teológicas más estrictas, este punto de vista puede considerarse incompatible con la naturaleza teomórfica del hombre en su calidad de vicario de Dios (jalifatollāh), por sugerir una corrupción fundamental del alma humana, más cercana al concepto cristiano de pecado original que a la noción islámica de fitrah. Un desprecio místico extremo del yo parece ir contra el ideal islámico del equilibrio interior y exterior. En segundo lugar, la senda malāmati parece colocar el “interés” místico del viajero espiritual por encima de las demandas colectivas de la comunidad religiosa, sentando así un mal ejemplo al escandalizar a la gente corriente hasta el punto de crearles problemas en su fe. En otras palabras, coloca los beneficios espirituales subjetivos por encima del equilibrio objetivo del colectivo,[17] dando así una importancia al elemento místico, poco conforme con lo islámico, a expensas de la salud religiosa global del pueblo.

Estas objeciones, al menos, pueden ser parcialmente refutadas mediante la consideración de dos dimensiones fundamentales de la espiritualidad malāmati: primero, el énfasis en el dikr interior y su íntima conexión con la conducta malāmati; segundo, los beneficios espirituales y colectivos de la función malāmati del “equilibrio a través del desequilibrio”.

Definir la espiritualidad malāmati como una concentración ascética en el yo perdiendo de vista al Yo Divino real, equivale a separar las manifestaciones externas de la espiritualidad malāmati del cultivo interno del recuerdo de Dios, como medio de concentración en el Uno. En otras palabras, el énfasis en el combate contra el alma tenebrosa (nafs e-ammāreh) no puede ser disociado del dikr. Desde este punto de vista, se puede decir que el dikr es un acto de inteligencia, o que el dikr es la identificación con el Intelecto.

Puesto que la ascesis malāmati funciona en el nivel del alma, podría también decirse que el dikr es un medio para la unión, y que la práctica malāmati es un medio de discriminación en base a esta unión. En otras palabras, el dikr es un camino para desvelar la naturaleza “divina” del hombre mientras que las prácticas malāmati tienen el objetivo de prevenir la confusión entre esta naturaleza “divina” y las contingencias humanas.[18] Consecuentemente, en la espiritualidad malāmati, el dikr es fuertemente identificado con la interioridad, con las zonas más profundas del alma: el sér (el secreto) o, incluso, el ruh (el espíritu). A diferencia de otras órdenes sufíes, tales como la Mevlevi, que exteriorizan el dikr mediante la danza en la samā’ y la repetición, vocal o cantada, del Nombre y de letanías sagradas, el dikr malāmati es puramente silente y oculto. Desde esta perspectiva, el dikr silente es, de hecho, menos susceptible de que se lo aproprie el alma inferior, puesto que solo involucra mínimamente, si acaso, a este nivel inferior.

Es cierto que la espiritualidad malāmati no puede considerarse un camino fundamentalmente intelectual, como también es verdad que presupone algún sentido de dualidad. En muchos aspectos no puede identificarse con el estado del maŷzub, el “loco santo”, raptado por el amor de Dios. Es más, no puede señalarse como un mero sendero de acción, en el sentido de un camino de conformidad observante y atenta con la shari’at. De hecho, sea cual sea el nivel que se quiera asignar al sendero del reproche, la perspectiva malāmati suscita la importante cuestión de saber hasta que punto el hombre en cuanto hombre, o el yo individual, se puede identificar con la inteligencia pura. Desde el momento en que se asume que algunas áreas del alma permanecen relativamente sin iluminación del Espíritu, se puede concluir que su integración habrá de tomar lugar de una forma que el mero camino del discernimiento y de la unidad intelectuales no podría ser capaz generalmente de lograr por sí mismo. Para ciertos individuos, o en determinadas circunstancias, la espiritualidad malāmati, una entre varios senderos y métodos, tiende a dirigir esos niveles más bajos del alma sin descuidar necesariamente el enfoque intelectual de la Unidad esencial, ni ser incompatible con ella; y lo hace así en un camino que, sin ser una norma universal, puede tener un atractivo especial para ciertos temperamentos espirituales.

Desde un punto de vista colectivo, la espiritualidad malāmati postula una distancia entre los valores y prácticas mundanales, incluso los de origen religioso, y la autenticidad o sinceridad espiritual (ijlās). Como el Hamlet de Shakespeare, la espiritualidad malāmati tiende a proclamar una antropología pesimista, y los místicos malāmati no dudarían en estar de acuerdo con el príncipe de Elsinore, aunque solo en sentido espiritual, en que “el tiempo está desquiciado” y que es, sin duda, “un rencor de la maldición” haber “nacido para enderezarlo.” (Acto I, esc. 5, vv. 215-6). Como Hamlet, un malāmati típico no haría ascos a confesar: “Yo mismo soy medianamente honesto, pero aun así podría acusarme de tales cosas que hubiera sido mejor que mi madre no me hubiera parido.” (Acto III, esc. 1, vv. 130-4). La oscilación entre “la conformidad invisible” y la “locura escandalosa” es una expresión de este conocimiento sagaz de las posibilidades más bajas del hombre, una advertencia de la gravedad de su enfermedad. Como tal, constituye una estrategia de dos filos para la “humillación” del nafs. Aun más, esta elevada sensibilidad hacia los defectos y fracasos humanos está relacionada íntimamente con un conocimiento místico intenso de la perfección y de la presencia de Dios. La definición medieval de la santa locura como el estado de aquél cuyo cuerpo está en el mundo mientras que su alma está ya en el cielo da testimonio de esto.[19] La tensión que resulta de esta dicotomía parece cristalizarse místicamente en la locura, real o fingida. Como en la locura fingida de Hamlet, hay en los caminos alocados y escandalosos del malāmati, simultáneamente, aspectos de “tristeza” y de “ocultación”.

Adicionalmente, este punto de vista psico-espiritual corresponde a una valoración negativa de la humanidad en sociedad. En un mundo enloquecido que proclama ser sano, hay sabiduría en la locura y locura en la sabiduría (“Pese a que es locura, aún hay método en ella.” Hamlet, príncipe de Dinamarca. Acto II, esc. 2ª, 223). Cualquier sistema formal representa un equilibrio sutil que apunta a un grado más alto de Realidad equilibrada que lo transciende y, así pues, debe romperse en algunos casos para impedirle cerrarse sobre sí mismo, o llegar a petrificarse hasta el punto de obstruir el acceso a su referente espiritual. De acuerdo con esto, los aspectos más discordantes y chocantes de la espiritualidad malāmati tienen la intención de provocar una disolución alquímica que pueda ser el preludio de una cristalización más elevada. En un nivel espiritual, esta es la práctica que consiste en “romper los hábitos” forzando al alma, de esta manera, a traer a un primer término lo que, hasta entonces, se había mantenido inconsciente. Conducirse de manera malāmati no es, simplemente, una táctica para atraer sobre sí mismo los reproches morales y sociales, que guardarán a uno de la autoindulgencia y autosobreestimación, es, también, un modo de destruir el falso equilibrio del alma, llevándola así a un estado de impotencia, incómoda pero estimulante, que resultará en una transparencia más clara de los nudos interiores que ayudará a objetivar sus contenidos latentes. Esta es, claramente, la meta de un Maestro sufí como el sheij ‘Ali al-Yamāl quien, según su discípulo al-‘Arabi ad-Darqawi, parece que enseñaba a sus discípulos como romper los hábitos de sus almas usando los estimulantes medios de la humillación y la exposición social y psicológica.[20] En una de las cartas del sheij al-‘Arabi ad-Darqawi, escribe sobre la aplicación de esas tácticas. ‘Ali al-Yamāl ordena a su joven discípulo recorrer la ciudad, cargando con dos cestos de ciruelas a las espaldas. En otro lugar leemos:

Él (el sheij ‘Ali al-Yamāl) cogió mi haik con sus nobles manos, lo quitó de mi cabeza y lo retorció varias veces alrededor de mi cuello. (Darqawi, 1.987, p. 33)

Este “verás lo que es bueno” hace al discípulo sentirse “angustiado de muerte”: ir por la ciudad con dos cestos de ciruelas en el cogote, o con el propio haik retorcido en el pescuezo, es probable que atraiga las mofas de los conocidos; como Titus Burckhardt anota en su comentario sobre este episodio, las intenciones y los sentimientos reales de la mayoría de la gente solamente aparecen “bajo presión” y una vez que las máscaras convencionales han caído. En otras palabras, esta estrategia es una forma de “aumentar la tensión” en los otros y en uno mismo, para conseguir un conocimiento total de las capas inconscientes y de los nudos del alma.

Este tratamiento psico-espiritual se parece mucho a la medicina homeopática, en la medida en que cura la enfermedad interior mediante una exacerbación inicial de sus síntomas, “sacando” el veneno del alma a base de exponerla a su propio “veneno”. En este caso, presentándose como un “extravagante” entre transeúntes y conocidos, en una sociedad donde las excentricidades no son la norma, es probable que cree en el alma una gran desazón, pero facilita a cambio a la persona una oportunidad dorada, aunque amarga, para el auto-conocimiento y la auto-transcendencia.

La conclusión del consejo del sheij ad-Darqawi es: “Ay del faqir (...) que ve la forma de su propia alma (...) tal como es y no la estrangula hasta que muera.” Tal consejo nos permite captar algo de la estrategia malāmati. La mortificación actúa como un catalizador excelente para el deshacimiento del ego y, consecuentemente, como medio para una transmutación alquímica. Al discípulo se le enseña como “ver” su alma, lo que significa que se vuelve incómodamente consciente de ella, con el propósito de objetivar su naturaleza. Pero esta “objetivación” también es una manera de “matar” al alma.

A la cuestión de saber cómo puede ser conseguida esta “estrangulación” del alma, se debe asumir que la respuesta está, por una parte, en la capacidad del practicante para resistirse a su alma y por otra, en contar con el poder de Dios mediante el dikr, pues nadie puede dar la muerte salvo Aquél que da la vida. Sólo el Espíritu puede “matar” al alma, pero este “matar” es también un acto de “amor”: mors y amor son las dos caras del mismo misterio, y la “objetivación” que mencionamos antes es la otra cara de una “identificación”,[21] o “unión”, en la que el Nombre de Dios, mediante el dikr, “aniquila” al alma en su “abrazo”, para “hacerla revivir” en una vida más verdadera, más profunda y más abundante.

Referencias
—‘Attār. 1.976, 18. Cf. Le mémorial des saints, traducido por Pavet de Courteille, París.
—Burckhardt, T. 1.980. “Le retour d’Ulysse”, en Symboles, Milán.
—Corbin, H. 1.980. Le paradoxe du monothéisme. París.
—Corbin, H. 1.986. Temple and contemplation. Londres.
—Darqawi, sheij al-‘arabi. 1.987. Letters of a Sufi Master, segunda edición, Perennial Books.
—Deladrière, R. N.d. “Les premiers malāmatiyya” en Melāmis-Bayrāmis: Etudes sur trois mouvements mystiques musulmans, editado por Natalie Clayer, Alexandre Popovic y Thierry Zarcone, Les Editions Isis. Estambul.
—Dols, M. W. 1.992. Majnun: the Madman in Medieval Islamic Society, Oxford.
—Fazlur Rahmān. 1.987. Health and Medicine in the Islamic Tradition, Nueva York, Crossroad.
—Graham, T. 1.999. “Abu Sa’id ibn Abu’l-Khayr and the School of Khurāsān”, en The Heritage of Sufism, volúmen I, editado por Leonard Lewisohn. Boston.
—Hujwiri, ‘Ali bin ‘Uthmān. N.d. The Kashf al-Mahjub, traducido por Reynold A. Nicholson.
—Jāmi, ‘Abd-ar Rahmān. 1.977. Nafahāt al-uns, París.
—Knysh, A. 2.000. Islamic Mysticism, A Short History.

[1].- Como indican Michael W. Dols (1.992) y S. H. Nasr (1.968), capítulo VII.
[2].- Los médicos hipocráticos tomaron prestado el concepto de los cuatro elementos de la naturaleza – aire, tierra, fuego y agua – y los consideraron los elementos esenciales del cuerpo humano. Estos elementos correspondían, en teoría, a los cuatro humores que se creían producidos en varios órganos del cuerpo: sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema. (...) Se suponía que el médico manipularía de varias maneras estos humores por sus cualidades para mantener un equilibrio humoral, que significaba salud, o rectificar sus desequilibrios, que significaban enfermedad. (Michael W. Dols, p. 18. 1.992)
[3].- El Qorán no podría haber asumido una noción del alma como ser saludable y del cuerpo como ser enfermo o viceversa. Por ello se dice de Saúl, por ejemplo, Le dimos amplitud en cuerpo y en conocimiento (II/247). (Fazlur Rahmān, p. 21. 1.987)
[4].- Permítasenos recalcar que la palabra inglesa “health” deriva de la antigua “hāl”, que connota totalidad.
[5].- “El corazón es sanado por el recuerdo permanente de Dios.” (Sviri, p. 124, 1.997)
[6].- “La importancia de la tendencia malāmatī en el sufismo del Jorasan, que constituye un desarrollo evolutivo del ascetismo puro de la primera generación, retoma el precedente de Hamdūn Qassār (m. 271/884), maestro de Neshāpur, que dejó su impronta en la práctica sufí de la región y resaltó la importancia de la sinceridad al declarar: “Lo que sabe Dios de ti es mejor que lo que sabe la gente.” (Terry Graham, p. 128, 1.999)
[7].- El misticismo islámico presenta diversas clasificaciones de los diferentes niveles de consciencia, no todas ellas acordes con la de Sulamī. De acuerdo con Ibn ‘Aŷība, rūh es el lugar donde ocurren las epifanías del Reino (al-malakūt), mientras sér se refiere a un plano más alto, al nivel del Todopoderoso (al-ŷabarūt). Este último se refiere a la infinidad Divina mientras el primero pertenece al reino de los arquetipos inteligibles (asrār al-ma’ānī). Recordemos, a este respecto, que la gnosis shiita identifica malakūt con los reinos intermedios o anímicos, y ŷabarūt con el nivel de realidad angélico y arquetípico. Cf. H. Corbin, (1.986) p. 192.
[8].- Sulamī, (1.985) p. 106, la versión inglesa que cito es una traducción inédita de Amira El-Zein y Patrick Laude.
[9].- En su Kitāb ‘Uqalā’ al-maŷānin, Naysāburi jerarquiza a Uways como uno de los cuatro “locos sabios”, con Maŷnun, Sa’dun y Buhlul. Cf. Dols, p. 355.
[10].- Uways es también, lo cual llama bastante la atención, el “patrón” de los sufíes que no tienen un maestro vivo. “La tradición sufí ha distinguido un grupo especial de buscadores, aquellos cuyo solo enlace con las enseñanzas es a través del mismo Jezr. Son de aquellos raros sufíes que no tienen un enseñante encarnado. (...) Se les ha dado un nombre especial: uwaysiyyun.” Sara Sviri (1.997), p. 98. ô
[11].- Esta “locura” se relaciona también con la función del “contrario” entre los indios americanos, el beyoka sioux o el kochare hopi, o el “gris” de los apaches, que encarnaban el reverso aparentemente sin sentido de las normas de conducta terrenales y sociales.”
[12].- Es interesante anotar que Uways al-Qarani es simultáneamente una norma y una excepción chocante en el mundo del Islam primitivo. Es una excepción chocante en cuanto que su perspectiva asocial y su disposición ascética le apartan de la comunidad de la ummah que es, en cierto sentido, la auténtica identidad del Islam. Pero, al mismo tiempo, al menos dos hadith se refieren a Uways y hacen de él el polo espiritual de la comunidad. En este sentido deben comentarse dos hechos interesantes: primero, el Profeta declaró que en el Día del Juicio y más tarde en el Paraíso, Dios daría la forma de Uways a 70.000 ángeles para que nadie pudiera saber, incluso en el más allá, quien era el verdadero Uways. Esta manifestación hiperbólica y simbólica de anonimato sugiere bien el principio de “invisibilidad” que preside el camino malāmati. En segundo lugar, cuando se refiere a Uways en conexión con ‘Omar, ‘Attār evita cuidadosamente cualquier expresión que pareciera dar precedencia a Uways sobre ‘Omar: “Debes saber que Uways al-Qaranī no era superior a ‘Omar, sino que era un hombre alejado de las cosas de este mundo. ‘Omar, por su parte, era de una cumplida perfección en todos sus trabajos.” (op. cit. P. 31) La perfección de ‘Omar es definida en términos de presencia y acción en el mundo de los hombres, mientas que la perfección de Uways es entendida en términos de separación del mundo. Dado su énfasis en el equilibrio entre los dos mundos, el Islam no puede exaltar las virtudes de Uways al punto de “ser del otro mundo”. Más aun, la ropa del profeta es sin duda una clase de investidura diferente de la línea de sucesión en el califato: apunta a una autoridad espiritual como la jirqa, el manto del sheij sufí; pero este tipo de investidura y de prestigio debe permanecer oculto.
[13].- Esta implicación aparente puede también ser un camino para atraer sobre uno mismo el reproche de la “elite” religiosa de aquellos sufíes que se consideran a sí mismos de diferente calidad a la de los fieles comunes.
[14].- Leemos, por ejemplo, en unas cartas del sheij Darqawī, que solía llevar tres gorros de oración en la cabeza, pues “tal era mi disposición” en aquel tiempo. Darqawī (1.987), véase el nº 53 de la revista Sufí en su edición inglesa.
[15].- Esta asociación de la condición profética y la locura no es nada extraordinaria. En el Qorán, por ejemplo, el Faraón acusa a Moisés de ser “un mago o un poseso”. (LI, 39)
[16].- “Otros rasgos de la práctica Naqshbandī primitiva estaban también ligados a la vinculación a la sobriedad y el anonimato implícitos en la elección del dikr silente. (...) Como en la Shādhiliya, todos estos rasgos tienen grandes reminiscencias del movimiento malāmatī de Neyshāpur, y puede sugerirse que Bahā’ al-Din Naqshband era seguidor de las tradiciones de la Malāmatiyah, aunque no en un sentido formal e iniciático.” Alexander Knysh, (2.000),p. 221.
[17].- Este punto de vista ha sido expresado por Frithjof Schuon en su capítulo “Sinceridad: qué es y qué no es”, en Schuon (1.981), pp. 123-7.
[18].- El camino del conocimiento puramente gnóstico consideraría simplemente estas contingencias como “irreales”. Como dice Qazāli: “Cada cosa tiene una doble faz, una propia y otra de su Señor; con respecto a su faz propia es nadidad, y con respecto a la Faz de Dios es Ser.” Meshkat al-Anwār, citado en Martín Lings (1.993), p. 169. El malāmati aplica esta distinción al nivel de la voluntad y del alma.
[19].- (En la Edad Media) (...) la locura se explicaba por el hecho de que el cuerpo debilitado del demente permitía al alma escapar parcialmente.
[20].- Esto no apunta necesariamente a la naturaleza orgullosa del discípulo, pues puede también funcionar en un nivel más impersonal como el golpe moralmente neutral del “palo de alerta” del zen.
[21].- Esta se realiza mediante la “mezcla” alquímica de la “materia” psíquica y la “forma” espiritual, las “emociones” y el dikr.

Las Virtudes Naturales

De las virtudes naturales

Aristóteles

 

La prudencia es una virtud de la razón
La prudencia es una virtud de la razón

Estas consideraciones nos obligan a estudiar la virtud bajo un nuevo punto de vista. Puede distinguírsela en virtud adquirida y en virtud natural y espontánea; y se verá que las relaciones de la primera a la segunda son casi las mismas que las de la prudencia a la habilidad. Estas dos especies de virtud no son idénticas; sólo se parecen; están ligadas por la misma relación que media entre la virtud inspirada por la naturaleza y la virtud propiamente dicha. Todo el mundo cree, en efecto, que cada una de las cualidades morales que poseemos se encuentra hasta cierta cantidad en nosotros sólo por la influencia de la naturaleza. Y así, estamos predispuestos a ser equitativos y justos, sabios y valientes, y a desenvolver otras virtudes desde el primer momento de nuestra vida; mas, sin embargo, nosotros no desistimos por eso de buscar aún algo más, es decir, la virtud propiamente dicha. Queremos que todas estas cualidades estén en nosotros de otra manera de como la naturaleza las ha puesto, mediante a que las disposiciones puramente naturales pueden encontrarse en los niños y hasta en los animales. Pero como están privadas del auxilio del entendimiento, parece que sólo existen para dañar. La más pequeña observación basta para verlo y para reconocer, que en esto sucede lo que con un cuerpo muy pesado: que si echa a andar sin mirar, está expuesto a bruscas caídas por faltarle la vista. Pero cuando el agente está dotado de entendimiento, hay ya una gran diferencia en la manera de obrar. Su disposición moral, permaneciendo igual, se convertirá en virtud en el sentido propio de la palabra. Y así puede decirse, que lo mismo que para esta parte del alma, que sólo tiene de su parte la opinión, hay dos cualidades distintas, la habilidad y la prudencia; en la misma forma hay dos en la parte moral: una, que es la virtud puramente natural y espontánea; y otra, que es la virtud propiamente dicha; virtud superior que no se produce sin la reflexión y la prudencia.

He aquí por qué ha podido decirse que todas las virtudes intelectuales no son en su fondo más que especies diversas de la prudencia; y Sócrates tenía en parte razón{130} y en parte no en sus análisis. Se engañaba al creer que todas las virtudes son solamente especies diversas de la prudencia; pero tenía razón al decir que no existen sin la prudencia y la reflexión. Y la prueba es que hoy, cuando se define la virtud, y se expresa que es un hábito moral, nunca deja de añadirse qué hábito, es decir, el hábito conforme a la recta razón; y conforme a la recta razón quiere decir conforme a la prudencia. Así todo el mundo parece haber adivinado en cierta manera, que esta disposición moral, que es conforme a la prudencia, es la verdadera virtud.

Es preciso, no obstante, extender un poco esta definición modificándola. La virtud no es sólo la disposición moral que es conforme a la recta razón, sino que es igualmente la disposicion moral que aplica la recta razón que ella posee; y la recta razón, bajo este punto de vista, es precisamente la prudencia. En una palabra, Sócrates pensaba que las virtudes eran todas especies diversas de la razón; porque, según él, eran todas especies de ciencias; y nosotros pensamos que no hay virtud que no vaya acompañada de la razón.

Resulta demostrado, conforme a lo que queda dicho, que no se puede, hablando propiamente, ser bueno sin prudencia, y que no se puede ser prudente sin virtud moral. Estas consideraciones nos servirán también para juzgar la teoría que sostiene: «que las virtudes pueden estar separadas unas de otras, puesto que un solo y mismo individuo, cualesquiera que sean las dotes con que le haya favorecido la naturaleza, nunca las posee todas sin excepción; y que puede tener ya una sin tener aún otra.» Esta observación, es preciso decirlo, es verdadera respecto de las virtudes puramente naturales, pero no lo es respecto de las demás que hacen que el hombre que las posee pueda ser llamado absolutamente bueno; porque este hombre tendrá todas las virtudes desde el momento que tenga la prudencia, la cual por sí sola las comprende todas.

Es cierto también, que esta alta virtud, aun cuando no se practicara en la vida, no nos sería por eso menos necesaria, puesto que es la virtud propia de una de las partes del alma; y no hay elección racional de parte de nuestra voluntad sin la prudencia, ni la hay tampoco sin la virtud; como que es esta el fin mismo a que debemos aspirar, y aquella la que nos obliga a practicar todo lo necesario para conseguir este fin. Pero por útil que sea la prudencia, no puede decirse que domina como soberana sobre la sabiduría, esta parte del alma que vale más que ella; del mismo modo que la medicina no dispone soberanamente de la salud, y que sin hacer uso de ella se limita a descubrir los medios de asegurárnosla, limitándose a prescribir cierto régimen en bien de la salud, pero sin prescribir nada a la salud misma. En fin, atribuir esta superioridad a la prudencia, valdría tanto como si se pretendiese que la política mandara hasta a los dioses mismos, porque ella es la que ordena sin excepción todo lo que se hace en el Estado.

Moral a Nicómaco · libro sexto, capítulo XI

Reflexiones Sufíes

«Quien es subyugado por sus deseos acaba por caer en la indolencia»

"Quien anhela encontrar a Dios, Dios anhela encontrarle."
Autor: Abu Madyan / Ahmed Alawi - Fuente: Webislam

"Cuando mi servidor se Me acerca un palmo, Yo me aproximo a el una braza..."

La indolencia es de dos clases: una se refiere al descuido de las obligaciones con Dios y la otra al desinterés en la búsqueda de Dios —exaltado Sea—, es decir, la falta de deseo por Él. Si a Dios ansias, de igual manera te corresponderá Dios. Como dijo el Profeta —Dios lo colme de paz y de bendición:

"Quien anhela encontrar a Dios, Dios anhela encontrarle."

Otras palabras proféticas de inspiración divina (hadîz qudsî) dicen:

"Cuando mi servidor se Me acerca un palmo, Yo me aproximo a el una braza; cuando acude a MÍ andando, Yo voy hacia él corriendo..."

Y otro dice:

"Yo soy el Compañero de aquél que Me recuerda. Siempre que mi siervo Me busca, Me encuentra.

¿No es esto un puro don y una auténtica gracia? Qué ignorancia la tuya, si buscas lo que carece en sí mismo de existencia y te desentiendes de quien es Causa necesaria de toda existencia. Si tuvieses conocimiento real de lo que hay ante ti no podrías seguir en tu error; Dios está más cerca de tí que tú mismo.
Cuando mis siervos te pregunten sobre Mí díles que Yo estoy Próximo. Atiendo la suplica de guíen Me implora Cuando Me suplíca (2: 186).

Signo del abandono de Dios es descuidar Su búsqueda. El que así obra es cual rezagado que cada día repite: “Mañana me pongo en marcha”, más deja pasar el tiempo. Con qué atino se dijo de ellos:

Satisfechos de sus deseos y tentados por sus intereses,
Pretenden sumergirse en los océanos del amor sin siquiera mojarse.
Pretenden viajar sin moverse de su sitio,
Y antes de ponerse en marcha ya están cansados.
Han preferido quedar Ciegos a ser guiados
Y de mi enseñanza, por envidia, se han apartado.

Dios —bendito y exaltado Sea- desea al siervo más de lo que éste Le desea. Nuestro señor ‛Abd al—Qãdir al—Ŷïlānï, dice en su coloquio íntimo (runāŷã): “Dios —exaltado sea- me dijo: ‘Lo qué más regocija al buscador (tālib) soy Yo y lo que más regocija al Buscado (natlub) es el hombre. Si el hombre supiese el valor que tiene ante Mí, con cada uno de sus soplos repetiría: ¿De quien es hoy el Reino?". (Coran, 40: l6)"

En efecto, Sólo la pérdida de interés nos impide llegar a Él. Hay quien descuida, como hemos dicho, sus obligaciones con Dios. Cree que eso se debe a las condiciones de su destino, pero sólo es una manera de amarse a Sí mismo. Cuando ve claramente que puede conseguir algún beneficio de este mundo pone en él todo su empeño con la excusa de que “los recursos de cada cual están ya escritos en su destino, pero uno debe poner los medios necesarios.” Sin embargo, en la búsqueda de Dios no los pone, ni intenta acercarse a Él con buenas obras; ni se vigila a sí mismo, como si ya estuviese a salvo. La verdad es que no se consideran a salvo del proceder engañoso de Dios más que los condenados (Coran, 7: 99). Si le dices que tema a Dios, dirá que Él es Indulgente. De acuerdo, pero también es Proveedor de todos los bienes (razzāq); ¿por qué pones tanto empeño en conseguirlos y no haces lo mismo para conseguir el perdón? ¿Crees que uno puede comportarse como los condenados al Fuego y esperar el Paraíso? ;Qué gran extravío! Quien obra mal que no espere sino eso mismo (Coran, 6: 160). Ten misericordia de ti porque no podrás afrontar tus obras. Sobre esto dijeron:

Tu cuerpo es delicado y ¡buscas el Fuego!
Haz la prueba en el mundo sensible.
Mira la picadura de la avispa
O el veneno de la víbora, que es peor aún.
Si te falta temor ¡ay de ti!
Provocas la cólera del Señor de las criaturas
Y cada noche Le desafias con ignorancia
Aunque te levantes como sifueras un ejemplo de piedad
Eres la más insolente de sus criaturas
Por la maldad e ignorancia que hay en ti.
Dices: mi Señor es Indulgente.
Es verdad: Indulgente con quien desea.
Pero es tanto Proveedor como Indulgente
¿Por qué no piensas igual de ambos Atributos?
Cuentas con el perdón sin hacer nada,
Pero pones todo tu empeño en tus ganancias,
Cuando Él mismo ha confrmado y asignado
El sustento de todos, pero no el Paraíso.
¿Por que corres detrás de lo que tienes seguro
Y no Cumples las obligaciones que te ha impuesto?
tienes mala opinión de El para unas cosas,
"Y piensas bien, si a tu pasión le conviene, en otras.

Tal es el estado que caracteriza a quien, subyugado por sus deseos, se resigna a la ruptura y el alejamiento. Es la falta del deseo por Dios lo que le produce esto. ;Qué asombroso resulta que uno pueda estar a gusto con la ruptura y con la
separación! Si conociese la posición que tiene junto a su Señor no le sería posible desentenderse de El.

¡Cómo Se han alejado y les complace su desgracia!
A sabiendas, Se fueron por el mal camino.

¡Dios mío¡, vivifica nuestros corazones y llévanos hacia Ti. No tenemos iniciativa ni deseo Si no es por Ti.

Del Fruto de las Palabras Inspiradas. Comentario a las enseñanzas de Abu Madyan de Sevilla, por el sheij Ahmad Al-Alawi. Almuzara, 2007.
Traducción del árabe de Juan José González.

Nada Nuevo en Internet Para Los Grupos

Dinámica de grupos e Internet

 

La terapia de grupo utiliza la dinámica de grupos para intentar mejorar la vida de los pacientes.
La terapia de grupo utiliza la dinámica de grupos para intentar mejorar la vida de los pacientes.

Una alianza es un pacto entre individuos, Estados u organizaciones que se hace para destruir la hegemonia de otro, una coalición es algo que se hace para relevar y crear algo nuevo de lo viejo.

(Dicho sistémico)

Joseph Pratt fue un internista que se dedicaba a la atención de personas de bajos recursos económicos y que observó que sus pacientes -mientras se encontraban en la sala de espera de su consulta- hablaban, interactuaban, intentaban ayudarse o simplemente intercambiaban información sobre sus patologia o su vida. Esta observación le llevó a plantearse si no convendria realizar estas interacciones de una forma programada y reglada.

Tal intervención tenia muchas ventajas: la principal de ellas fue abaratar los tratamientos que prestados individualmente consumian demasiados recursos de tiempo pero tambien utilizar los recursos cognitivos y emocionales de algunos para apoyar a otros y sobre todo intercambiar información sobre problemas usualmente psicosomáticos o con gran intervención de las emociones que pudieran beneficiarse de la narrativa individual.

Asi nació la terapia de grupo.

Que no debe confundirse con la dinámica de grupos. La terapia de grupo utiliza la dinámica de grupos para intentar mejorar la vida de los pacientes que acuden a ella, mientras que en un grupo cualquiera no existe esta finalidad. Sin embargo en todo grupo emerge una dinámica con independencia de su filiación o finalidad.

Y lo curioso es que en todos los grupos suele repetirse una dinámica similar. Una dinámica de flias y fobias.

En la institución psiquiátrica en que me formé en aquella época (años 70) se llevaba mucho la socioterapia, una reminiscencia del tratamiento moral de Pinel y Esquirol: se trataba de que la gente se relacionara en grupo con un lider y un co-terapeuta (usualmente de sexo contrario) que trataban de poner orden y concierto en unas intervenciones usualmente a gritos, reivindicaciones sobre la comida, los pases de salida o el reparto del tabaco. Unos se mostraban demasiado pasivos ante cualquier intervención y casi nunca intervenían mientras otros acaparaban con sus conductas histriónicas la atención de los coterapeutas . Lo cierto es que aquellas reuniones se convertian con frecuencia en una tortura para los residentes que como yo no entendiamos la finalidad de aquellas interacciones usualmente estériles.

Más tarde nos aplicamos en aprender teoria de grupos leyendo a Kurt Lewin y comenzamos a trabajar con pacientes externos y con patologías menos severas -neuróticos comunes- que nos enseñaron muchas cosas sobre el poder y la dominación en los grupos terapéuticos. Lo que suele pasar en estos entornos es que:

* Todo el mundo se siente desatendido individualmente por el lider del grupo con el que quisieran tener una relación mucho más personal e íntima que la que se obtiene en un grupo.

* Esta situación de contrariedad es frecuentemente compensada con alianzas extragrupales y movimientos emocionales de celos y de rabia.

* Hay quien es elegido como chivo expiatorio del grupo y al que se dirigen todas las agresiones, usualmente el co-terapeuta (de sexo contrario) al del lider o a las personas mas débiles y con menos recursos de autodefensa.

Al principio aprendimos que los subgrupos que solían formarse fuera del espacio terapeutico de manera aparentemente informal debian de ser prohibidos a fin de evitar ciertas distorsiones hasta que aprendimos que era imposible de controlar. Las personas que se sienten damnificadas suelen organizarse en subgrupos a fin de obtener control y poder sobre sus relaciones en el grupo.

Asi fue como aprendimos que los grupos con independencia de su filiación y composición terminaban siempre configurando una división de roles que era poco más o menos ésta:

* El lider es el que intenta mantener la neutralidad del grupo, propone tópicos para su discusión e interpreta la narrativa ajena de forma que pueda resulta útil para todos. Está emparejado con un co-terapeuta que suele ser de sexo opuesto y que es quien le releva en circunstancias dificiles o le apoya en sus “pájaras” o extravíos.

* El co-terapeuta es casi siempre el destinatario de las iras de los miembros del grupo, si es mujer de las mujeres del grupo y si es hombre de los varones. El lider tiende a ser preservado por los miembros del grupo.

* El portavoz es de los miembros del grupo aquel que tiene mas recursos verbales , lingüisticos o habilidades para llevar a cabo la reivindicación del grupo que no suele ser otra sino la de liquidar a alguien.

* El chivo emisario es aquel que a veces sirve de distracción a los miembros del grupo para apaciguar sus iras, suele ser una persona débil y con necesidades de dependencia que es utilizada como mecanismo intermedio de la toma real del poder. Entendemos como la toma del poder o bien que el co-terapeuta desaparezca o bien que el lider se empareje con otra u otro.

* El saboteador es aquel que se identifica con un rol destructivo de las inclinaciones del grupo por entender los vericuetos del poder y aprender algo realmente útil para sus vidas, suele utilizar la ironía y el sarcasmo para introducir elementos de ruptura de la jerarquía y suele boicotear el grupo desde el principio a veces con ausencias prolongadas cuando no de ácidas criticas dirigidas al lider (si es del mismo sexo) o al co- terapeuta. Es usual que el saboteador y el portavoz tengan un escarceo sexual o bien un amistad quasi revelada que naturalmente termina mal.

* Los pasivos que son utilizados por distintas coaliciones para “hacer bulto” en las manifestaciones de descontento que periódicamente recorren los grupos. Algunos aunque pasivos suelen mantenerse al margen hasta que no tienen más remedio que manifestarse, en ellos se encuentra el germen de la resistencia del grupo a su propia extinción y suelen ser los que lo prolongan a veces adoptando el rol de portavoces.

* Los ingenuos son un subgrupo de los anteriores, casi siempre andan despistados de las guerras por el poder y son por eso poco fiables en sus alianzas que suelen ser tórpidas y lunáticas modificando sus puntos de vista de un dia para otro.

* Los mediadores, son los que intentan constantemente poner paz pero se encuentran secretamente alineados con la oposición puesto que ellos tambien se sienten desatendidos aunque disimulan mejor.

La mayor parte de los grupos son abiertos: significa que entran y salen constantemente nuevos elementos. Los nuevos suelen comportarse como pasivos hasta que aprenden las reglas de funcionamiento del grupo y se alinean o bien con el portavoz o bien con el lider. Sin embargo como el rol de portavoz está cargado de odio lo más frecuente es que distintos elementos del grupo vayan asumiendo ese rol debido a los abandonos periódicos que son de esperar en determinados roles.

Los saboteadores suelen ser los primeros en abandonar el grupo pues saboteo es abandonar el grupo sin dar explicaciones o bien forzando a través de una salida de tono que alguien pida su abandono.

Otra forma sutil de sabotear un grupo es acaparar la atencion de todo el mundo forzando la locuacidad o la narrativa individual. Estas personas suelen obetener simpatias al principio -por los pasivos y los ingenuos- pero resultan cargantes con el tiempo hasta para ellos, el resultado es un ninguneo del grupo que refuerza la idea persecutoria que algunas personas tienen sobre sí mismos: suelen abandonar el grupo por despecho sin que de tiempo a que puedan reconsiderar su actitud o aprender algo sobre sí mismos.

Un grupo debe estar formado por un maximo de 8-10 personas y un máximo de 20 a fin de asegurar la interacción eficiente, tampoco hay plazo de finalización puesto que como he dicho antes los grupos suelen utilizarse por los individuos como de “usar y tirar”, entrando y saliendo del mismo según el rol que hayan elegido en su identificación.

Hay algunas excepciones a este diseño: uno es el entorno laboral, otro el familiar. En ambos uno no puede irse, sabotearlo continuamente o abandonarlo. No hay más remedio que adaptarse, es por eso por lo que cada vez más se echa mano de la terapia familiar o los grupos Balint en el trabajo para airear los trapos sucios. Más recientemente se han puesto a punto terapias que no están relacionadas con la narrativa como sucede con la meditación en grupo o el mindfullnes, que prescinden de la palabra y consiguen eludir en gran parte esa siniestra repetición que solíamos ver en nuestros grupos de pacientes de “cuandoentonces” cuando aun creiamos que “hablando se entiende la gente”.

En Internet no podemos relacionarnos e interactuar con los demás meditando y cuando se forma un grupo o un foro tendemos a repetir el diseño viejo de los grupos que ya describieran los clásicos, es como si no hubiéramos aprendido nada -no ya de nosotros mismos- sino del entorno. Internet no permite ciertos portazos, berrinches, demandas, exigencias, pataleos o “homicidios virtuales” (borrar o bannear) que son frecuentes en nuestra vida normal, es necesario, si queremos que Internet nos cambie el cerebro que seamos capaces de aprender el decálogo (los 10 mandamientos) de un comportamiento adecuado y eficiente de la red.

De hecho se han descrito fenómenos tipicos en Red como el flaming que tienen mucho que ver con la dinámica de grupo en un entorno de desaferentización cortical, es decir de un fenómeno de desinhibición causada por el anonimato o bien por carecer de información perceptual sobre nuestro interlocutor.

Pero eso tendrá que esperar a otro post.