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Las Rupturas Sentimentales Destrozan Tu Autoimagen

Las rupturas sentimentales hacen tambalear nuestro autoconcepto

 

Los miembros de las parejas rotas tienen una conciencia menor de sí mismos, lo que aumenta su dolor


Cuando una relación sentimental se acaba, el concepto que cada individuo de la pareja tiene sobre sí mismo cambia. Esta modificación del autoconcepto, que es una de las causas del enorme dolor que suponen las separaciones, ha sido analizada por vez primera por científicos, en tres estudios distintos. En ellos se ha constatado que la claridad de la conciencia sobre lo que somos se reduce tras una ruptura sentimental, y que esta confusión se mantiene, al menos durante un tiempo. Por Yaiza Martínez.

 

 

 

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Cuando una relación sentimental se acaba, el concepto que cada individuo de la pareja tiene sobre sí mismo cambia, sugieren los resultados de tres estudios sobre el autoconcepto realizados por los científicos Erica B. Slotter, Wendi L. Gardner, y Eli J. Finkel, del departamento de psicología de la Universidad de Northwestern, en Estados Unidos. El autoconcepto se define como la noción que una persona tiene de sí misma.

Cuando se mantiene una relación de pareja estable, los miembros de ésta tienden a desarrollar amistades compartidas, actividades e, incluso, a confundir el autoconcepto de cada uno con el del otro.

Los científicos han demostrado en la presente investigación que, dado el grado de interacción, cuando una relación de pareja se rompe, la claridad del autoconcepto o de la percepción que se tiene de uno mismo, se ve reducida.

Parte esencial de la vida adulta

Los científicos explican en un artículo publicado por el Personality and Social Psychology Bulletin, que una relación de pareja tiende a modificar el autoconcepto que cada uno tiene sobre sí mismo. ¿Qué sucede, entonces, con el “yo” cuando la otra parte, que en cierta medida “lo completaba”, desaparece?

Comprender bien el impacto de las rupturas de las relaciones de pareja sobre el “yo” es importante, porque este tipo de relaciones son una parte esencial de la vida de la mayoría de las personas adultas, señalan los investigadores.

Resulta importante, asimismo, porque las rupturas producen un intenso dolor emocional, y obligan a redefinir lo que cada uno es, en ausencia del otro miembro de la pareja.

Los investigadores examinaron los distintos tipos de cambios en el autoconcepto que pueden suceder después de una ruptura sentimental, y la relación de estos cambios con el sufrimiento emocional de cada individuo. Hasta el momento, no se había estudiado a fondo cómo afectan estas rupturas a la noción que sobre sí mismo tienen los individuos que han formado parte de una pareja.

Cambio de situación y sufrimiento

A nivel general, se sabía que el fin de una relación romántica es uno de los hechos que más dolor provocan en las personas adultas.

Así, en los adultos jóvenes, por ejemplo, está documentado que las rupturas sentimentales aumentan el riesgo de padecer diversos trastornos mentales, como el trastorno depresivo severo.

Pero los efectos de las rupturas se habían estudiado hasta la fecha desde la perspectiva del bienestar emocional de los miembros de la pareja rota.

La presente investigación, afirman los científicos, es la primera que estudia un aspecto distinto de estas situaciones, y que propone que una de las razones por las que el final de una relación sentimental provoca tanto sufrimiento es el impacto que sobre el autoconcepto recae, como consecuencia del cambio de situación.

Tres estudios distintos

En el primero de los estudios realizados, los investigadores pidieron a un grupo de participantes que recordaran una ruptura sentimental anterior o que se imaginaran que su actual relación acababa. Acto seguido, se les pidió que detallaran cambios en su autoconcepto a lo largo de su vida.

En un segundo estudio, se hicieron análisis de textos de muestras tomadas de la vida real, escritos por personas que acababan de romper sus relaciones, y se compararon con textos escritos en otras situaciones o sucesos de la vida. Así, por ejemplo, se examinaron entradas diarias en medios de Internet y auto descripciones de individuos que habían sufrido una separación.

En un tercer estudio, se examinó el efecto de rupturas emocionales sobre la claridad del autoconcepto en un estudio longitudinal de seis meses de duración en el que participaron jóvenes varones y universitarios.

Los resultados de estos estudios señalan que las rupturas sentimentales tienen múltiples consecuencias psicológicas en los individuos, entre ellas, que provocan varios tipos de cambios en el autoconcepto.

Percepción reducida de uno mismo

El primer estudio demostró que, después de una separación, los miembros de cada pareja cambian el contenido de su personalidad, lo que los define. En el segundo estudio, se constató que las personas recién separadas tienen una percepción reducida de sí mismas, de lo que son.

En el tercer estudio, se reflejó que los miembros de una pareja rota presentan una claridad también menor respecto a su concepto de sí mismas. Esta confusión podría deberse a que existen aspectos de las relaciones que potencian la interdependencia cognitiva.

Tal y como los científicos esperaban, la medida de reducción de la claridad del autoconcepto en el momento de una ruptura sentimental sirvió para predecir el grado de sufrimiento emocional de cada individuo tras dicha ruptura.

Según los investigadores, esto no quiere decir que la confusión en el autoconcepto posterior a una separación sea la única fuente de dolor que provocan estas situaciones, dado que otros factores, como los sentimientos de rechazo, también hacen mucho daño.

Sin embargo, afirman, la investigación confirma que dicha confusión es una de las principales causas del dolor. Los datos obtenidos en ella han revelado, por último, que el proceso de auto-reestructuración conlleva tiempo, puesto que, tras varias semanas después de la ruptura, aún pudo constatarse que los participantes en los estudios no habían superado la falta de claridad en su conciencia de sí mismos.

Los científicos señalan que, en futuras investigaciones, estudiarán la cantidad de tiempo de recuperación tras las rupturas, y los procesos, conscientes o de otro tipo, que los individuos siguen para reconstruirse a sí mismos tras su separación.

La Fe En La Amorosidad Divina Libera de la Profunda Depresión Y Otros Estudios Sobre Beneficios de La Fe

 

La fe en Dios reduce los síntomas de la depresión clínica, señala un estudio

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La fe en un Dios compasivo refuerza el poder curativo de los antidepresivos, sugiere un estudio realizado con 136 personas diagnosticadas con depresión, a las que se les suministraron medicamentos, al tiempo que se evaluó su grado de religiosidad. Aquéllos que tenían fe en Dios respondieron mucho mejor al tratamiento que el resto de los pacientes. Este hecho, según los científicos, debería ser considerado a la hora de planificar la mejor atención médica posible para este tipo de enfermos. Por Yaiza Martínez

 

Creer en Dios ayuda a curar la depresión, sugiere un estudio reciente realizado por investigadores del Rush University Medical Center de Chicago, en Estados Unidos.

La depresión es un trastorno del estado de ánimo que se presenta como abatimiento e infelicidad transitorios o permanentes.

Los síntomas de esta enfermedad afectan principalmente a la esfera afectiva: la tristeza patológica, el decaimiento, la irritabilidad o un trastorno del humor que puede disminuir el rendimiento en el trabajo o limitar la actividad vital habitual, independientemente de que su causa sea conocida o desconocida.

Asimismo, la depresión también puede expresarse a través de afecciones de tipo cognitivo, volitivo e incluso somático.

Evaluación de la enfermedad

El estudio realizado ha revelado que las creencias religiosas protegen contra estos síntomas, y también que mejoran la respuesta de las personas depresivas a los tratamientos médicos contra la enfermedad.

La investigación fue realizada con pacientes diagnosticados de depresión clínica, es decir, con personas que padecían un estado extremo de la depresión, caracterizado por una tristeza, una melancolía y un sentimiento de vacío tan intensos que pueden llegar a ser destructivos para el enfermo.

Según publica el Rush University Medical Center en un comunicado, en total fueron estudiados 136 adultos. Algunos de ellos estaban recibiendo atención psiquiátrica externa, mientras que otros permanecían ingresados en el hospital para su cuidado.

Estos pacientes fueron evaluados poco después de ser admitidos para su tratamiento y ocho semanas después de que dicho tratamiento empezase.

Para esta evaluación se emplearon el Inventario de Depresión de Beck (cuestionario que calcula el grado de depresión que pueda tener una persona), la Escala de Desesperanza de Beck (con el que se valora el grado de desesperanza de los individuos, es decir, su actitud hacia las expectativas futuras) y una Escala de Bienestar Religioso.

Estas tres pruebas son herramientas estándar de las ciencias sociales para evaluar la intensidad, la severidad y la profundidad de la depresión y los sentimientos de desesperanza y de satisfacción espiritual.

Grado de esperanza

La respuesta de los pacientes a la medicación que se utiliza para tratar la depresión, definida como la reducción en un 50% de los síntomas iniciales, puede variar en los pacientes psiquiátricos.

Algunos de éstos no responden en absoluto a los medicamentos. Sin embargo, el estudio realizado demostró que, entre los sujetos estudiados, aquéllos que creían con más fuerza en un Dios personal y atento a sus necesidades tendieron a mejorar más que los demás participantes en las ocho semanas de tratamiento analizadas.

Concretamente, los participantes en el estudio cuya puntuación en la Escala de Bienestar Religioso estuvo entre las tres primeras fueron un 75% más propicios que el resto a mejorar, a partir del momento en que empezaron a tomar sus medicinas.

Los investigadores analizaron si la explicación para semejante mejora podía relacionarse con el sentimiento de esperanza que caracteriza a la fe religiosa. Pero el grado de esperanza, definido por los sentimientos y las expectativas en el futuro y el nivel de motivación de cada individuo, no sirvió para predecir la mejora que los pacientes sufrieron.

Ser supremo compasivo

Según declaró la investigadora Patricia Murphy, una de las autoras del estudio, la respuesta positiva a los medicamentos para la depresión tiene poco que ver con el sentimiento de esperanza asociado típicamente a las creencias religiosas.

En realidad, para la superación de esta enfermedad, lo que parece ayudar realmente es la fe en un ser supremo compasivo, asegura Murphy.

La investigadora añade que, aunque para la gente diagnosticada con depresión clínica, la medicación juega un papel clave en la reducción de los síntomas, los especialistas deben tener en cuenta el papel de la religión en las vidas de sus pacientes.

Los resultados de este estudio, que han sido publicados en la revista Journal of Clinical Psychology sugieren que las creencias religiosas podrían resultar de gran importancia como recurso en la planificación de una atención más efectiva de la depresión.

Religión y psicología

Éste no es el primer estudio que analiza la relación entre la religiosidad y ciertos aspectos de la psicología humana.

A principios de 2009, otra investigación, realizada por científicos de la Universidad de Miami, reveló que las personas religiosas tienen mayor capacidad de autocontrol que las no religiosas y regulan de manera más eficiente sus actitudes y emociones, con la finalidad de conseguir objetivos para ellos valiosos.

Según los científicos, esto se debe a que ciertos rituales religiosos –como la oración o la meditación- afectan a partes de la corteza del cerebro humano que resultan claves en la autorregulación y el autocontrol. Por otro lado, las religiones contribuyen al autocontrol porque proporcionan a los individuos modelos claros de comportamiento.

Otras investigaciones realizadas en distintas partes del mundo han demostrado que las personas más devotas tienden a tener un mejor rendimiento escolar, a vivir durante más tiempo y, en general, a ser más felices.

 

Otros estudios, artículos y ensayos científicos y teológicos:

 

La Espiritualidad Puede Eliminar La Predisposición Al Alcoholismo en Adolescentes, Así como Otras Adicciones,Las Supersticiones Tienen Su Influencia Subjetiva Y Objetiva,El Corazón Siempre Guía A La Mente,La Crisis Personal Como Fuente de Crecimiento Espiritual,Cerebro creyente, cerebro no creyente, La religiosidad es un producto evolutivo que garantiza la cooperación por el bien común , La religión es un eficaz regulador del comportamiento humano, O Superamos El Egocentrismo y Racionalismo O Desaparecemos Como Especie , La neuroteología desvela los beneficios de la meditación y la oración, Las creencias religiosas influyen favorablemente en la gestión de los recursos naturales,La espiritualidad no depende de la madurez psicológica, sugiere un estudio,El cerebro es el creador y beneficiario de la religiosidad,Rezar por otros potencia la capacidad de perdonar, según un estudio,La religiosidad humana hunde sus raíces en nuestras habilidades cognitivas, La Caída podría tener una interpretación antropológica,Los milagros persisten en el mundo moderno ,Creer en lo sobrenatural es una característica común a todos los seres humanos,La Evolución de la Conciencia Desde La Holística,La Verdadera Paz Se Fundamenta En La Espiritualidad Y En El Paradigma Femenino Del Cuidado,La Espiritualidad Disminuyen El Stress y Ayuda a Sobrellevar La Exclusión Social,La Felicidad Depende En Parte de la Devoción del Creyente,El Creer En Dios Disminuye El Stress,La Religiones Cristianas Fomentan El Bienestar y Verdaderas Amistades,Las Creencias Pueden Ser Tan Buenas Como Malas Para La Trascendencia,Las Creencias Religiosas Pueden Ayudar A Preservar La Naturaleza,,

 


Las Primeras Pruebas Para La Humanidad


Test para la humanidad

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Nuestro País



El desastre que se abatió sobre Haití, arrasando Puerto Príncipe, matando a millares de personas y privando al pueblo de las estructuras mínimas para la supervivencia, es una prueba para la humanidad. Según los pronósticos de quienes siguen sistemáticamente el estado de la Tierra, no pasará mucho tiempo antes de que nos enfrentemos a varios Haitíes, con millones y millones de refugiados climáticos, provocados por eventos extremos que podrán ocasionar una verdadera devastación ecológica y destruir incontables vidas humanas.

En este contexto dos virtudes, ligadas a la esencia de lo humano, deben alcanzar especial relevancia: la hospitalidad y la solidaridad.

La hospitalidad, ya lo vio el filósofo Kant, es un derecho y un deber de todos, pues todos somos habitantes, o mejor, hijos e hijas de la misma Tierra. Tenemos derecho a circular por ella, a recibir y ofrecer hospitalidad ¿Estarán las naciones dispuestas a atender este derecho básico de aquellas multitudes que ya no puedan vivir en sus regiones supercalentadas, sin agua y sin cosechas? El instinto de supervivencia no respeta los límites de los estados-naciones. Los bárbaros de antaño derribaron imperios y los nuevos «bárbaros» de hoy no harán otra cosa, en caso de que no sean exterminados por los que usurparon la Tierra para sí. Paro aquí porque los escenarios probables y no imposibles son dantescos.

La segunda virtud es la solidaridad. Ella es inherente a la esencia social del ser humano. Ya los clásicos del estudio de la solidaridad como Renouvier, Durkheim, Bourgeois y Sorel enfatizaron el hecho de que una sociedad no existe sin la solidaridad de unos hacia otros. Supone una conciencia colectiva y el sentimiento de pertenencia de todos. Todos aceptan de una manera natural vivir juntos para realizar juntos la política, que es la búsqueda conjunta del bien común.

Debemos someter a crítica el concepto de la modernidad que parte de la absoluta autonomía del sujeto en la soledad de su libertad. Se dice: cada uno debe hacer lo suyo sin necesidad de los otros. Para que los seres humanos así solitarios puedan vivir juntos necesitan de hecho un contrato social, como el elaborado por Rousseau, Locke y Kant. Pero ese individualismo es falso e ilusorio. Hay que reconocer el hecho real e irrenunciable de que el ser humano es siempre un ser de relación, un-ser-con-los-otros, entretejido siempre en una urdimbre de todo tipo de conexiones. Nunca está solo. El contrato social no funda la sociedad, sólo la ordena jurídicamente.

Además, la solidaridad posee un trasfondo cosmológico. Todos los seres, desde los topquarks pero especialmente los organismos vivos, son seres de relación y nadie vive fuera de la red de inter-retro-conexiones. Por eso, todos los seres son solidarios recíprocamente. Cada uno ayuda al otro a sobrevivir —es el sentido de la biodiversidad— y no necesariamente son víctimas de la selección natural. A nivel humano, en vez de la selección natural, por causa de la solidaridad, introducimos el cuidado, especialmente para con los más vulnerables. Así no sucumben a los intereses excluyentes de grupos o de un tipo de cultura feroz que coloca la ambición por encima de la vida y de la dignidad.

Hemos llegado a un punto de la historia en el cual todos nos descubrimos entrelazados en una única geosociedad. Sin la solidaridad de todos con todos y también con la Madre Tierra no habrá futuro para nadie. Las desgracias de un pueblo son nuestras desgracias, sus lágrimas son nuestras lágrimas, sus avances, nuestros avances. Sus sueños son nuestros sueños.

Bien decía el Che Guevara: «La solidaridad es la ternura de los pueblos». Es la ternura que tenemos que dar a nuestros sufrientes hermanos y hermanas de Haití.

Fuente: http://www.elpais.cr/articulos.php?id=19661

El Autocontrol Contagioso Y La Importancia del Nosotros Sobre el Yo

El autocontrol es una actitud contagiosa, señala una investigación


El contagio puede ser aprovechado para mejorar, pero no justifica nuestras acciones


El autocontrol -o la ausencia de él- resulta contagioso, señalan los resultados de una investigación realizada por científicos de la Universidad de Georgia, en Estados Unidos. Cinco estudios a este respecto constataron que las personas que veían a otras ejercer el autocontrol, pensaban en amigos con un buen autocontrol e, incluso, veían el nombre de estos amigos durante unos milisegundos en la pantalla de un ordenador, eran capaces de autocontrolarse mejor que antes. En sentido contrario, los resultados fueron similares: se constató que el poco autocontrol también se contagia. Por Yaiza Martínez.




Fuente: Everystockphoto.
El autocontrol -o la ausencia de él- resulta contagioso, señalan los resultados de una serie de estudios realizados por científicos de la Universidad de Georgia (UGA), en Estados Unidos.

Estas investigaciones revelaron que las personas que ven o piensan en alguien con un buen autocontrol se vuelven más propensas a autocontrolarse. Asimismo, se constató que esto también funciona en sentido contrario: las personas con escaso autocontrol contagian fácilmente a los demás con su actitud.

El efecto contagioso del autocontrol es tan poderoso que, según los científicos, el mero hecho de ver el nombre de una persona con un buen o un escaso autocontrol en una pantalla, durante sólo 10 milisegundos, cambió el comportamiento de los participantes en los estudios.

Buscar relaciones sociales positivas

La directora de la presente investigación, la profesora de psicología de la UGA, Michelle vanDellen, señala que lo más importante de estos resultados es que revela que la elección de influencias sociales positivas puede mejorar nuestro autocontrol y que, a la inversa, cuando mostramos autocontrol podemos ayudar a otras personas a autocontrolarse.

La gente tiende a imitar el comportamiento de aquéllos que le rodean, y se sabe que costumbres como fumar, consumir drogas, e incluso características como la obesidad tienden a expandirse a través de las redes sociales.

Sin embargo, el estudio de vanDellen es el primero que demuestra que el autocontrol también es un comportamiento contagioso.

Los científicos afirman que esta capacidad de contagio del autocontrol puede ser aprovechada, por ejemplo, pensando en alguien que tenga un buen autocontrol si queremos que nuestro propio autocontrol se fortalezca para conseguir objetivos económicos, profesionales o de cualquier tipo.

Cinco estudios

Según informa la UGA en un comunicado, el descubrimiento realizado por vanDellen es el resultado de cinco estudios individuales, llevados a cabo durante dos años con Rick Hoyle, especialista de la Universidad de Duke.

En el primer estudio, los investigadores pidieron a 36 voluntarios asignados al azar que pensaran en un amigo que tuviera un buen o un mal autocontrol.

Aquéllos que pensaron en el amigo con un buen autocontrol persistieron en una tarea que se les encomendó, comúnmente utilizada para medir el autocontrol, mientras que aquéllos que pensaron en un amigo con un autocontrol bajo desistieron antes en esta misma tarea.

En un segundo estudio, 71 voluntarios miraron en primer lugar a otras personas ejerciendo el autocontrol, en una tarea que consistía en elegir una zanahoria de un plato en lugar de una galleta situada en un plato cercano. Otros voluntarios miraron a personas que se comieron la galleta en lugar de las zanahorias.

En los tests realizados posteriormente para comprobar el autocontrol de ambos grupos de voluntarios, la capacidad de autocontrolarse fue mayor entre los voluntarios del primer grupo.

Autocontrol subliminal

En un tercer estudio, 42 voluntarios fueron aleatoriamente escogidos para que hicieran una lista de amigos con un autocontrol alto o bajo. Después, fueron sometidos a un test informático que medía su propio autocontrol y, posteriormente, en la pantalla del ordenador se les aparecieron las imágenes de los nombres de los amigos de sus listas, sólo durante 10 milisegundos (un periodo de tiempo en el que es imposible leer una palabra, pero en el que el cerebro capta los nombres de manera subliminal).

Aquéllos a los que se les mostró el nombre de sus amigos con buen autocontrol puntuaron más alto que antes en el test informático sobre el autocontrol, mientras que aquéllos que vieron el nombre de personas con un autocontrol bajo puntuaron más bajo que previamente, en ese mismo test.

En un cuarto estudio, se pidió a 112 voluntarios que escribieran sobre un amigo con un buen autocontrol, un autocontrol escaso o sobre un amigo moderadamente extrovertido (para el grupo de comparación).

En un test posterior sobre autocontrol, aquéllos que habían escrito sobre amigos con un buen autocontrol fueron los que más rindieron, mientras que los que habían escrito sobre amigos con un autocontrol escaso rindieron peor. El grupo de control o de comparación puntuó entre estos otros dos grupos.

Responsabilidad personal

Por último, en un quinto estudio con 117 voluntarios, los investigadores descubrieron que las personas que escribieron sobre amigos con un autocontrol alto fueron más rápidas que las personas de otros grupos identificando palabras relacionadas con el autocontrol, como logro, disciplina o esfuerzo.

VanDellen señala que el autocontrol sería contagioso porque estar en contacto con gente con un buen o un mal autocontrol influye en nuestro nivel de accesibilidad a pensamientos propios sobre nuestro autocontrol.

El efecto de estas influencias, según la investigadora, puede ser el de modificar algunas actitudes, como ir o no al gimnasio después de un largo día de trabajo o comer o no algo que nos pueda engordar.

Sin embargo, estas influencias nunca serían tan fuertes como para que podamos culpar a otros de nuestra capacidad o no de autocontrolarnos en ciertas situaciones. Los científicos han detallado sus investigaciones en el Personality and Social Psychology Bulletin.



Sábado 16 Enero 2010
Yaiza Martínez




“Nosotros” es mejor que “Yo” en las relaciones estables de pareja

 

 

La satisfacción marital se refleja en el lenguaje cotidiano de cualquier matrimonio


Un equipo de psicólogos de la Universidad de Berkeley, en Estados Unidos, ha constatado que el lenguaje cotidiano refleja la calidad de la vida de pareja de matrimonios de mediana edad y ancianos. Así, un estudio en el que participaron 154 parejas, reveló que la frecuencia del uso del pronombre “nosotros” (para referirse a ambos miembros de la pareja como un todo) en sus conversaciones estaba directamente relacionada con su nivel de compenetración. Por el contrario, aquellos individuos que usaban más el pronombre “yo” eran menos felices con sus cónyuges. Por Yaiza Martínez.




Foto: kathe. Morguefile.
Los matrimonios cuyos miembros se refieren a sí mismos como “nosotros”, utilizando más a menudo un pronombre que incluye a ambos en lugar de los pronombres individuales “yo” o “él o ella”, están más compenetrados.

Esto es lo que se desprende de un estudio realizado por un equipo de psicólogos de la Universidad de California en Berkeley
(UCB), en Estados Unidos, en el que se analizaron conversaciones entre parejas de mediana edad y formadas por ancianos.

Según informa la Universidad de Berkeley en un
comunicado, la correlación establecida en la investigación fue la siguiente: aquellas parejas cuyos miembros incluían más al otro cónyuge en sus expresiones, o que usaban más el “nosotros” en su lenguaje, demostraron ser más capaces de resolver conflictos unidos que aquellas parejas en las que no se daba esta situación.

Dos categorías léxicas


En un artículo publicado por los autores del estudio, el psicólogo
Robert Levenson y sus colaboradores de la UCB, en la revista especializada Psychology and Aging, se explica que para la investigación se analizó en concreto la relación entre los pronombres utilizados durante las conversaciones de pareja y la calidad emocional y la satisfacción marital de cada una de las parejas estudiadas.

En total, en el estudio participaron 154 parejas de mediana edad y formadas por ancianos. A estas parejas se les sometió a una conversación conflictiva de 15 minutos de duración, durante la cual se registró continuamente el comportamiento emocional y fisiológico de sus componentes.


Las transcripciones textuales de estas conversaciones fueron clasificadas en dos categorías léxicas: palabras vinculadas a “nosotros” o pronombres relacionados con las parejas y palabras relacionadas con individualidad o pronombres relacionados con cada miembro de la pareja por separado.


Los análisis realizados posteriormente revelaron que una mayor presencia de palabras del primer tipo (pronombre “nosotros” o referencias similares) estaba relacionada con una serie de características deseables de la interacción (ritmo cardiovascular más bajo, comportamiento emocional menos negativo y más positivo).


Por el contrario, se constató que un lenguaje más “individualista” (mayor cantidad de pronombres en singular para referirse por separado a cada miembro de la pareja), se relacionaba con un perfil de relaciones menos deseable (con un comportamiento negativo más acentuado y una satisfacción marital más baja).


Identidad compartida


En definitiva, señalan los investigadores, se ha demostrado que en aquellas parejas en las que se pronuncia más a menudo el pronombre “nosotros” para referirse a ellos mismos hay un comportamiento más positivo entre los miembros que las componen, y también un nivel más bajo de estrés psicológico.


Por el contrario, las parejas que en su habla cotidiana ponen el acento en pronombres como “yo” o “tú” suelen ser matrimonios menos satisfechos.


Los investigadores explican que esta diferencia resultó aún más evidente entre las parejas mayores. En estos casos, el uso de pronombres en singular o individuales estaba más fuertemente relacionado con matrimonios infelices.


De cualquier forma, en el estudio se reveló que estas parejas ancianas utilizaban en general más el “nosotros” que las parejas de mediana edad, lo que sugiere que el haber afrontado obstáculos y superado desafíos juntos a lo largo de la vida, incluyendo sacar adelante a sus familias, aporta un mayor sentimiento de identidad compartida.


Compañerismo y confianza


Levenson señala que la individualidad es un valor profundamente inculcado en la sociedad norteamericana y en las sociedades occidentales en general pero lo cierto es que, al menos en el terreno del matrimonio, ser parte de un “nosotros” bien merece perder un poco del “yo”.


Estudios previos ya habían establecido que el uso del “nosotros” o del lenguaje “individualista” es un indicador claro de la satisfacción marital en parejas más jóvenes.


La investigación de Levenson y sus colaboradores demuestra, además, que la relación entre la forma en que se usa el lenguaje cotidiano y la felicidad conyugal es muy fuerte también en parejas muy estables y duraderas.


El lenguaje puede relacionarse, por tanto, con las emociones y respuestas fisiológicas que se producen en cada individuo cuando los miembros de una pareja hacen piña o, por el contrario, se polarizan en sus posturas de desacuerdo.


Según otro autor de la investigación, el psicólogo de la UCB Benjamin Seider, el uso del “nosotros” en el lenguaje es una consecuencia común derivada del sentimiento de compañerismo, de formar parte de un mismo equipo, y refleja la confianza en ser capaces de afrontar juntos los problemas.


Los científicos afirman que, en definitiva, los resultados del presente estudio indican que los aspectos emocionales de la calidad marital quedan expresados en el lenguaje natural de las parejas cuando éstas establecen cualquier conversación.



Sábado 30 Enero 2010
Yaiza Martínez

La Lengua Se Adapta A La Historia de la Sociedad

Estructura del lenguaje y estructura social

 

La estructura de las lenguas estaría determinada parcialmente por la estructura social de los individuos que las hablan.

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Distribución geográfica de las 2236 lenguas incluidas en el estudio. Fuente: PLoS One.

Psicólogos de la Universidad de Pennsylvania y de la Universidad de Memphis han publicado un estudio sobre evolución lingüística que desafía la hipótesis tradicional de por qué las lenguas difieren unas de otras a lo largo del mundo.
El estudio propone que los idiomas humanos pueden adaptarse como organismos biológicos al medio social más de lo que se creía y que las lenguas más populares y corrientes tienen construcciones más simples para así facilitar su supervivencia.
Según el pensamiento tradicional las lenguas se desarrollan debido a cambios al azar a lo largo de la deriva histórica. Así por ejemplo, el inglés y el turco son lenguas muy diferentes porque se basan en historias que las han separado mucho tanto en el espacio como en el tiempo. Durante años ésta ha sido la asunción ortodoxa de los lingüistas.
En el nuevo estudio publicado PLoS se ofrece una nueva hipótesis que desafía la explicación de la deriva. Gary Lupyan y Rick Dale realizaron un estudio estadístico a gran escala en el que analizaron más de 2000 lenguas diferentes de todas las partes del mundo. El objetivo era comprobar si el ambiente se correlacionaba con ciertas propiedades lingüísticas.
Los investigadores encontraron relaciones entre las propiedades demográficas de las lenguas, tales como la dispersión global, y la complejidad gramatical de esos idiomas.
Las lenguas que tenían más hablantes, y por tanto que estaban más difundidas por el mundo, tenían las gramáticas más sencillas (especialmente su morfología) que las lenguas que eran habladas por unas pocas personas circunscritas a una pequeña región. Por ejemplo, las lenguas habladas por más de 100.000 personas eran, como mínimo, seis veces más probables de tener conjugaciones simples en sus verbos que las lenguas habladas por menos de 100.000 personas.
Las poblaciones más grandes tienden a tener pronombres más simples y un número fijo y pequeño de casos y géneros. Además no emplean prefijos o sufijos complejos en sus gramáticas. Una consecuencia es que las lenguas con una larga historia de adultos que la aprenden han terminado siendo más sencillas de aprender con el tiempo. A pesar de que un indeterminado número de investigadores habían predicho la relación entre relaciones sociales y estructura lingüística, esta es la primera vez que se efectúa un estudio estadístico a gran escala para comprobarlo.
El resultado traza una conexión entre la evolución del lenguaje humano y los organismos biológicos. Así como organismos muy distantes pueden convergen hacia estrategias evolutivas similares en nichos específicos, las lenguas pueden adaptarse al ambiente social en donde son usadas y aprendidas.
Según Lupyan, el idioma inglés puede parecer difícil a la hora de deletrear o debido a sus excepciones a las reglas, pero sus verbos son muy fáciles de conjugar y sus nombres adquieren el plural con una simple “s” en la mayoría de los casos. En comparación, las lenguas del oeste africano tienen docenas de maneras de construir el plural, y en otras (turco, aimara, ainu…) el verbo “saber” incluye información acerca del origen del conocimiento del hablante. Esta información se expresa frecuentemente usando reglas complejas, que en los idiomas más extendidos del globo, como el mandarín, no se dan.
Lupyan y Dale denominan a este efecto social sobre los patrones gramaticales “hipótesis de nicho lingüístico”. Las lenguas evolucionan dentro de nichos socio-demográficos particulares. Aunque todas las lenguas se aprenden de pequeño, la introducción de aprendices adultos en determinadas lenguas (por ejemplo a través de la emigración) significa que los aspectos de la lengua más difíciles de aprender por los adultos son menos proclives a ser transmitidos a la siguiente generación. El resultado es que las lenguas habladas por más gente sobre regiones geográficas grandes han terminado por ser morfológicamente más simples a lo largo de muchas generaciones.
Un misterio sin resolver es por qué las lenguas con pocos hablantes son tan complejas de partida. Una posibilidad, explorada por los investigadores, es que las características tales como el género o los sistemas de conjugación compleja, aunque dificultan a los adultos aprender la lengua, pueden facilitar el aprendizaje de la misma en la infancia gracias a que proporcionan una red de información redundante que puede indicar al niño el significado de las palabras y cómo encadenarlas a las demás.
Los resultados y la teoría de estos investigadores no intentan explicar por qué una lengua específica tiene la gramática que tiene. Incluso, como los hallazgos son estadísticos, se pueden encontrar muchas excepciones a la teoría. Sin embargo, proporciona un análisis amplio de cómo los factores sociales influyen sobre la estructura de las lenguas, y muestra que la relación entre lengua y cultura no es para nada arbitraria.

Copyleft: atribuir con enlace a http://neofronteras.com/?p=2991

Fuentes y referencias:
Nota de prensa de la Universidad de Pennsylvania.
Language Structure Is Partly Determined by Social Structure (en PLoS).
Las palabras menos usadas evolucionan más.
El lenguaje como producto de la evolución cultural.
Origen genético del lenguaje humano.

Los Niños Víctimas del Mercado Capitalista

El juego del mercado*
El juego del mercado*

Considerados los reyes del consumo, los niños son los destinatarios perfectos del discurso publicitario que prescinde de todo artilugio semántico para ir directamente al grano del producto que se ofrece. No solo en los supermercados se bajan las góndolas para ponerlas a su altura, sino, además se los utiliza como modelos publicitarios integrándolos de esa manera al mercado de consumo más salvaje no ligado a ley racional alguna. Marcos Mayer, desarrolla en este capítulo esta temática que alerta sobre el consumo y los niños.

Marcos Mayer / Periodista y escritor

El juego del mercado*

La acelerada construcción de la infancia como enorme mercado no se agota en el hecho de colocar más bajas las góndolas de los supermercados para permitir el acceso directo de los más pequeños a los objetos de consumo. Un reciente estudio realizado en las principales ciudades de Latinoamérica acerca de los hábitos de consumo de niños de entre 6 y 11 años proyecta consumos por más de 1.300 millones de dólares anuales. Incluso se trata de bajar la edad de afán consumista, o al menos de ingreso en el mundo de los objetos preferidos consumo: Telefónica de España (en alianza con la cadena de jugueterías Imaginarium, que también tiene su versión on line) se dispone a lanzar una línea de celulares especialmente pensada para niños que no saben leer, con sólo cuatro teclas. Obviamente no es un juguete, funciona para hablar. Claro que estos objetos que desvelan a los chicos pero también a sus padres, están en la frontera: sirven para comunicarse, pero incorporan accesorios tendientes a volverlos más atractivos: reproductores de músicas, máquinas de fotos, pequeñas cámaras de video y posibilidad de almacenamiento de distintos tipos de archivos. Son juguetes en un cierto sentido, pero también son mercancías con valor de uso y de cambio, dotadas de todo tipo de auras: su rango tecnológico, sus posibilidades de uso, las diferentes marcas y modelos. El niño que elige su celular ya se ha diplomado de cliente, es un integrante por derecho propio del mercado, ya no por su poder adquisitivo sino por sus conocimientos acerca de marcas y de modelos. No compra –o pretende comprar – lo que le habilita su capacidad de compra sino que va detrás del valor (y no por el precio) que exhibe el producto. De allí que los niños sean destinatarios casi perfectos del discurso publicitario, que en su caso prescinde de toda una serie de modulaciones discursivas. Para ellos no se reserva la ironía, rara vez aparece el humor y no se admiten segundas lecturas. De allí que los mensajes bordeen en algunos casos lo peligroso, como en cierta clase de alimentos: un postrecito promete ayudarlos a adquirir una mayor estatura, una marca de cereales se compromete a convertirlos en deportistas consumados. No es cuestión de ponerse demasiado enfático, pero estos discursos tienen algo en común con la promoción de otro tipo de adicciones, no pueden ser codificados más que de manera literal: los cereales garantizan el éxito deportivo, el postre infantil es la llave para dejar de ser bajito y no sufrir complejos.*

*Como los cerebros de los niños están todavía en desarrollo, ellos no pueden ajustarse, como los adultos, a los cada vez más rápidos cambios tecnológicos y culturales. Los chicos necesitan lo que todo ser humano en crecimiento requiere: comida fresca y poco procesada, en lugar de comida chatarra; juegos concretos y no entretenimientos sedentarios frente a una pantalla; experiencias de primera mano del mundo en el cual viven y relaciones con adultos de piel y hueso, no virtuales.” “También necesitan tiempo. En una veloz y ultra competitiva cultura como la nuestra se espera que los chicos ingresen en la escuela a una edad cada vez más temprana y que pasen por una batería de exámenes desde el nivel primario. Las fuerzas del mercado los empujan, además, a actuar y vestir como miniadultos y los exponen mediante la vía electrónica a contenidos que hasta hace poco se habrían considerado inaceptables”. Estos dos fragmentos pertenecen a una carta puesta en circulación por una serie de intelectuales y educadores europeos y norteamericanos. Lo cierto es que, aunque aquí se deje sólo una constancia del problema, la salud física de los niños está puesta en serio riesgo por el consumo de alimentos excesivos en grasa, azúcares, además de incorporarlos al mercado médico recetándoles remedios innecesarios como antidepresivos o diagnosticando síntomas de dudosa existencia como el de “ausencia de concentración” o “ hiperactividad”. Todo impulsado por las necesidades de ampliación del mercado que  experimenta la industria farmacéutica.

Según un artículo aparecido en La Nación: “Hoy se calcula que en productos de consumo general, que van desde comestibles hasta electrodomésticos, los chicos tienen una incidencia del 40 por ciento. Algo que se refleja hasta en las góndolas de los principales supermercados, cada vez más bajas para estar “a la altura de los chicos”.

Especialistas del área confirman que la altura preferida en las góndolas durante los años 80 era de 1,60, estatura promedio de las amas de casa; en los 90, cuando la ida al supermercado se transformó en un paseo de compras familiar, bajó a 0,90”. Otro artículo del mismo diario cita a la especialista Betina Steinberg: “Cada vez son más los publicistas que quieren imágenes infantiles en sus productos. Antes los chicos sólo aparecían en productos infantiles; hoy están en todos los avisos”.

No existe nada que limite, entonces, la conformación del mercado infantil, ni prácticamente producto que quede fuera de él, aunque no sean los chicos sus consumidores directos, como ocurre con el caso de los automóviles. No faltan publicidades que apelen a los chicos para la compra de vehículos, en especial los de uso familiar, que por otra parte vienen equipados con elementos destinados a ellos, como los aparatos de DVD. La cuestión, aquí, de todos modos y para no alejarnos del eje marcado hasta ahora, es cómo se transforma un niño cuando se lo integra a un mercado. Por de pronto se le exige que tome decisiones propias de un adulto; en este caso, comprar cosas que en más de una ocasión –como es el ejemplo emblemático de los celulares (cuyas ventas en Argentina en un público entre 6 y 11 años creció 8 veces en tres años)- exigen inversiones de dinero relativamente importantes. Además, debe ser alguien capaz de diferenciar entre productos similares; a través de la publicidad y de las diversas ofertas se  le pide la adhesión a determinadas marcas. Marcas que acarrean signos no fáciles de decodificar pero que son adoptados por los chicos, como por ejemplo el prestigio. Una marca es mejor, más prestigiosa, da más lustre que otra, garantiza ciertos resultados: unas zapatillas Niké, por ejemplo, traen como correlato la idea de éxito deportivo.

En esta zona de la diferenciación de marcas, la ropa es otro aspecto sobre el que vale la pena reflexionar. Un padre elegiría la ropa de sus hijos basándose no sólo en cuestiones de gusto, sino también de durabilidad y precio. El chico elige de acuerdo con la moda, el impacto que pueden causar ciertas marcas entre sus compañeros de colegio y sus amigos.


Conformar criterios adultos

La segmentación del mercado infantil tiene como una de sus consecuencias que el chico o la chica ya no tome como referencia el atuendo de su padre o de su madre o el que ellos le proponen sino el de sus pares o lo que se le ofrece dentro de la publicidad o las vidrieras.

Aquí se produce una paradoja interesante. El niño debe adoptar criterios adultos para lograr formar parte de ese mercado donde es valorado, tanto en el sentido afectivo como económico del término. Pero, a su vez, debe seguir manteniendo actitudes infantiles para ocupar el segmento que le corresponde. Para decirlo de otra manera, es y no es un adulto, es y no es un niño. Con lo cual ser niño en ese mercado –ya hablaremos en un próximo capítulo de los que están fuera de cualquier mercado, convertidos en mercancía- es una situación tan ambivalente como incómoda. Lo notable es que esa inestabilidad es la que aparece cada vez con más frecuencia en el mundo de la representación, tal como se ha mostrado en páginas anteriores. Niños que no son del todo tales, presentados como modelos para otros niños. Chicos que a su vez han quedado convertidos en sujetos en permanente estado de deseo, porque el consumo que se les impone es aún más salvaje que el que se les propone a los adultos, justamente porque se trata de un consumo que se presenta como no ligado a ley racional alguna.

Quizás como complemento de esta situación, quienes ofrecen las mercancías que podrían consumir o hacer consumir los chicos, los colocan en situación de ser objetos de deseo. Se busca al niño para que consuma como niño y para que obligue al adulto a consumir. Pero para que ocupe ese lugar hay que involucrarlo en más de una dimensión. Ese deseo no es sólo el de captar su voluntad, su cuerpo también está en juego. No extraña entonces que se le pida que lo ofrezca, que lo sexualice.



 
* Extractado de La infancia abusada. Pedofilia y sociedad, Marcos Mayer, Capital Intelectual, Buenos Aires, 2009.

El juego del mercado*

Miseria en la Cultura, Decepción y Depresión

Rebelion

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Leonardo Boff

 

En 1930 Sigmund Freud escribió su famoso libro El malestar en la cultura y ya en la primera línea denunciaba: «en lugar de los valores de la vida, se prefiere el poder, el éxito y la riqueza, buscados por sí mismos». Hoy día estos factores han alcanzado tal magnitud que el malestar se transformado en miseria en la cultura. La COP-15 en Copenhague nos dio la demostración más cabal: para salvar el sistema del lucro y de los intereses económicos nacionales no se ha temido poner en peligro el futuro de la vida y del equilibrio del planeta sometido ya a un calentamiento que, si no es encarado rápidamente, podrá exterminar a millones de personas y liquidar gran parte de la biodiversidad. La miseria en la cultura, o mejor, de la cultura, se revela por medio de dos síntomas verificables en todo el mundo: la decepción generalizada en la sociedad y una profunda depresión en las personas. Ambas tienen su razón de ser. Son consecuencia de la crisis de fe por la que está pasando el sistema mundial.

¿De qué fe se trata? Es la fe en el progreso ilimitado, en la omnipotencia de la tecnociencia, en el sistema económico-financiero, con su mercado, que actuarían como ejes estructuradores de la sociedad. La fe en estos dioses poseía sus credos, sus sumos sacerdotes, sus profetas, un ejército de acólitos y una masa inimaginable de fieles.

Hoy día esos fieles han entrado en una profunda decepción porque tales dioses se han revelado falsos. Ahora están agonizando o simplemente han muerto, y los G-20 tratan en vano de resucitar sus cadáveres. Los que profesan esta religión fetiche constatan ahora que el progreso ilimitado ha devastado peligrosamente la naturaleza y es la principal causa del calentamiento planetario. La tecnociencia que, por un lado, ha traído tantos beneficios, creó una máquina de muerte que sólo en el siglo XX mató a 200 millones de personas y es hoy capaz de exterminar a toda la especie humana; el sistema-económico-financiero y el mercado quebraron, y si no hubiera sido por el dinero de los contribuyentes, a través del Estado, habrían provocado una catástrofe social. La decepción está estampada en los rostros perplejos de los líderes políticos, que no saben ya en quién creer y qué nuevos dioses entronizar. Existe una especie de nihilismo dulce.

Ya Max Weber y Friedrich Nietszche habían previsto tales efectos al anunciar la secularización y la muerte de Dios. No que Dios haya muerto, pues un Dios que muere no es «Dios». Nietszche es claro: Dios no murió, nosotros lo matamos. Es decir, para la sociedad secularizada Dios no cuenta ya para la vida ni para la cohesión social. En su lugar entró el panteón de dioses que hemos mencionado antes. Como son ídolos, un día van a mostrar lo que producen: decepción y muerte.

La solución no estriba simplemente en volver a Dios o a la religión, sino en rescatar lo que significan: la conexión con el todo, la percepción de que la vida y no el lucro debe ocupar el centro, y la afirmación de valores compartidos que pueden proporcionar cohesión a la sociedad.

La decepción viene acompañada por la depresión. Ésta es un fruto tardío de la revolución de los jóvenes de los años 60 del siglo XX. Allí se trataba de impugnar una sociedad de represión, especialmente sexual, y llena de máscaras sociales. Se imponía una liberalización generalizada. Se experimentó de todo. El lema era «vivir sin tiempos muertos; gozar la vida sin trabas». Eso llevó a la supresión de cualquier intervalo entre el deseo y su realización. Todo tenía que ser inmediato y rápido.

De ahí resultó la quiebra de todos los tabúes, la pérdida de la justa medida y la completa permisividad. Surgió una nueva opresión: tener que ser moderno, rebelde, sexy y tener que desnudarse por dentro y por fuera. El mayor castigo es el envejecimiento. Se concibió la salud total, y se crearon modelos de belleza, basados en la delgadez hasta la anorexia. Se abolió la muerte, convertida en un espanto.

Tal proyecto posmoderno también fracasó, pues con la vida no se puede hacer cualquier cosa. Posee una sacralidad intrínseca, y límites. Si se rompen, se instaura la depresión. Decepción y frustración son recetas para la violencia sin objeto, para el consumo elevado de ansiolíticos y hasta para el suicidio, como ocurre en muchos países.

¿Hacia dónde vamos? Nadie lo sabe. Solamente sabemos que tenemos que cambiar si queremos continuar. Pero ya se notan por todas partes brotes que representan los valores perennes de la condición humana: casamiento con amor, el sexo con afecto, el cuidado de la naturaleza, el gana-gana en vez del gana-pierde, la búsqueda del «bien vivir», base para la felicidad, que es hoy fruto de la sencillez voluntaria y de querer tener menos para ser más.

Esto es esperanzador. En esta dirección hay que progresar.

* El autor es teólogo, filósofo e escritor

 Fuente:http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?boletim=1&lang=ES&cod=44250

¿Nueva Visión de Procesos Sociales A Partir de la Cuántica?

La física cuántica arroja una nueva visión de los procesos sociales

El conocimiento es fruto de la experiencia social, pero nunca se es consciente de todos los acontecimientos simultáneos porque la percepción actúa a modo de barrera. Con la física cuántica, sin embargo, empezamos a entender que la realidad que observamos no tiene fronteras. Sólo existen probabilidades que propician la construcción de nuevas realidades, que se concretan según la voluntad del actor, el cual actúa como “atractor extraño” de dichas posibilidades. Sin embargo, las valoraciones sociales actuales no dejan de responder a la ilusión de que estamos viviendo un progreso lineal. Como consecuencia, se adopta una concepción determinista y trágica del ser humano y de sus funciones sociales. Luego nos sorprendemos de “la desidia y del conformismo existentes”. Por Alicia Montesdeoca.


La unidad social no viene dada por la homogeneización del pensamiento, sino por aquella expresión colectiva que permite que el conocimiento alcanzado sea fruto de la experiencia común, en la que cada sujeto es protagonista y aporta, con sus vivencias, un matiz diferente, con lo que se obtiene una intensidad mayor del color del producto social logrado.

La pregunta permanente se abre paso a través de las mentes y, en su desarrollo, trata de buscar explicaciones para comprender y a la vez explicar. Este proceso, que es colectivo, siempre, en algún momento, encuentra una forma de salir a la superficie. El vehículo puede ser un individuo o un grupo. En ambos casos, estarán vinculados a la realidad que se conceptúan, y que se sintetizan, y, por lo tanto, son recolectores de los frutos que han sido cultivados en el campo de la mente social.

El conocimiento es, pues, un producto fruto de la experiencia, gestada y nutrida por todos, aunque no se tenga conciencia de ello, porque, aunque lo pretendamos, nunca se es consciente de todos los acontecimientos simultáneos en los que estamos involucrados. En este contexto, también, hemos de enunciar aspectos que ayuden a encontrar una comprensión mayor, para acabar con la percepción falsa de límites, separaciones, divisiones o fronteras.

Llegar a comprender la verdadera naturaleza del ser humano y de su entorno supone adentrarnos, a través de la maraña densa que la historia, interpretada por la ciencia, la filosofía y las religiones, ha construido sobre aquella.

Ken Wilber, en la introducción a su obra “La conciencia sin fronteras” dice: “Es como si nuestra percepción habitual de la realidad no fuera más que una isla insignificante, rodeada por un vasto océano de conciencia, insospechado y sin cartografiar, cuyas olas se estrellan continuamente contra los arrecifes que ha erigido a modo de barreras nuestra percepción cotidiana” .

Fronteras

Este autor parte del principio de que existe una unidad de conciencia o identidad suprema, la cual constituye la naturaleza y condición de todos los seres sensibles, pero, paulatinamente, vamos limitando nuestro mundo y nos apartamos de nuestra verdadera naturaleza al establecer fronteras.

“Efectuamos, dice, una división artificial en comportamientos de lo que percibimos: sujeto frente a objeto, vida frente a muerte, mente y cuerpo, dentro y fuera, razón e instinto, y así recurrimos a un divorcio causante de que unas experiencias interfieran con otras y exista un enfrentamiento entre distintos aspectos de la vida”.

La importancia de esta forma bipolar de divisiones que establecen líneas de conocimiento, “es que siempre tendemos a tratar la demarcación como si fuera real, y después manipulamos los opuestos así creados. Aparentemente, jamás cuestionamos la existencia de la demarcación como tal. Y como creemos que ésta es real, imaginamos tercamente que los opuestos son irreconciliables, algo que está para siempre separado y aparte”.

Visión cuántica de la sociedad

Con la física cuántica, sin embargo, empezamos a entender que la realidad que observamos ni está dividida, ni es previsible. El universo visto desde la física subatómica no tiene fronteras, ni se puede medir con exactitud cómo va a conducirse.

Así se descubre que, en los comportamientos de un sistema formado a partir de la construcción de “metademarcaciones”, sólo existen probabilidades, es decir, sólo se pueden ofrecer conjeturas. Con la enunciación de su principio de incertidumbre, Heisenberg pone de manifiesto el fin del “marco rígido”, el desplome de las viejas demarcaciones establecidas por la física clásica. Admitiendo la incertidumbre se admite, también, la posibilidad de cambio y de construcción de nuevas realidades, se tiene presente la potencia de la realidad, lo contingente.

Gary Zukav, en La Danza de los Maestros, considerada la mejor obra divulgativa de la física cuántica, dice: “La mecánica cuántica nos enseña que nosotros no estamos separados del resto del mundo, como habíamos creído. La física de las partículas nos enseña que el resto del mundo no es algo que permanece ocioso allá afuera. Por el contrario, es un brillante campo de continua creación, de transformación y, también, de aniquilamiento. Las ideas de la nueva física pueden dar lugar a que se produzcan experiencias extraordinarias cuando son captadas en su totalidad”.

Si proyectamos filosóficamente las conclusiones de la mecánica cuántica, podemos afirmar que no sólo influimos en nuestra realidad sino que, en cierta medida, la creamos. Es decir, podemos afirmar que materializamos ciertas propiedades en la sociedad porque elegimos medir esas propiedades.

El famoso físico John Wheeler escribió: “Al universo ¿lo atrae, de alguna manera, a la existencia la participación de los participantes?... El acto vital es el acto de participación. Participador es el nuevo concepto incontrovertible ofrecido por la mecánica cuántica. Derrota el término observador, de la teoría clásica, que designa al hombre que está seguro detrás de un grueso cristal protector y observa lo que ocurre a su alrededor sin participar en ello. Esto es algo que no puede hacerse en la mecánica cuántica”

Causa y efecto de la experiencia

Desde estas aportaciones teóricas, podemos precisar, con mejor luz, que el objeto social, tomado para el análisis, es causa y efecto de la experiencia individual y colectiva: esta experiencia se va construyendo con cada acción (entendiendo ésta como acto consciente e inconsciente; voluntario e inducido; físico y mental). De esta manera, también podemos percibir que cada presente es una captación instantánea de todos los presentes, el cual interpretamos con los recursos cotidianos de nuestro espacio tiempo.

En consecuencia, cualquier comunidad, en cualquier presente, es producto de los factores que laten en ese instante, con su propia impronta derivada de los elementos que están interactuando, para la configuración de esa realidad: económica, política, cultural.

Cada presente está impregnado así de la “información” necesaria para reproducir, en cualquier instante o en cualquier condición, el impulso de la vida con sus ciclos. Desde esta perspectiva, las sociedades se configuran como macro-células de un gran organismo planetario, sujeto a las mismas leyes de la materia cósmica que se encuentra en el universo.

Nuevo conocimiento y viejas creencias

Toda esta reflexión nos hace descubrir las contradicciones que existen entre las ideas que sugieren el nuevo conocimiento y las creencias que existen sobre lo que conocemos y cómo lo conocemos.

En primer lugar, el sujeto del conocimiento se siente el “observador de la realidad”. Una realidad que está fuera de sí mismo y a la que puede conocer objetivamente. Sin embargo, según señala en su obra “Languages of the brain” el neurocirujano de Stanford Kart Pribram, ese ser, en apariencia individual, que se presenta como sujeto porque se siente en ese instante “el observador”, desconoce que su cerebro es un holograma que interpreta un universo holográfico.

Y es que con la física cuántica aparece también el concepto de realidad como un todo que no se puede fragmentar para ser explicado, tal como ocurre con un holograma. También, la realidad aparece como potencia para la creación, donde se dan, simultáneamente, infinitas posibilidades de formas de expresión, que se concretan según la voluntad del actor, el cual actúa como atractor extraño de dichas posibilidades.

Para la física cuántica, cualquier realidad es posible, pero, según sea el “observador-participador” sólo se concreta una: todo es posible y sólo hay una concreción; todo es posible aunque se concrete sólo una expresión. El potencial cuántico depende de las interacciones entre las “partículas” del sistema y el contexto.

Si proyectamos los principios de la mecánica cuántica al escenario de lo social, podemos concluir que cualquier estructura se sostiene porque no se cuestiona. Las realidades son alimentadas por la rigidez de los pensamientos que se adueñan de nuestra capacidad de conocer, y que, como verdaderas murallas, nos impiden acceder a una comprensión mayor de aquella realidad última que perseguimos, incansablemente, los humanos de todos los tiempos.

La comprensión de esto nos lleva a observar la realidad a partir de su potencia de creación, no sólo de su concreción temporal, y a mirar, críticamente, la posible arbitrariedad de aquel pensamiento que se sostiene con afán categorizador, porque limita las posibilidades de conocimiento, de creación y de cambio, impidiendo que se despliegue toda aquella otra realidad que no está dentro de su ángulo de focalización.

El pensamiento social, de espaldas al conocimiento científico

Por eso, las valoraciones sociales que hoy se hacen y que marcan profundamente la acción, no dejan de responder a una ilusión: la ilusión de que estamos viviendo un progreso lineal. Una linealidad que somete a la sociedad y a sus individuos a la creencia misma en dicha ilusión y que se retroalimenta con una formación a-crítica, generadora de conductas individualistas.

Las opciones sociales, nunca fruto de la elección personal sino del discurso con mayor autoridad y prestigio temporal, no suelen ser cuestionadas por las ciencias humanas, que se limitan a relatarlas. Las ciencias humanas, también, quedan atrapadas en ese discurso y en la ilusión evolucionista (lineal), a pesar de los nuevos conocimientos sobre la realidad que provienen, fundamentalmente, de las nuevas ciencias físicas y biológicas.

Las consecuencias prácticas son trascendentales. Tomada “la realidad social”, como un universo aislado, estático, inercial y previsible, se cae en el análisis de los valores “imperantes” en bloque. De esta forma no se tiene en cuenta la coyuntura en la que los valores se producen, dándoseles categoría de absolutos y pensando siempre que son consecuencia de un proceso civilizador. Este análisis no considera la importancia de las creencias en las bondades del modelo imperante, sostén imprescindible para la existencia de dicho modelo.

Es el precio del desarrollo, se afirma, dando por sentado que las consecuencias no deseadas son fruto de una ley de compensación natural contra la que no se puede hacer nada. Una afirmación que se niega a mirar las distorsiones que se producen a causa de la propia visión fragmentadora o categorizadora que la caracteriza.

Como consecuencia, se adopta una perspectiva del presente que juzga el aquí y ahora con una concepción determinista y trágica del ser humano y de sus funciones sociales. Al sujeto se le supone, aparentemente por consenso, sin esencia alguna que le sirva de timón, gobernado por los valores especulativos, sin intereses que no sean los propuestos por el mercado, sin impulsos de proyección, sin potencial ni esperanza para construir algo distinto al ideal que se predica. En definitiva, sin capacidad de reacción.

Agujero negro social

Con esta visión funcional, el sujeto parece quedar atrapado por las leyes del sistema y engullido por un enorme “agujero negro” de “no vida”. Esta visión abarca, mecánicamente, al sujeto de todas las culturas, de todos los estratos sociales, que de esta forma queda convertido en una abstracción esperpéntica: el ciudadano es un tipo sin alma; una marioneta sin voluntad, movida por los vientos de la especulación y el mercantilismo, gobernada por un discurso vacío del que permanentemente se hacen eco, multiplicando sus efectos, los llamados “medios de comunicación”.

Es como si la “muerte de Dios” por decreto, incluyera la desaparición del sujeto como expresión de un espíritu con voluntad creadora. Ese sujeto sin espíritu, sin voluntad, sin sentimientos, es un ente vacío, robotizado, dirigido con mando a distancia (a cuanta más distancia de él mejor se le dirige): de ahí a carecer de responsabilidad en sus actos no hay ni un paso.

Luego nos sorprendemos de “la desidia y del conformismo existentes”, de los niveles que alcanzan los conflictos, de las características que adoptan las violencias, de la magnitud de los integrismos, de la masiva aceptación de las políticas neo-nazis... de los modos suicidas con que nuestros jóvenes “viven a tope” sus mejores años: cada vez se les dificulta más el encuentro con la identidad, también las referencias para alimentarla. Todo ello porque la mirada adolece de un grado intenso de miopía para ver a lo lejos y en múltiples direcciones.



Domingo 19 Noviembre 2006
Alicia Montesdeoca
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