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Las 14 Acciones Virtuosas

Ninguna palabra puede reemplazar a la práctica sólo la práctica puede hacer a las palabras.

Las 14 acciones virtuosas del maestro Thich Nat Hanh

Lectura: 2 minutos

Thich Nhat Hanh nació en Vietnam en 1926. Ha sido monje budista durante más de cuarenta años además de poeta y activista por la paz. Fue nominado por Martín Luter King Jr. Para el Premio Nobel de la Paz en 1967. Actualmente vive en Plum Village, una comunidad budista cerca de Burdeos, Francia, que él fundó en 1982. Ha escrito más de 60 libros, destaca su libro: "Versos para vivir con atención".
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Mente abierta, corazón abierto.


1. No seas idólatra ni te ates a ninguna doctrina, teoría o ideología, incluso las budistas. Todos los sistemas de pensamiento son guías, no son la verdad absoluta.

 



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Siempre listo para aprender como niños, "si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos." (Mateo 18:2-4)



2. No creas que el conocimiento que tienes ahora es absoluto, inmutable. Evita ser de mentalidad estrecha y atarte a los puntos de vista presentes. Aprende y practica el desapego de tus puntos de vista para estar abierto a recibir los puntos de vista de los demás. Preparate para aprender a través de todo, a observar en tí mismo y en el mundo en todo momento.





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Aprender y enseñar democráticamente (Paulo Freire)



3. No fuerces a los demás, ni siquiera a los niños, por ningún medio en absoluto, a adoptar tus puntos de vista, ya sea por autoridad, amenaza, dinero, propaganda o incluso educación.

Sin embargo, por medio del diálogo compasivo, ayuda a los demás a renunciar al fanatismo y a la estrechez.






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La injusticia de un mundo egocentrista, un niño duerme abandonado en una calle de Asunción, Paraguay, sin que nadie se interese por él.




4. No evites el contacto ni cierres tus ojos al sufrimiento.
No pierdas la conciencia de la existencia del sufrimiento en la vida y del mundo. Encuentra maneras de estar con aquellos que sufren por todos los medios. Incluyendo el contacto personal y las visitas, imágenes y sonido. Por tales medios despierta en ti mismo y en los demás la realidad del sufrimiento en el mundo.







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Capitalismo y egocentrismo, la fuente de las injusticias


5. No acumules riquezas mientras millones están hambrientos. No tomes como objetivo de tu vida la fama, el provecho, la riqueza o el placer sensual. Vive simplemente y comparte el tiempo, la energía y los recursos materiales con los que estén en necesidad.




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La importancia de la Serenidad. La compasión budista es el perdón y amor cristiano, que es la misericordia musulmana ,la bondad taoista, la piedad judía. Ser espiritual, reflexivo, crítico y creativo es la mejor manera de desarrollar la paz interior a toda prueba.




6. No mantengas ira u odio. Tan pronto como surjan la ira o el odio practica la meditación sobre la compasión para comprender profundamente a las personas que han causado ira u odio. Aprende a ver a los otros seres con los ojos de la compasión.




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Practicar la oración y meditación  de media hora a una hora al día (lo ideal según estudios científicos) para desarrollar la paz interior,la misericordia, el perdón y la comprensión, la intuición y la reflexión no solo a uno le desarrolla más en todo, sino que lo libera de traumas y sufrimientos con el tiempo. Incluso a uno lo transforma en su carácter y en su destino por tanto, pudiendo aplicar plenamente los Principios de la Ecología emocional y otras filosofías y terapias prácticas para mejorar la vida.

7. No te pierdas en la dispersión ni en el ambiente que te rodea. Aprende a practicar la respiración para recuperar la compostura del cuerpo y de la mente, para practicar la atención, y para desarrollar la concentración y la comprensión.


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La violencia verbal es tan común, que ya pensamos que no es violencia. Las acciones pueden criticarse educativamente, pero no es correcto juzgar a las personas y solo despreciarlas totalmente por sus errores, salvo que nos dañe gravemente en la salud y la vida, pero solo muy excepcionalmente. Este principio debería regir los debates políticos, así serían más educativos y menos destructivos.




8. No pronuncies palabras que puedan crear discordia y causar ruptura en la comunidad. Haz todos los esfuerzos para reconciliar y resolver todos los conflictos, aunque sean pequeños.


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Otra forma de violentar verbalmente


9. No digas cosas falsas por interés personal o para impresionar a los demás. No pronuncies palabras que causen desviación u odio. No difundas noticias que no sabes que no son ciertas. No critiques ni condenes cosas de las que no estás seguro. Habla siempre verdadera y constructivamente. Ten el valor de hablar sobre situaciones de injusticia, aún cuando hacerlo pueda amenazar tu propia seguridad.



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Monjes budistas protestando contra la dictadura en Myanmar, 2009. Los religiosos no deberían involucrarse directamente en política, ya que ejercen uno de los poderes más grandes de la sociedad (el poder religioso) Pero los laicos sí deben involucrarse, pero no con un sentido egocentrista. Los partidos políticos no deberían ser el todo, apenas deberían ser herramientas ciudadanas para administrar el bienestar público. En realidad, en una verdadera democracia, no habrían partidos políticos, ya que la ciudadanía podría administrar directamente el bienestar público. Pero para esto falta tiempo aún.



10. No uses a la comunidad budista para ganancia o provecho personal, no transformes tu comunidad en un partido político. Una comunidad religiosa debe, sin embargo, tomar una actitud clara contra la opresión y la injusticia, y debe esforzarse por cambiar la situación sin engancharse en conflictos partidarios.




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Agrotóxicos y sus consecuencias en Paraguay



11. No vivas con una vocación que sea dañina para los humanos y la naturaleza. No inviertas en compañías que priven a los demás su oportunidad de vivir. Elige una vocación que te ayude a realizar tu ideal de compasión.


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Palestino resistiendo pacíficamente a un soldado israelí invasor


12. No mates. no permitas que otros maten. Encuentra todos los medios posibles para proteger la vida y prevenir la guerra.



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Protestas en Grecia contra la crisis financiera, 2010.



13. No poseas nada que debería pertenecer a los demás. Respeta la propiedad de los demás pero evita que los demás se enriquezcan con el sufrimiento humano o el sufrimiento de otros seres.




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Variación del asana de flexión hacia delante, es realmente hermoso poder hacerlo. Hacer dieta, gimnasia y cuidar el cuerpo es la primera manera de desarrollarse espiritual y psicológicamente. Ama a tu prójimo amándote a ti mismo es la regla cristiana y lo mismo se encuentra en otras creencias, esto sirve incluso para los que no creen en nada, que es una forma de creencia también.



14. No maltrates a tu cuerpo. Aprende a manejarlo con respeto. No veas a tu cuerpo simplemente como un instrumento.


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Sexo sin amor no solo no satisface, sino que con el tiempo enferma, porque no abarca la plenitud de la naturaleza humana (que es espiritual también) Incluso las mal llamadas "aventuras románticas" causan daño a largo plazo, porque siempre son inestables, pasajeras y siempre dejan un vacío detrás. La cultura moderna y posmoderna actual, al ser racionalista y de orientación androcentrista (machista) por tanto, valora demasiado las explosiones de amor apasionado e instintivo, una forma de relación demasiado infantil para permitir una maduración y desarrollo pleno del verdadero amor romántico (Erich Fromm) Al ser una relación demasiado prematura y acelerada, no se desarrolla bien y termina como una flor que crece sin un tallo sólido, ante la primera adversidad se rompe. La verdadera relación amorosa plena y madura, siempre lleva a una relación duradera, en realidad, en una cultura de plenitud humana y conciente, en la mal llamada adolescencia ya se forma la pareja que será para siempre.

 

Preserva las energías vitales (sexual, respiración, espíritu) para la realización del camino. La expresión sexual no debería ocurrir sin amor y compromiso. En las relaciones sexuales, sé consciente del sufrimiento futuro que pueda causarse.
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Para preservar la felicidad de los demás, respeta los derechos y compromisos de los demás. Sé plenamente consciente de la responsabilidad de traer nuevas vidas al mundo. Medita sobre el mundo al que estás trayendo nuevos seres.
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No creas que yo siento que sigo todos y cada uno de estos preceptos perfectamente. Sé que fallo de muchas maneras. Ninguno de nosotros puede cumplir plenamente cualquiera de ellos. Sin embargo, debo trabajar hacia esa meta. Esa es mi meta. Ninguna palabra puede reemplazar a la práctica sólo la práctica puede hacer a las palabras. "El dedo que señala a la luna no es la luna".

  

Extraído de las enseñanzas de Thich Nat Hanh y adaptado por Pensamiento consciente, editado con imágenes para altermediareflexiones.

Modelo Matemático-Fisico Sobre Cooperación

Cooperación, castigo e hipocresía


Un modelo, que considera la cooperación como propiedad emergente, sugiere que, bajo ciertas condiciones, el comportamiento deshonesto de algunos individuos puede mejorar la sociedad.

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Evolución de la población del modelo. Fuente: Physicsworld.

Podemos creer que las leyes morales son impuestas por designio divino o pensar que si son un hecho natural deben ser un producto natural de la evolución socio-biológica y que pueden estudiarse científicamente. Después de todo, una sociedad formada por una especie inteligente que no desarrolle unas reglas mínimas de comportamiento está condenada al fracaso y a la desaparición.
Hace no tanto publicábamos en esta misma web dos resultados recientes sobre cómo mantener la cooperación en las sociedades humanas y evitar que proliferen las personas aprovechadas. Aunque trataba de dos casos más experimentales, también se mencionaba de pasada los modelos de simulación computacional. Pues bien, el caso que vamos a ver ahora es precisamente uno de de estos modelos computacionales que está basado en la Física Estadística y en la racionalidad.
La pregunta del millón es saber cómo la ética o la moral aparecen en un mundo donde cada uno sólo mira para sí mismo. Según los resultados de este modelo la respuesta yace en cómo las personas interaccionan con sus vecinos más próximos en lugar de en la sociedad en su conjunto. El estudio fue dirigido por Dirk Helbing, del ETH de Zurich, y además sugiere que, bajo ciertas condiciones, el comportamiento deshonesto de algunos individuos puede mejorar la sociedad.
Un bien común como los recursos naturales o los beneficios sociales son frecuentemente agotados porque el interés de cada individuo ignora el conjunto del mundo o la sociedad. El comportamiento cooperativo puede ser forzado mediante el castigo, pero requiere tiempo y esfuerzo por parte de los otros y éstos pueden dejar de aplicar los correctivos. Sin correctivos los oportunistas o aprovechados pueden campar a sus anchas en detrimento de todos los demás y finalmente agotar el recurso común.
La pregunta, una vez más, es saber cómo aparece la cooperación. Ya hemos visto en esta misma web cómo se han propuesto la reciprocidad indirecta, la reputación, el castigo o la recompensa como mecanismos que aseguran el mantenimiento de la cooperación. Sin embargo, según el grupo de Helbing, nada de esto es necesario para que la cooperación florezca.
Para llegar a esta conclusión los investigadores se centraron en la idea de que los individuos se comportan de una manera racional en función de cómo lo hacen sus vecinos, en lugar de en cómo lo hace la población entera (esta última posibilidad exige unos buenos canales de comunicación que permitan acuerdos de castigo, algo que no tiene por qué estar presente).
Es aquí donde aparecen las ideas de Física Estadística. Así, el magnetismo en el modelo de Ising depende del comportamiento de los espines y de cómo éstos interaccionan con los próximos vecinos, idea que es frecuentemente más realista que las aproximaciones de campo promedio. De este modo el campo magnético macroscópico surge de esta interacción a nivel local. Otros ejemplos típicos son los bancos de peces o las bandadas de aves, cuyos individuos sólo actúan bajo unas reglas fijas dependiendo de lo que hacen los vecinos. De este modo aparece una propiedad emergente que no estaba presente en las unidades individuales. La moral social, según este modelo, sería una propiedad emergente, idea que se pierde en otras aproximaciones al problema.
El modelo se basa en la teoría de juegos y se impone sobre una red cuadrada de 10.000 puntos que representan individuos. Cada individuo puede adoptar una de cuatro estrategias posibles (o estados): cooperar sin castigar a los aprovechados (individuos cooperativistas), cooperar y castigarlos (individuos moralistas), ser un aprovechado o ser un oportunista y aún así castigar a otros aprovechados (individuos hipócritas) o ser simplemente un oportunista. Inicialmente las cuatro estrategias son distribuidas al azar sobre la red y se deja evolucionar el sistema hasta ver qué comportamiento prevalece a largo plazo o se llega a una situación estable.
La evolución del sistema se ve influenciada bajo tres variables: las multas que penalizan a los oportunistas, el costo de la administración del correctivo y un “factor de sinergia” que estipula cuánto es mejorada la suma de las contribuciones individuales por la acción colectiva.
El programa elige un individuo al azar y calcula cuánto puede ganar en relación a sus cuatro vecinos más próximos dadas las estrategias empleadas por cada vecino. Esto es entonces repetido reiteradamente para otros vecinos. La estrategia empleada por cada individuo es entonces modificada a la luz del éxito o fracaso de sus vecinos, de este modo los individuos pueden imitar a aquellos que lo hacen mejor que ellos.
Después de correr la simulación durante 10 millones de iteraciones bajo distintos parámetros se alcanzaron resultados intrigantes. Como era de esperar, si la razón multa/coste y el factor de sinergia eran bajos entonces finalmente todos los individuos se convertían en aprovechados egoístas, al igual que los moralistas eran mayoría si esos valores eran lo suficientemente altos. Sin embargo, también se encontró que los moralistas podían ser mayoría incluso si el costo de administración de castigo era alto. Esto se debía a que el proceso de imitación de los vecinos que más beneficios obtenían pronto daba lugar a agregados o dominios en los que había cooperativistas y moralistas en un mar de oportunistas. Como los moralistas se enfrentaban mejor a los aprovechados que los cooperativistas al final terminaban por dominar el sistema.
Quizás lo más fascinante es que también se encontró una colaboración entre moralistas e hipócritas, ya que los hipócritas podían coexistir a expensas tanto de cooperativistas como de aprovechados. Esto ocurría cuando el costo del castigo era alto, las multas moderadamente altas y la sinergia no particularmente alta. Según los autores este escenario es apoyado por la existencia de hipócritas en el mundo real (aunque ellos los llaman “inmorales”).
Según uno de los investigadores, la contribución de la Física Estadística a este campo puede ser el darse cuenta de que un gran número de jugadores puede dar lugar a un comportamiento colectivo que no puede ser obtenido del análisis de juegos a dos jugadores. Por tanto, los modelos computacionales pueden ser considerados pre-experimentos que ayuden a diseñar sofisticados experimentos de laboratorio.
El equipo de investigadores está construyendo un laboratorio en el que sea posible realizar experimentos de teoría de juegos con 36 personas, y que les permitirá comprobar las predicciones del modelo.
Herbert Gintis, del Instituto Santa Fe, y no implicado en el estudio, cree que la incorporación de estas interacciones a corto alcance son importantes, pero que además habría que considerar las relaciones genéticas de la gente, porque su comportamiento depende de si están tratando o no con un familiar cercano.
La parte positiva es que este modelo predice que la fracción de individuos que cooperan es mayor que en los modelos lineales, en donde el bien común es proporcional a la fracción de los que cooperan dentro del grupo.
Quizás esto explique que, a pesar de todo, hay individuos que ayudan a los demás.

Copyleft: atribuir con enlace a http://neofronteras.com/?p=3120

Fuentes y referencias:
Noticia en Physicsworld.
Copia artículo original I.
Copia artículo original II.
Nuevas ideas sobre cooperación.
Cooperación y fuerzas históricas.
Zanahoría mejor que palos.
Sobre la aparición de la cooperación.
Cooperación y evolución.
Colonias extensas de mohos mucilaginosos.
¿Sentido de la injusticia en los perros?
Altruismo bacteriano.
Modelo matemático sobre el altruismo.
Cooperación, reputación, rumores y hechos.
Sobre las bases fisiológicas de las normas sociales.
El sentido de la justicia viene en parte determinado genéticamente.
Cooperación y castigo en modelo teórico.
Tenemos un impulso igualitario innato.
Confirman la región cerebral relacionada con el sentido de la justicia.
La amenaza de castigo crea la cooperación.
Chimpancés cooperativos y altruistas.

El Corazón de La Materia

Un ensayo básico actualiza la filosofía de Teilhard

 

“El Corazón de la Materia”, escrito en 1950, culmina la evolución de su visión interior


El tomo XIII de la edición francesa de las Oeuvres, los ensayos filosóficos y teológicos de Pierre Teilhard de Chardin (bajo el título general de La Coeur de la Matière) no había sido traducido al castellano hasta el 2002. En este artículo se sintetizan las líneas de fondo del ensayo autobiográfico (escrito en 1950, hace ahora sesenta años), que da nombre al volumen: El Corazón de la Materia. Este ensayo (que suele ser poco citado en España, al no haber sido traducido hasta 2002), se sitúa aquí dentro de la obra general teilhardiana. Este ensayo, escrito pocos años antes del fallecimiento de Teilhard, revela un avance en la maduración de su pensamiento. Es breve pero denso, y es fundamental para entender el pensamiento teológico, espiritual y místico del Teilhard enfermo, débil y anciano. El Corazón de la Materia está impregnado de referencias autobiográficas e introspectivas que resumen la experiencia interior del autor. Por Manuel Medina Casado, María José Medina de la Fuente, María Dolores Prieto Santana y Leandro Sequeiros.


Las llamadas Obras Completas de Teilhard fueron editadas en Francia en trece tomos después de su muerte y han sido casi totalmente traducidas al castellano. Se trata de ensayos de tipo filosófico, teológico y espiritual, casi todos inéditos, al serle prohibido su publicación en vida del autor. El último tomo traducido, El Corazón de la Materia lo ha sido en 2002.

En sus obras,
Teilhard centró en la evolución cósmica en el tiempo intentando, a partir de los datos aportados por las ciencias de la Tierra y las ciencias de la Vida, una síntesis entre ciencia, filosofía, teología y mística. Su filosofía/teología es así una proyección del sentido del ser humano en el mundo que, desde el futuro, ilumina el pasado. Dios, el mundo, la materia, la socialización, la esperanza, lo humano se amalgaman en una unidad fascinante.

En el año 1950, cinco años antes de su fallecimiento en Nueva York, Teilhard redacta un escrito sorprendente de tipo autobiográfico que titula El Corazón de la Materia. El fondo de este ensayo se condensa en esta frase del propio autor: “este año de 1950 culmina la evolución de mi visión interior”.


Teilhard cuenta ya 69 años. Antes se dedicó –nos parece- a poner unos rayos de luz, a modo de ráfagas de linterna, sobre la ingente realidad del pasado del hombre y por extensión del mundo y del cosmos. Desde la Ciencia, desde la Fe comprometida, desde cualquier parte del mundo.


Las experiencias de infancia y la maduración del pensamiento


Dos aspectos convienen resaltar en una primera lectura de El Corazón de la Materia. Por un lado, la insistencia que pone Teilhard en sus experiencias de infancia, tanto a la influencia espiritual de su madre como al despertar a la Naturaleza. Éste se realiza gracias al coleccionismo de fósiles, animales, vegetales y rocas volcánicas que hacían sus familiares, y que suscitó en él la temprana vocación a lo que se llamaba en los manuales escolares Historia Natural.


Por otra parte, en El Corazón de la Materia resalta el extenso uso por parte de Teilhard del lexema “génesis” en la elaboración de múltiples conceptos que no cesa de utilizar en sus más importantes obras:
cosmogénesis, biogénesis, noogénesis, antropogénesis, ortogénesis, cristogénesis, etc. Esto muestra su empeño y esfuerzo científico por explicar esas diversas “génesis” u orígenes de cada cosa. Una lectura atenta, 60 años más tarde, de El Corazón de la Materia de Pierre Teilhard de Chardin, nos permite percibir que los latidos de ese corazón maduro siguen latiendo. Pese a que Teilhard en esa época había padecido algunas crisis cardíacas, su alma seguía tejiendo hondos sentimientos.

Dónde y cuándo fue escrito El Corazón de la Materia


En el mes de agosto de 1950 Teilhard redacta el texto más largo y complejo de este ensayo al que puso como título El Corazón de la Materia. Lo redacta reflexiva y pausadamente en la finca familiar de Les Moulins mientras pasaba unas vacaciones en Francia. Es un momento de plena madurez en nuestro autor. Firma el escrito precisando incluso la fecha: el 15 de agosto, fiesta de la Asunción de María. Se nos antoja que es, una vez más, la devoción mariana la que le dicta el día.


Dentro del amplio conjunto de la obra filosófica y espiritual de Teilhard, ¿qué lugar ocupa El Corazón de la Materia? En cuanto al tamaño material, es decir, en cuanto al número de páginas, que en rigor serían en torno a 50, se puede calificar esta obra como de tamaño menor. Pero si la comparamos con la obra más compacta, larga y pensada, como es El Fenómeno humano, el ensayo que glosamos podría pasar por un capítulo y no precisamente el más largo. Si la comparamos sólo en cuanto al tamaño material se refiere, con El Medio Divino (175 pags.), (la segunda obra de alta divulgación en extensión), El Corazón de la Materia, es menos de un tercio.


No obstante, el momento o circunstancia en que Teilhard escribe es de reflexión pausada, de madurez casi plena, de estancia feliz con familiares y amigos en una Francia que comienza a ser próspera al igual que una Europa que ve alejarse el fantasma de la última guerra y de la locura colectiva que supuso.


En el año 1950 se viven días de recuperación económica, en una Europa que no quiere mirar al pasado inmediato (años 1930-45 aproximadamente). Es una época de experimentos sociales fallidos soportados una vez más, sobre todo por el pueblo llano y los que no tuvieron poder de decisión alguna, que, por cierto, fueron la inmensa mayoría. Pero no sólo nos referimos al año de un continente entero, Europa, sino más bien al año de la vida de una persona que se acerca a su fin biológico con la madurez que dan los años.


Parece ser que estos días de vacaciones en la casa familiar evocan interiormente a Teilhard toda su vida. Es un momento de felicidad interior cuando en el verano de 1950 se lanza a escribir, parece que en muy poco tiempo, este ensayo: El Corazón de la Materia. Teilhard revive su infancia, sus primeros años de jesuita, su formación en Inglaterra, los primeros contactos con la geología y con la paleontología. La experiencia en las trincheras durante la guerra europea y luego, la larga estancia en China.


Cuando la guerra mundial, en los años cuarenta, se encuentra en China, muy alejado de los centros militares que se enfrentan. Pero se mantuvo bien informado por el correo de amigos o familiares y por las noticias radiofónicas, las reuniones con sus hermanos de comunidad, de sus compatriotas franceses en la embajada, etc.


En estas vacaciones de agosto de hace 60 años, imaginamos a Pierre Teilhard de Chardin con ánimos para hacer balance de su “visión interior”. Una visión diacrítica, ahora no marcada por cientos de miles de años, sino por la brevedad relativa de una vida dedicada a la Fe y a la Ciencia.


El latido de la Vida en la Materia


En cuanto al título del ensayo: El Corazón de la Materia, Teilhard explica largamente no sólo por qué razones la Materia tiene para él un Corazón, sino quien personaliza ese corazón “que hace funcionar y evolucionar la materia”, (entrecomillado nuestro) al modo como el corazón de los animales y personas hace funcionar y vivir el cuerpo.


Ese corazón de la materia, lo es de toda materia, no sólo en cuanto a la cantidad, sino sobretodo en cuanto a la calidad de la misma. Si bien, no es lo mismo la materia inerte o mineral que el Espíritu que surge de cierta materia humana, materia que, incluso puede llegar a ser pensante o “productora”, en cierto modo, de Espíritu.


El tema del “corazón” no era algo nuevo es la Espiritualidad del mundo cristiano occidental del siglo XX. Parece ser que fue nada menos que el Padre de la Iglesia de Occidente San Agustín de Hipona, quien primero se refiere al tema del “corazón”.


Breve esquema de El Corazón de la Materia


El ensayo se inicia con una introducción titulada La Zarza Ardiente. Comienza con sencillez. Parece que el autor se quiere acotar a sí mismo y define lo que va a hacer en esta obra: narrar “una experiencia psicológica directa, lo bastante reflexionada como para ser inteligible”. Más breve aún “un documento vivido”.


Dice que ha “necesitado más de sesenta años de esfuerzo apasionado para descubrir (lo) que no eran sino enfoques o aproximaciones sucesivas a una misma realidad de fondo...”. Escribe literalmente más abajo: “como yo he experimentado en contacto con la Tierra, la Diafanía de lo Divino en el corazón de un Universo ardiente: lo Divino resplandeciendo desde las profundidades de una Materia ardiente”.


La obra consta de tres partes o capítulos que están numerados en romano: I. Lo Cósmico, o Evolutivo; II. Lo Humano, o lo Convergente; y III. Lo Crístico, o lo Céntrico.


I.- LO CÓSMICO, O EVOLUTIVO


La primera parte la denomina su autor como lo Cósmico, o Evolutivo y se inicia con una Nota preliminar sobre el Sentido de la Plenitud. Se cita a sí mismo con un texto de 1917 (en plena primera Guerra Mundial). En ella afirma que toda la presente obra va a ser un desarrollo de su “polarización sicológica particular, común ciertamente a todos los hombres” a la que llamará “Sentido de la Plenitud”. Por ello, sigue haciendo referencias a su infancia. Fue entonces cuando tuvo una “llamada”: era “por algo que brillaba en el corazón de la Materia”.


1.- La llamada de la Materia.


Escribe Teilhard que, por influencia de su madre, quería mucho al Niño Jesús. Sin embargo, “mi verdadero “yo” estaba en otra parte”. Sentía “aquel gesto instintivo que me hacía ‘adorar’ un fragmento de metal”. Mantiene que “toda mi vida espiritual no ha consistido sino en desarrollar” aquellas íntimas experiencias de niño. Intuye que la consistencia de aquellas materias (hierro, restos de metralla...) fueron su “aprehensión inicial de lo absoluto bajo la forma de lo Tangible”. (Con mayúscula inicial en el texto). Enfrenta, como buen dialéctico, físico y metafísico, nacido en el rigor de la escolástica, lo Necesario, a lo Contingente, lo General a lo particular y lo Natural a lo Artificial.

Ya en este segundo epígrafe prevé que “la Consistencia con la que yo soñaba por entonces es un efecto no de la ‘sustancia’ sino de la ‘convergencia’”.

Al nombrar la palabra convergencia, de tanta importancia en la etapa final de la evolución, alude expresamente al Punto Omega, donde todo convergerá al final de los tiempos. Termina este epígrafe: “comencé, sin darme cuenta, a acceder verdaderamente al Mundo...”. Aquello fue cuando él contaba aproximadamente con 9 ó 10 años de edad.


2.- La aparición de lo Universal


En el desarrollo de sus intereses vocacionales, Teilhard pasa de lo metálico a lo mineral, a las piedras y a las rocas (incluso a los seres vivos petrificados o fosilizados). Todo el universo no es metálico, pero sí mineral, como “un Elemental expandido por doquier, cuya ubicuidad misma constituía su incorruptibilidad”. (Recuérdense los cuatro elementos de la Cosmología griega primitiva: agua, fuego, tierra y aire).


Y sigue: “Más adelante, cuando estudiara Geología (...) lo que me ha llevado irresistiblemente (aún a expensas de la Paleontología) al estudio de las grandes masas eruptivas y de los zócalos continentales, no es sino una necesidad de mantener contacto (un contacto de comunión) con una especie de raíz, o de matriz, universal de los seres”.


Continúa: “Durante cerca de 20 años de mi vida encuentro claramente en mis recuerdos las huellas ininterrumpidas de esta transformación profunda”. Sigue con excelentes párrafos, incluso poéticos, en un sentido amplio, de su vida íntima, pero con un sesgo muy profesional o vocacional: la ciencia como vocación irrenunciable.


Enuncia a continuación los componentes o atributos juveniles de su Sentido del Todo (sentido de Dios, al menos como aproximación o vía hacia Él):


a) Gusto por lo geológico: “lugar axial ocupado invariablemente por la pasión y la ciencia ‘de las Piedras’ a lo largo de la embriogénesis espiritual”.

b) Las tres columnas de su visión: “la Materia, la Vida y la Energía: las tres columnas de mi visión y mi bienaventuranza internas”. Al mismo tiempo Dios se le manifestaba, de alguna manera, a través de la visión, contemplación, razonamiento y admiración del Cosmos y sus leyes físico-químicas.

Sigue haciendo un elogio de la Física, como ciencia que le ayudó a sentirse a gusto: “me siento en mi casa”, afirma. En la Física, “he encontrado los ‘arquetipos’ de lo Consistente, lo Total, lo Único, lo Esencial de mis sueños de la infancia, esos mismos arquetipos que (como veremos) incluso en lo Crístico me siguen sirviendo hoy para expresarme a mí mismo”.


Y en el párrafo siguiente: “El Oriente (en Egipto, dónde explicó Física) entrevisto y ‘bebido’ ávidamente (...). Tal era hacia los 28 años de edad, el complejo espiritual, pasablemente confuso, en el seno del cual fermentaba, sin lograr aún emitir una llama bien definida, mi amor apasionado por el Universo”.


Antes de terminar este importante epígrafe 2 del capítulo I, escribe sobre la insidiosa tentación de “panteísmo de efusión y disolución”. Se refiere, al decir disolución a que finalmente todo iría diluyéndose en la nada, algo típico también de algunas filosofías orientales. Llama a esa tentación o posible opción, de formas “orientales bajo su ropaje científico”.


Y finaliza el apartado, como suele hacer, enlazándolo con el siguiente y encadenando así los silogismos del razonamiento fenomenológico: “si por azar no hubiera eclosionado en mí, como un germen salido de no se sabe donde la idea de Evolución...”. Hipótesis u oración condicional que no tuvo que lamentar, ya que, como se puede apreciar, para Teilhard la “idea de la Evolución” supuso mucho, supuso casi todo.


3.- El descubrimiento de la Evolución


En los años de Teología en Hastings, sur de Inglaterra (1911 – 1914), “fue cuando poco a poco, (...) como una presencia –fue creciendo en mí- hasta invadir por completo mi cielo interior, la conciencia de una Deriva profunda, ontológica y total del Universo en torno a mí”.


Enumera algunas pistas de aquella conciencia de
Deriva. También indica cómo por aquellos años diez del siglo XX al “haber leído en aquel tiempo, ávidamente, L´Evolutión Créatrice” de su compatriota Henri Bergson (1859 – 1941).

Afirma, yendo más lejos: “yo siempre había admirado dócilmente hasta entonces (...) una heterogeneidad de fondo entre Materia y Espíritu, Cuerpo y Alma, Inconsciente y Consciente: dos ‘sustancias’ de naturaleza distinta, dos ‘especies’ de Ser incomprensiblemente asociadas en el Compuesto vivo, respecto de las cuales era preciso mantener a cualquier precio, se me aseguraba, que la primera (mi divina Materia) no era sino la humilde sierva (por no decir la adversaria) de la segunda, encontrándose ésta (es decir, el Espíritu) reducida a mis ojos, por este mismo hecho, a no ser más que una Sombra que había que venerar por principio, pero por la cual (emotiva e intelectualmente hablando) yo no experimentaba en realidad ningún interés vivo. Júzguese en consecuencia, mi impresión interior de liberación y júbilo cuando, con mis primeros pasos, aún vacilantes, por un Universo ‘evolutivo’ constataba que el dualismo en el que se me había mantenido hasta entonces se disipaba como la niebla ante el sol naciente. Materia y Espíritu, no dos cosas, sino dos estados, dos rostros de una misma Trama cósmica, según se la vea, o se la prolongue...”.


Esta cita es muy ilustrativa de la problemática de fondo que mantuvo nuestro autor, problemática incluso de una parte del catolicismo universal, hasta llegar al nuevo cambio de ritmo que supusieron las nuevas espiritualidades dimanadas pocos años después, a su vez, de una lectura pastoral y generosa de algunos documentos del Concilio ecuménico Vaticano II.


Sobre la irreversibilidad del proceso evolutivo, escribe más abajo: “No me detuve seriamente ni un sólo instante ante la idea de que la Espiritualización progresiva de la Materia, a la que me hacía tan claramente asistir la Paleontología, pudiera ser nada distinto ni inferior a un proceso irreversible”. “Dicho de otro modo, la materia se metamorfoseaba, por el contrario, en Psiqué”. “El Espíritu, lejos de ser antagonista o antípoda, era el corazón mismo de la Tangibilidad a la que yo trataba de llegar. Necesitaría toda una vida para calibrar (...) lo que esta transposición de valor (...) tiene de inagotablemente constructivo..., y a la vez de revolucionario para la inteligencia, la oración y la acción”.


Sigue escribiendo fluido y contento de recordar aquellos descubrimientos tan decisivos en su visión biológico-filosófica. Concluye este primer capítulo reafirmándose en “dos inmensas Unidades vivientes”, “unidades de dimensiones planetarias”: una, “la envoltura viva de la Tierra, la Biosfera”; otra, “-para cuya perspectiva definitiva no le faltaba a mi espíritu sino el gran impacto de la Guerra- (1914-1918), la Humanidad totalizada: la Noosfera”.


Teilhard y su itinerario interior (1911-1931)

II.- LO HUMANO, O LO CONVERGENTE.


La segunda parte de El Corazón de la Materia lleva como título: II.- LO HUMANO, O LO CONVERGENTE. En ella describe las tres etapas por las que pasó: “entre los 30 y los 50 años” (lo que correspondería a 1911-1931).


Esquemáticamente: “la primera etapa me hizo acceder a la noción de Planetariedad humana, (existencia y contornos de una Noosfera)”. (O sea, el Fenómeno Humano como un fenómeno que se extiende por todo el Planeta). “La segunda me descubrió más explícitamente, la transformación crítica en el nivel de la Reflexión”. “Y la tercera me condujo a identificar (...) una deriva acelerada de la Noosfera hacia estados ultra-humanos”.


1.- La realidad de la Noosfera


Narra como en 1917, en el frente de guerra entre Yser y Verdun (Francia) intuyó el concepto “Noosfera” a causa de la inmensa marea de personas (cientos de miles) en la que él estaba inmerso. Tarda diez años en escribir sobre el concepto de Noosfera que elabora por semejanza con el concepto
Biosfera” de Eduard Suess (1831-1914).

Percibió en esa importante “experiencia de la Guerra”, “la realidad y la organicidad de las magnitudes colectivas”. En este caso, la realidad de un pensamiento, si no colectivamente organizado en su totalidad, sí con momentos en que se resalta “con un resplandor y una consistencia crecientes, la esencia, o, mejor dicho, el Alma misma de la Tierra.



2.- La trama de la Noosfera

Teilhard sintetiza sus ideas sobre la Noosfera: “Se totaliza absolutamente sobre sí misma” a modo de una esfera. Así pues, a “la multitud desordenada de los vivientes” le supone Teilhard que tenga unicidad, es decir, no hay varias “noosferas”, al igual que no hay varias “atmósferas” o “biosferas” en el planeta Tierra.


Enumera tres grados en la Trama noosférica: a) en la raíz. Disposición “sui generis, de la sustancia cósmica a enrollarse sobre sí misma”. b) en el camino, “punto crítico de reflexión, que desencadena el cortejo completo de las propiedades específicas de lo Humano”. Finalmente: “difundidos, por efecto de Reflexión, en la médula misma de lo noosférico, una exigencia y un germen de completa y definitiva inalterabilidad”.


Cuenta cómo, cuando era joven estudiante de Física pretendía desentrañar (cuando fuera mayor) los secretos de la gravedad de los cuerpos (siguiendo la tradición de Galileo y de Newton). Sin embargo, ha descubierto la Noosfera. Se entusiasma con este concepto que, (nosotros suponemos) él prevé se llenará de contenido y tendrá una importancia decisiva.

3.- La evolución de la Noosfera

Dice que la Noosfera sigue evolucionando, no está parada como un cuerpo móvil cuando está “en punto muerto”. La evolución de la Noosfera hay que estudiarla como una antropogénesis (el proceso de evolución humana) ya que la humanización continúa incluso en la actualidad. Enlaza pues con la ciencia social que es la Historia: “La humanización aún prosigue”. Y es un proceso que “generador del pensamiento en la tierra: (es) un dinamismo de cerebración”. La “Reflexión colectiva está en rápido ascenso al mismo tiempo que una organización más unitaria”


Casi finaliza este epígrafe (último del capítulo II) con un párrafo de 5 líneas, todo él en letra cursiva que, dada la importancia para el autor y el lector, reproducimos aquí: “Zoológica y psicológicamente hablando, el Hombre, percibido finalmente en la integridad cósmica de su trayectoria, no se encuentra aún sino en un estado embrionario..., más allá del cual se perfila ya una amplia franja de ULTRAHUMANO". Y termina satisfecho de haber encontrado “por efecto de la convergencia de) lo Inalterable con que siempre había soñado”.


Nuestro autor ha pasado pues, a lo largo de los años, del “Trozo de Hierro” (eterno para aquel niño) al “Punto Omega” del que escribirá en el tercer y último capítulo, pero del que nos adelanta: “es la Consistencia del Universo la que tengo ahora concentrada (no sabría ahora decir si por encima o en el fondo de mí mismo) en un único centro indestructible, al que puedo amar”.


A partir de ahora va a entrar, definitivamente y sin retorno, en el terreno donde se unen la fe y la ciencia, interpretada ésta última por la fe. Este “Punto Omega” al que se refiere va a ser también, por efecto de su fe religiosa, una persona (Cristo) a la que puede amar. De momento sólo lo insinúa.


La convergencia hacia el futuro: el punto Omega


III.- LO CRÍSTICO, O LO CÉNTRICO


La tercera parte de El Corazón de la Materia, la más extensa, lleva como título general: III.- LO CRÍSTICO, O LO CÉNTRICO.


Se inicia, como en otras ocasiones, con una “Observación preliminar” seguida de una “Reflexión o revelación del Punto Omega”. Teilhard relata que con el nacimiento en su “trayectoria interior” del concepto denominado “Punto Omega” termina su visión: “en busca de la consistencia última del Universo”.


¿Y si yo no hubiera sido creyente? –se pregunta. Le parece que por reflexión, o sea “por simple profundización racional de las propiedades cósmicas de Omega (...) hubiera sido llevado tardíamente en el curso de un proceso final, a reconocer en un Dios encarnado (Cristo) el Reflejo mismo, en nuestra Noosfera”. Pero duda y escribe: “todo esto no son más que suposiciones gratuitas”.


En los tres últimos párrafos de esta “observación preliminar” se congratula de haber nacido “en pleno ‘phylum’ católico”, es decir, en Francia, en la vieja Europa. Ello ha ocasionado en él, tanto el gusto innato por “la fuerza ascensional cósmica”, como por “el flujo descendente (...) de atracción personal y personalizante”. Se refiere al despertar de un “Sentido Crístico” (con mayúsculas iniciales) “cuyas fases me es preciso ahora relatar”.


Y prepara, como suele, el siguiente epígrafe con los siguientes cinco renglones muy apropiados para releer lentamente: “Sentido cósmico y sentido crístico: en mí, dos ejes aparentemente independientes el uno del otro en su nacimiento, y en cuya relación, convergencia, y finalmente, identidad de fondo, sólo después de mucho tiempo y esfuerzo he acabado por percibir a través y más allá de lo Humano”.


El Corazón de Jesús


A su visión del Universo o cosmos le faltaba algo: “Al Punto Omega yo no accedía, en efecto, por vía cósmica y biológica, sino a duras penas” –nos dice. ‘La chispa’ que hizo que su Universo acabara de centrarse y amorizarse –escribe-: “fue indudablemente a través de mi madre, a partir de la corriente mística cristiana, cómo iluminó y encendió mi alma de niño”.

Otros “muchos espíritus bien dispuestos (incluso ávidos) para concebir la posibilidad misma de un amor super-hominizado”, no llegaban a esa realidad espiritual.

En el caso de nuestro autor, describe un “proceso de universalización” con dos fases: a) de “materialización” del Amor divino, y b) de “energificación”, también del Amor divino. Dado que ambas fases (también las llama “gusto por”) tienden a entrar en conflicto acabando el uno con el otro, o viceversa, la solución que se impuso a sí mismo fue: “el ajuste en mí de lo Divino a lo evolutivo”.


Teilhard se explaya en una descripción del papel o función de la piedad materna en su corazón infanto-juvenil. Hace referencia a la devoción en su familia, e incluso en el catolicismo francés al Corazón de Jesús. (En realidad, es algo común a casi todo el catolicismo europeo occidental, la devoción de la divinidad humana de Cristo, centrada en el órgano biológico que tradicionalmente se ha considerado el centro de la vida afectiva. En Francia fue más divulgada esta espiritualidad por apariciones personales a Santa Margarita María Alacoque, 1647-1690, canonizada en 1920).


La devoción al Corazón de Jesús la presenta Teilhard de Chardin con frase entre paréntesis y exclamaciones, de este modo: “(¡sírvase el lector no sonreir!)” y también “una devoción con la que mi madre no dejó jamás de nutrirme, sin sospechar las transformaciones que le haría experimentar mi insaciable necesidad de Organicidad cósmica”. Aquella devoción infantil fue para Teilhard una “primera aproximación a lo Crístico mas allá de Cristo”.


Para terminar con este apartado que podría ser glosado mucho más a fondo, dada la importancia central, no sólo en lo autobiográfico, sino también en todo su esquema reflexivo-afectivo e incluso poético, nada mejor que este párrafo, aunque hay otros muy enjundiosos: “Me sería difícil hacer comprender a qué profundidades, con qué vehemencia y con cuánta continuidad (mucho antes de que se formara explícitamente en mí la noción de “Cristo-Universal”) mi vida religiosa de pre-guerra (1914-1918) se desarrollaba bajo el signo y el asombro del Corazón de Jesús... así comprendido”.


Teilhard de Chardin. Wikipedia.
Teilhard de Chardin. Wikipedia.
El Cristo Universal

Con breves y sencillas comparaciones describe Teilhard como en su “ego” pagano, hay “un Universo haciéndose persona por convergencia”, al mismo tiempo que en su “ego” cristiano existe una Persona (la de Cristo) universalizándose por Irradiación. Ello, es decir, esta lucha dialéctica en progreso, le produce en su “vida interior” conflictos, caídas y avances continuados.


Pero siempre hay conflictos. El conflicto clave parece ser el choque entre la falsa espiritualidad desencarnada, de otros tiempos, incluso desencarnada de su actualidad vital. Él propone una
espiritualidad no enfrentada a la “orientación tradicional”, sino transversal. Lo explica de dos formas diferentes. Una de las dos formas, tal vez la más descarnada y existencial es ésta: “entre el ‘Dios del Hacia Arriba’ y una suerte de ‘Dios del Hacia Delante’, se había entablado una lucha en lo más profundo de mi alma moderna”.

Teilhard se lamenta, conscientemente, de la vía de síntesis que ha emprendido, (a la altura de 1950). Distingue entre “fe ascensional en Dios” y “fe motriz de lo Ultra-humano”. Concluye este texto sobre los conflictos, en los que se ha adentrado por querer avanzar en la Mística cristiana: “Una aventura grande y espléndida, en el curso de la cual sigo frecuentemente teniendo miedo, pero en la que me era imposible no arriesgarme, tan poderosa era la fuerza con que se aproximaban y cerraban gradualmente sobre mi cabeza, en una única bóveda, las capas de lo universal y lo Personal”.


Pero no solo hay conflictos. También hay progresos. A lo largo de este ensayo-síntesis de su obra ha venido escribiendo sobre el “Sentido de la Plenitud” y sobre el “Sentido de la Consumación y de la Compleción, Sentido Plerómico”. Ahora en el tercer y último capítulo de la obra que glosamos se refiere a “la importancia, en rápido crecimiento, adquirida en mi vida espiritual por el Sentido de ‘la Voluntad de Dios’”.


Teilhard hace alusión “a los grandes impactos de Asia y de la Guerra (1914-1918) lo que reflejan en 1924 y 1927, La Misa sobre el Mundo y El Medio Divino”. Y sigue: “todos los rasgos esenciales de mi visión cristo-cósmica se encontraban ya establecidos en aquel tiempo”.


Establece una etapa larga de progresos maduros, que llega hasta el año en que escribe este texto. Se expresa así: “Constituiría la obra y el gozo continuos de los veinte años siguientes, el ver –paso a paso y a la par- reforzarse en torno a mí, la una por la otra, la Densidad crística y la Densidad cósmica de un Mundo cuyo”poder comulgante” aumentaba incesantemente a mis ojos con el “poder convergente””.


Lenguaje comprensible para todos los seres humanos


Es imprescindible leer sus propias palabras. Son muy calculados los vocablos; son muy sintéticas las oraciones gramaticales. Teilhard, hombre crítico con el pensamiento espiritualista – por lo que las mentalidades conservadores lo tachan de “modernismo” - de su época nos narra ahora los ‘progresos’ de su vida interior. ¡Qué bien sabía que aquellas líneas no iban a ser publicadas en letras de molde hasta después de su muerte!


Sentimos respeto ante estos párrafos de una autobiografía espiritual que le costó, no sólo el destierro prolongado (aunque enriquecedor) desde 1923 hasta el año 1950 en que escribe esta obra, y podríamos decir, hasta el final de sus días; sino también la incomprensión de la inmensa mayoría que, podrían haberlo entendido si no hubiera sido por diversas razones ocultas: ¿miedo a la posible inestabilidad personal de la propia fe?, ¿cortedad de miras ante el futuro?, ¿ignorancia científica? En fin, así avanza la historia del pensamiento desde tiempo inmemorial.


Así pues, tras este párrafo y comentario, sólo introducido para provocar un receso, volvemos a la pura síntesis de la obra y nos adentramos en:


El descubrimiento de Dios, o la llamada a Aquel que Viene


Teilhard apunta que, si ha podido escapar tanto de la “materialización progresiva” como de la “deshumanización materializante” ha sido por “haber percibido un día que, en un Mundo previamente reconocido como de esencia convergente, había una tercera vía abierta -¡y era la buena!- en dirección a la Unidad”. Explica, aunque con dificultad, esta afirmación sobre la tercera vía.


Para ello, es necesario introducir un término típicamente teilhardiano: “lo Céntrico”. Lo Céntrico es el ámbito donde se encuentran lo Cósmico, lo Humano y lo Crístico. También en lo Céntrico “se desvanecen las múltiples oposiciones que constituyen la desdicha o las ansiedades de nuestra existencia”.


Lo Céntrico, el centro al cual nos dirigimos nos atrae y hacia él convergemos: “ni disuelve, ni somete los elementos que reúne, sino que los personaliza” e incluso, “la Materia se hace Espíritu, en la medida misma en que el amor comienza a expandirse por doquier”....“Lo Personal en la cumbre de la Evolución”, pero para ello “sería necesaria nada menos que la conjunción de Cristo con el Punto Omega”, es decir, “un abrasamiento general del Mundo por amorización total”. ¡Por amor!


En resumen, Evolución convergente hacia un “Polo supremo de atracción y compleción”. “Toda pasión (e incluso toda visión) muestra una singular inclinación a transformarse en amor”. Y concluye, “el amor tiende gradualmente, según nuestra experiencia a convertirse en la parte principal y, finalmente, en la forma única y suprema. Sola caritas”...“Continúo escrutando sin descanso el futuro –escribe- para ver mejor llegar a Dios”.


El retorno a El Medio Divino


La Trama del Cosmos intensifica en nuestro autor la Presencia de Dios, mediante las fuerzas que él llama de Comunión con ese Cosmos o Universo material. Se está refiriendo a los años veinte del siglo XX en los que escribió el pequeño opúsculo La Misa sobre el Mundo, en 1923 y El Medio Divino, en 1927.


Fue aquel un “periodo aún algo egocéntrico y cerrado de mi vida interior”. Ahora, veintitantos años más tarde, cuando escribe, dice que “la Evolución hominizada” va siendo que “Dios, bajo el efecto mismo de la operación unitiva que le revela a nosotros, de alguna manera, se ‘transforma’ incorporándonos (…) no simplemente a verlo y dejarse envolver y penetrar por Él, sino al mismo paso descubrirlo (…) cada vez más y más”.


Llegando ahora nuestro autor al último punto de esta “especie de autobiografía”, antes de la oración final, nos hace referencia a su desconfianza y sospecha personal “desde la infancia”. No dice específicamente que fuera “el diablo” quien le tentara, sino que la “enigmática fuerza (…) me había habituado a considerar que emanaba, no de Dios, sino de algún Astro rival”.


Vuelve a distinguir, como lo hizo más atrás, además de en otros ensayos, entre la “Fe ascensional hacia un Trascendente y la Fe propulsora hacia un Inmanente; una Caridad nueva en la que se combinan, divinizándose, todas las pasiones (y acciones) que mueven la Tierra”.


Cita ahora el Nuevo Testamento, (aunque ya El Medio Divino también contenía bastantes citas bíblicas) concretamente a San Pablo. No especifica la carta, ni el capítulo pero escribe entre paréntesis “conforme con el espíritu de San Pablo”.


Añade que el mundo (cosmos) no sólo ha sido creado por Dios como algo extrínseco, “por benevolencia desbordante, de la suprema eficiencia divina”, sino que también ha sido creado como “un misterioso producto” para que llegue a ser completado y acabado para el Ser Absoluto mismo: Dios. El Mundo es pues, “el Ser participado de pleromización y convergencia”.


Sigue, tras exponer la teoría, haciendo una crítica que no es otra que la que nos hacen los gentiles a los cristianos: “la idea de Dios se encuentra detenida y como atrofiada para nosotros en su evolución”.Resume la crítica de los gentiles, escribiendo que nuestro Cristo, al no creer verdadera y consecuentemente en Él como realmente “encarnado en el mundo”, o al menos no lo explicamos bien, es una especie de “Cristo reductor de Dios…”.


El último epígrafe o titular, fuera de la numeración de los epígrafes anteriores, como colofón de esta obra va a ser una oración, evidentemente personal e íntima. Los teilhardianos la conocen o han oído hablar de ella, se titula: Oración al Cristo siempre mayor. Ocupa tres páginas de denso contenido y va entrecomillada por el autor de principio a fin. Es una preciosidad, literaria, espiritual y mística. Recomendamos al lector su lectura reposada…


Teilhard en el Corazón, sesenta años después


Hace 60 años, en el verano de 1950, Teilhard aprovechaba las vacaciones en la casa familiar para redactar su testamento espiritual, El Corazón de la Materia.


Para poder llegar con más claridad a los pliegues de su alma, nada mejor que la reflexión de un teólogo que lo conocía bien. El volumen que incluye El Corazón de la Materia está precedido por un prólogo de N. M. Wildiers. Este franciscano holandés, doctor en Teología, ha prologado o introducido diversas obras de Teilhard, como El Porvenir del Hombre, El Fenómeno Humano y el Himno del Universo.


Ya participaba a los pocos años de su muerte en los tempranos coloquios públicos sobre su pensamiento espiritual: en Milán, mayo de 1965, el libro que salió de aquellos coloquios se tituló Le Message Spirituel de Teilhard de Chardin.


Wildiers tiene la buena costumbre de ser breve y conciso en sus prólogos. No obsta la brevedad para que cite a diversos y cualificados pensadores del área lingüística anglo-francesa que, van corroborando, o al menos no niegan, con sus investigaciones, la verosimilitud real de los aspectos más importantes de la filosofía evolutiva general teilhardiana: el paleontólogo Jean Piveteau, que conoció personalmente a nuestro autor; el biólogo Pierre Grassé; François Meyer y otros.


N. M. Wildiers califica El Corazón de la Materia, así como su último ensayo Lo Crístico, como “dos obras maestras”. Sobre la oración final “al Cristo siempre mayor” dice el prologuista que “es inigualada hasta el día de hoy (escribe en 1976) en su profundidad mística, como en el alcance de la ciencia que implica y en la belleza de la expresión”.


Es evidente que los editores han presentado en español esta obrita cuando el grueso de la traducción de la obra ensayística teilhardiana al español estaba ya concluido. Ello es un acierto ya que se puede considerar El Corazón de la Materia como una obra de síntesis. Es la síntesis de un pensamiento y su trayectoria, pero también de una vida dedicada a abrir caminos de investigación. El realismo del científico, así como sus intuiciones prospectivas de futuro, se perciben cada vez más a la altura de 1950-1955. Este último el año de su muerte.


Tal vez podamos ver una relación entre la actual fase de globalización del conocimiento a través sobretodo de internet, y la convergencia final a la que Teilhard se refiere, si no fuera porque los caminos abiertos de la Historia siguen ignotos para la inmensa mayoría de los mortales, incluido el que suscribe. Además, nuestro autor tiene tal sesgo teológico y finalista en su pensamiento que, no podemos atisbar, más que borrosamente el fin de los tiempos o como él dijo: “la Llamada de Aquel que Viene”.


Teilhard y Darwin: dos testamentos vitales


Comparamos aquí el ensayo El Corazón de la Materia, salvando lógicamente las distancias, con la Autobiografía de Charles Darwin. El naturalista inglés la subtituló Recuerdos de la Evolución de mi Espíritu y de mi Carácter. Darwin contaba 67 años cuando la dictó a su hijo. Teilhard cuando escribe El Corazón de la Materia, ha cumplido ya los 69 años. Ambos textos son breves y analítico-sintéticos. Y están escritos con el distanciamiento propio de los que ven la vida como un continuo movimiento evolutivo al que se van incorporando generaciones y generaciones.


Darwin, ironías del destino, murió en abril de 1882, meses después del nacimiento de nuestro autor, en mayo de 1881. El desarrollo del evolucionismo desde lo biológico a lo cosmológico, tanto hacia el futuro, como descubriendo su pasado, quedaría garantizado como corriente de pensamiento e hipótesis generalizada. Una hipótesis que puede tener mucho como Didáctica de toda la Realidad. Tanto de la del pasado, a través de millones de años, como de la que nos rodea en la actualidad, que es el resultado de aquel.



Manuel Medina Casado, María José Medina de la Fuente, María Dolores Prieto Santana y Leandro Sequeiros son colaboradores de la Cátedra Ciencia-Tecnología y Religión

La Belleza En El Zen

La experiencia de lo bello en el Zen

 

"Sólo cuando desaparece el deseo, vemos realmente la verdadera realidad, tal y como son las cosas. El pensamiento y el deseo lo distorsionan todo"

 

Ana María Schlüter Rodés.
Ana María Schlüter Rodés.

Para comprender de dónde surge la experiencia de lo bello en el zen, antes que nada conviene presentarlo de una forma global. Para ello, voy a mostrarles "los diez cuadros del boyero" y –siguiendo el ejemplo de Ueda Shizuteru­– detenerme de modo especial en los tres últimos.

A continuación, quisiera aterrizar en el terreno de la misma experiencia zen, aportando un testimonio actual donde se refleja claramente dicha experiencia de lo bello. Aparece ahí un "gusto trocado", como diría en su lenguaje inigualable San Juan de la Cruz, al que me voy a referir deteniéndome en una de sus poesías, Glosa "a lo divino", por la analogía que allí se aprecia entre la experiencia de este místico y la del Zen.

Finalmente, quisiera referirme a alguno de los "DO", arte-camino, que se cultivan en el ámbito del Zen. Todo ellos, como, por ejemplo, el camino del té (chado), de las flores (kado), de la caligrafía (shodo), del arco (kyudo), de la espada (kendo), etc., son una expresión precisamente de esta hermosura, de lo bello, de una "belleza oculta".

Los diez cuadros del boyero presentan las etapas en el camino del despertar que es el Zen. Existen diferentes versiones. La más conocida es ésta que consta de diez cuadros y que se atribuye a Kakuan Zenji, maestro zen chino del siglo XII. Cada cuadro va acompañado de una introducción (jo) y un poema (ju).

Buscar al buey

En el primero de estos cuadros aparece un campesino que ha perdido su buey, es el ser humano en busca de su más profundo yo o yo-mismo. "Perdido en los bosques, aterrado... está buscando a un buey que hallar no puede… En la espesa maleza sigue muchos senderos. Cansados los huesos, doliente el corazón." "Der Mensch ist Hüter des Seins" [1], pastor, guardián del ser, dice Heidegger en su carta de 1946 a Jean Beaufret Sobre el Humanismo; la cercanía del ser es para Heidegger "Heimat", la verdadera patria, a la que se trata de volver desde el "olvido del ser" muy relacionado con la "técnica". En realidad, el darse cuenta de que le falta algo muy importante, que ha perdido algo esencial, ya es un gran paso. Muchos viven sin siquiera darse cuenta de que les falta algo.

Ver las pisadas

En el segundo cuadro, el pastor descubre las huellas del buey. "Ha visto innumerables pisadas en el bosque y a orillas del agua... Nada logra ocultar la nariz de este buey que llega hasta el mismo cielo." En realidad nada lo puede ocultar, es evidente. El pastor empieza remotamente a darse cuenta al descubrir sus pistas a través de personas, acontecimientos, enseñanzas que le van orientando; persigue el camino que le marcan, en este caso práctica Zen.

Ver al buey

De esta forma -es el tercer cuadro- descubre, o redescubre, al buey, nada más un poco por atrás, pero es el buey. "Trina un ruiseñor en la enramada, fulgura el sol en las salcedas ondulantes ¡ahí está el buey! ¿Dónde iba a poder esconderse? ¿Qué artista sería capaz de retratar esa espléndida testuz, esos majestuosos cuernos?" Es imposible expresarlo. Esto es un primer momento de despertar, ken-sho, se dice en japonés, literalmente significa: ver la realidad. Un primer despertar no hace a un despierto, o buda; es sólo el principio, el tercero de diez cuadros.

Atar al buey

En los siguientes, desde el cuarto al séptimo, se refleja el proceso de transformación que va teniendo lugar a partir de este momento. Es decisivo para que el proceso avance, llegar a atar al buey, una disciplina, de lo contrario se vuelve a escapar. "Tiene que atarlo corto y no soltarlo, porque el buey es arisco todavía, ya arremete contra las cumbres, ya se refocila en brumoso desfiladero."

Domar al buey

En el siguiente "Tiene que tirar de la reata, para que el buey no se le escape, porque puede perderse en los fangosos tremedales." Ocurre como dice San Juan de la Cruz con otra imagen: cuanto más se arrima el leño al fuego, más empieza a sudar y respendar, sale a relucir toda la humedad que antes ni se sospechaba que hubiera. De esta forma se va curando. Es un proceso de purificación fuerte. "Cuidado como es debido, se hace limpio y manso. Sin rienda sigue dócilmente a su amo." Esto es lo que se ve en el quinto cuadro.

Cabalgando sobre el buey volver a casa

En el sexto llega a soltar las riendas y está sentado libre tocando una flauta. Es un cuadro, ya no de lucha sino de alegría y paz. "Cabalga libre como el aire… Donde quiera que vaya levanta una brisa fresca, mientras en su corazón reina una honda tranquilidad. ¡Este buey no necesita un solo tallo de hierba!" Sobran todas las palabras. Pero aún sigue habiendo dos, pastor y buey.

El buey olvidado, el hombre mismo solo

El poema del séptimo cuadro dice: "Solo, a lomos del buey logró volver a casa. Pero ¡hete aquí! el buey ha desaparecido." Ya no son dos, se ha producido una gran unidad, el boyero es el buey, el ser humano errante y superficial se ha fundido con su ser más profundo. Pero aún queda la conciencia de sí mismo.

Hombre y buey olvidados

El octavo cuadro, el primero de los tres últimos, es un círculo vacío, en realidad no es un cuadro sino más bien una imagen de lo que no tiene imagen, como dice Ueda Shizuteru. Es la experiencia de haber desaparecido, es "morir la Gran Muerte". Descubrir a raíz de ello que el verdadero yo mismo no tiene imagen, no tiene forma, es no-yo, no nace ni muere. "Látigo, rienda, buey y hombre pertenecen igualmente al vacío… Cuando se cae en la cuenta de este estado, se llega a comprender por fin el espíritu de los antiguos patriarcas."

Volver al origen

Objeto y sujeto han desaparecido, y las cosas son simplemente como son. Ha vuelto a ser un hombre ordinario. De la Gran Muerte surge la Gran Vida. Esto es lo que se representa en el noveno cuadro, en el que suele aparecer la mayoría de las veces un paisaje, un río, flores, mariposas. "Ha regresado al origen, ha vuelto a la fuente; sus pasos no han sido en vano. Es como si ahora estuviera ciego y sordo… no apetece las cosas de fuera." "Apetece un no sé qué que se halla por ventura", diría San Juan de la Cruz, "del divino ser tocado/ tiene el gusto tan trocado/ que a los gustos desfallece." Ya no ve la mera belleza exterior, en este sentido está ciego y sordo y no apetece las cosas de fuera. ¿Qué es entonces lo que ve? "Los ríos fluyen como fluyen, las flores florecen como florecen, de modo natural." Aquí es donde tiene lugar la experiencia de la belleza oculta, de lo verdaderamente bello, en el Zen. Sobre este cuadro habrá que volver.

Entrar en el mercado con las manos dispuestas a ayudar

Este último cuadro, el décimo, es muy importante y característico del Zen, que ha surgido en el ámbito del Budismo Mahayana, cuyo ideal es el bodisatva. Este, desde la experiencia de la unidad con todos, percibe el dolor de los demás como suyo propio y desde ahí libera, salva. Zen es experiencia del vacío, de lo que no cae en sentido, y es compasión. Esto se ve en el último cuadro, cuyo poema reza: "Desnudo el pecho y descalzo entra el hombre en el mercado. ¡Está cubierto de barro y polvo, pero cómo sonríe! Sin recurrir a poderes místicos (parapsicológicos, se podría decir) hace florecer en un momento los árboles marchitos."

Es en la etapa representada por el noveno cuadro del boyero donde aparece la experiencia de lo bello en el Zen. Es la experiencia de "los ríos fluyen como fluyen, las flores echan de modo natural flores rojas" o "las flores florecen como florecen". Ueda Shizuteru compara esta expresión con unos versos de Angelus Silesius: "La rosa es sin por qué, florece porque florece" (Die Ros` ist ohn` Warum, /sie blühet, wil sie blühet.) y también con lo que dice el Maestro Eckhart en su sermón Beati, qui esuriunt et sitiunt justitiam "[el justo] no conoce ningún porqué, por el que hace las cosas. De la misma manera que Dios obra sin porqué y no conoce ningún porqué, de la misma manera como obra Dios, así también el justo obra sin porqué; y así como la vida vive por ella misma y no busca ningún porqué por el que vivir, así tampoco el justo conoce ningún porqué, por el cual hacer alguna cosa." Ueda Shizuteru descubre en estos autores una cierta aproximación a lo expresado en el noveno cuadro del boyero.

También alude en parecido sentido a Heidegger [2] y su Satz vom Grund, obra en la que aprecia un gran acercamiento al Zen, especialmente cuando dice: "El gran niño del juego del mundo, que Heráclito entrevé en aion ¿por qué juega? Juega porque juega. Este `porque` (weil) está inmerso en el juego. Juego es sin `porqué`. Mientras (dieweilen) juega, juega. Sólo queda juego: el más ligero y el más profundo. Pero esto `sólo` es todo, es lo uno, es lo único." Shizuteru aprecia aquí un paso del porque (weil) al mientras (dieweilen), que podría abocar en un salto del "porque" al "tal cual", pero, en su opinión, queda la duda de si Heidegger estaría dispuesto a darlo.

La rosa florece sin porqué, el justo obra sin porqué, el niño juega sin porqué –pero quien lo está diciendo no es alguien sin porqué. Aun descubriendo en estas expresiones una afinidad, la experiencia y expresión zen se distingue por su extrema simplicidad: "las flores florecen como florecen". Aquí aparece la simplicidad más simple, no basada sino abismada en nada, en su infinita apertura, en que lo que es simple se articula antes de que sea tomado en cuenta por el pensamiento. "¿Dónde está el ser humano en este acontecimiento?" se pregunta Shizuteru. "Se ha convertido en nada, y eso es crucial. Pero no hay que tomarlo en el sentido de que ya no está. Sino justamente lo contrario: ¡está verdaderamente presente!… Es la apertura infinitamente abierta por la nada, en que se articula "las flores florecen como florecen", pero sin añadir nada por parte de uno mismo.

Es importante en este contexto ver lo que el ideograma sino-japonés que se traduce por naturaleza realmente expresa. Yamada Kôun Roshi, mi difunto maestro zen, una vez me dijo que mucho más importante que aprender a hablar japonés era conocer los ideogramas pues expresan todo un mundo. Shizuteru transcribe el ideograma correspondiente en la redacción de su conferencia (que se pronuncia shizen o jinen) y dice que "solo parcialmente corresponde al concepto de naturaleza. El concepto budista significa algo así como `ser así`, justo como es por sí mismo`. No se refiere a un mundo objetivo de cosas naturales, un ámbito determinado de ser, sino a la verdad del Ser de todos los seres justamente como son… `Ser justamente como se es` se refiere a lo mismo que el concepto de verdad del Budismo Mahayana, es decir, la palabra sánscrita tathata, la cual, traducida literalmente, significa `ser justo como es` o `tal cual es` o simplemente `talidad`."

La madurez en el camino del Zen es volver a la gran simplicidad, a la gran naturalidad, en este sentido. La belleza de la que se trata es la talidad manifestándose. "Es una dimensión religiosa", dice Shizuteru, "que no está tanto en el qué se expresa sino en el cómo se expresa." El arte más auténticamente budista no son estatuas budistas, sino una flor, un paisaje, un gesto, un trazo, un preparar el té, un tirar con el arco, etc., etc., manifestando eso.

"Verdaderamente algo es bello, cuando es más que bello." (Shizuteru)

El siguiente testimonio de una persona que practica Zen en Zendo Betania nos puede acercar a la misma experiencia de algo "no bello sino mucho más","simplemente es". que

(Uno de los dos hechos que más me han marcado desde que, hace unos cinco años, comencé a practicar el Zen) ocurrió en una playa muy grande por la cual suelo caminar después de cenar. Las luces del paseo marítimo iluminan suficientemente la arena. A veces, en bajamar, quedan grandes trozos de playa planísimos y totalmente virginales. Ni una huella humana o animal la mancillan. Me gusta contemplar la tersura de aquella arena finísima. Así, pensaba, quisiera ser… sin arrugas, como un espejo totalmente limpio donde se reflejara la Divinidad. Pero casi siempre ocurría que alguna persona o algún animal (perros especialmente) habían pasado antes y habían dejado sus huellas. Todo estaba para mí estropeado. La arena lisa había perdido todo su encanto. ¡Qué fastidio! Y me malhumoraba mucho.

"Todas las noches al entrar en la playa me decía: `A ver si hoy la encuentro totalmente lisa y sin huellas.` Raramente se cumplía esa ilusión.

"Pero aquella noche, de repente –había muchas huellas– miré sin miedo las pisadas y dije para mí: `Si son maravillosas. No estropean nada. Son más maravillosas que la arena tersa.` Miraba cada huella y saltaba de gozo. No eran bellas, eran mucho más. Simplemente eran. No cabía de gozo. Daba patadas y patadas a la arena. Y me quedaba extasiado contemplando aquellas alteraciones de la arena. Corría, saltaba, hacía piruetas, fuera de mí, por la ancha playa. Y no sólo las huellas, sino también los objetos y montones de basura me parecían igualmente maravillosos.

"Entonces me dije: `¡Qué tonto eras! Querías una playa totalmente lisa y que tu vida fuera también así.` Caí en cuenta cuán idealistas somos y cómo esto nos impide ver la realidad tal cual es, que es precisamente lo que nos hará únicamente libres y felices.

Buscando una belleza perfecta la descubre justamente donde ante la vista no aparece. "Tiene el gusto tan trocado", se podría decir como San Juan de la Cruz en su Glosa a lo divino, "que a los gustos desfallece, /como el que con calentura /fastidia el manjar que ve /y apetece un no sé qué /que se halla por ventura." Se dice que no hay manjar más sabroso que el arroz líquido, pasado e insípido que se sirve en los desayunos japoneses durante los retiros intensivos de Zen, después de un momento de despertar o ken-sho (= ver la realidad).

San Juan de la Cruz prosigue: "No os maravilléis de aquesto, /que el gusto se queda tal, /porque es la causa del mal /ajena de todo el resto." La causa no está en ninguna cosa, en nada de lo que pudiera aprehender alguno de los sentidos o el entendimiento, es ajena de todo el resto, es decir, de todo lo que es el mundo fenoménico. Es "tal su hermosura /que sólo se ve por fe, /gústala en un no sé qué /que se halla por ventura." Fe para San Juan de la Cruz significa experiencia oscura, una experiencia real, pero no comprensible, de ahí oscura. Esta hermosura de un no sé qué sólo se puede conocer por experiencia; es una experiencia viva, transformante, pero no se la puede explicar.

Surge de la experiencia del vacío. Una vez alguien durante un período de zazen tuvo la experiencia de haber desaparecido. Cuando a continuación salió del zendo (sala de zen) y se sentó en el banco frente a las estanterías de zapatos para ponerse sus alpargatas, éstas le parecieron bellísimas, a pesar de que estaban bastantes gastadas y polvorientas. En los cuadros del boyero los ríos fluyen como fluyen, las flores florecen como florecen aparecen después del octavo cuadro, el olvido total de sí, la desaparición de todo. San Juan de la Cruz habla en la siguiente estrofa de "solo, sin forma y figura /sin hallar arrimo y pie". Es necesario esta desaparición o muerte, precedida muchas veces de momentos de miedo, para conocer "tal hermosura".

Lo bello, esta hermosura no va unida a lo que desde el punto de vista estético se considera perfecto. Brota de una pobreza. El testimonio lo refleja claramente en la segunda parte:

Bajé a la huerta. Estaban en obras. A lo largo de una pared habían amontonado escombros. Entre ellos había, a trozos, desechos de una colada lechosa de un color pobrísimo. Y precisamente de aquel desecho, del más pobre color brotó algo asombroso, distinto. Sentí una sensación parecida a la de las huellas de la playa.

"Un pinar subía por la ladera frente a un cielo azulísimo. El sol se ponía en un atardecer espléndido. Entonces me dije: `Voy a mirar esos pinos, ese cielo, ese atardecer. Porque si en el desecho más deleznable he visto maravillas ¿qué no veré en esos pinos, en ese cielo, ese sol?` Pero al levantar la mirada no vi nada extraordinario. Volví a mirar el desecho y de él sí volvía a brotar lo extraordinario, lo inaudito, lo invisible a través de lo visible.

"Acostumbrado a razonar me pregunté: `¿Por qué no me dicen nada esas cosas tan espléndidas? Sin duda es porque quería utilizarlas, manipularlas, provocar con ellas lo imposible. Pues sólo cuando desaparece el deseo, vemos realmente la verdadera realidad, tal y como son las cosas. El pensamiento y el deseo lo distorsionan todo.

"A veces se dice que lo bello, lo ético, pueden ser un camino de realización. Tal vez. Pero también pueden ser una coartada y terminar todo en puro esteticismo y moralismo estéril, que imposibilita la experiencia de la verdadera trascendencia.

Existe todo un arte en Japón que nace de la experiencia de pobreza, indigencia y en cuyo centro está lo bello más que bello. Es el arte wabi, el arte zen por excelencia. Algo muy difícil de describir, en realidad tan imposible como la misma experiencia de lo bello, del "gusto trocado", de la que es manifestación a través de arreglos florales, pintura suiboku (= agua y tinta), caligrafía de ideogramas, tiro al arco, ceremonia del té, teatro No, poesía haiku, etc., etc.

Hay que experimentar, vivirlo, ante todo. Por otra parte, es importante intentar articular esta experiencia. Es como colocar letreros orientativos en las carreteras o hacer buenos mapas, aunque naturalmente el tener un mapa o un letrero a la vista, por correcto que sea, no hace que estemos pisando de hecho el paisaje o la ciudad a que se refiere. Un dibujo de un pastel no quita el hambre, pero puede orientar, hacer caer en la cuenta de una posibilidad, abrir un horizonte.

Pierre de Béthune, benedictino belga, encargado de la comisión pontificia para el diálogo interreligioso monástico, que practica Zen y también la ceremonia del té, escribió hace unos años un artículo sobre el wabi en la revista belga Voies de l`Orient [3]. Allí comenta que un precursor de este arte wabi japonés fue el creador del teatro No, Zeami Motokiyo (1363-1443) que habla de yugen, la belleza escondida, y de ka, la flor. "Ya viejo y achacoso había descubierto una flor más esencial" que aquellos momentos cumbre que había alcanzado como actor joven, "una flor más íntima y única. Ya no se regía por cánones de belleza exteriores y descubrió que, incluso cuando faltan, la belleza escondida se revela." Surge del vacío, del silencio.

Ikkyu Shojun (1394-1443) pocos decenios posterior, habla ya de wabi. El y otros maestros wabi insisten en que esta experiencia de lo bello se basa en una situación objetiva de indigencia, pero como exorcizada o vuelta del revés, realmente "trocada". Pierre de Béthune resume su enfoque de la siguiente manera:

En lugar de obstinarse en una tentativa apasionada y trágica por poseer la plenitud de la perfección, se embarcan en el camino de un abandono cada vez más total. "No se puede ver la belleza de las montañas, las cuevas, el viento y la luna… más que cuando no se posee ninguna otra cosa (Ikkyu).

En lugar de alimentar la nostalgia de lo infinito, se contentan con lo insuficiente y hasta con lo caduco. Un ejemplo los jardines zen, muy limitados en el espacio, pero rezumando una intensidad sin igual.

En lugar de usar preferentemente materiales nobles, bronce o marfil, eligen materiales corrientes como el barro cocido, el bambú, y prefieren la pintura monocolor.

En lugar de buscar el refinamiento en la elaboración confían en la espontaneidad que brota de un corazón unificado.

En lugar de complacerse en la tristeza por no poder alcanzar un ideal inaccesible, encuentran su gozo en la acogida del momento presente. De esta manera, cualquier realidad puede llegar a ser revelación de la belleza absoluta. Se dice en el Zen: "Toda voz es voz de buda [4], toda forma / color es forma / color de buda."

"La obra de arte wabi es ante todo un testimonio del despertar del corazón del artista" y a su vez puede convertirse en un detonador del despertar en quien la contempla.

Béthune pone como ejemplo un haiku [5] del más famoso poeta japonés, Matsuo Bashô (1644-1694)

Sobre la mar oscura

el grito pálido

de un pato salvaje.

"La obra de arte ha de ser de una calidad, de una simplicidad extremas. No debe acaparar la atención del que la contempla: no es más que el humilde agente de un descubrimiento de la simplicidad inmensa de las cosas, un camino que se recorre y se olvida. Lo importante no es el grito pálido del pato, sino la inmensidad de la mar oscura que permite percibir… El wabi se caracteriza por su connaturalidad con el silencio, el vacío… es un sonido, un trazo, un gesto, lo contrario del silencio, pero por así decir un contrario cómplice, pues apela al silencio y provoca su aparición."

Tuve la oportunidad y suerte de practicar algún tiempo el suiboku o sumi-e con Nimura Sensei, maestra japonesa cristiana, que hablaba castellano. Son completamente inolvidables aquellas horas pasadas en su pequeña casa, sentadas en el suelo. Papel sobre una tela de fieltro, una barra de tinta hecha de hollín de madera de pino quemada y cola, un tintero plano de piedra, unos pinceles de pelos de animal de diferente suavidad y sobre todo alguna rama de flor. Lo primero es hacer la tinta. Su tío, que fue secretario en el palacio imperial, solía empezar a escribir, a pincel, cuando empezaba a percibir el aroma de la tinta, era señal de que estaba concentrado. Se trata en el sumi-e de pintar el alma de la flor, pero primero hay que llegar a dominar la técnica hasta el punto de que uno pueda olvidarse de cómo lo hace. Así que ensayar infinitas veces una hoja de bambú o pétalos de ciruelo o… y seguir ensayando todos los días en casa. Muchas veces me salían hojas paralelas y Nimura Sensei me decía que la naturaleza no era así, cada cosa es diferente y única.

Se pintan las flores marchitas lo mismo que los capullos o las que están abiertas, la realidad tal cual. Pero no se pinta el realismo objetivo sino el alma, lo que no se ve. Una flor u hoja mira la otra, hay un movimiento entre ellas. Casi nunca queda plasmado en el papel el arranque del tallo de la flor y tampoco necesariamente el final, por ejemplo, del bambú. Lo que se plasma es un momento de un movimiento que viene del infinito y va al infinito. El brazo está suelto, no se apoya, traza un gran movimiento y sólo toca un momento el papel. Además es imposible detenerse largo tiempo en un punto, porque se produce una mancha. Tampoco se puede repasar una línea. Se combina esta espontaneidad del movimiento del brazo con el movimiento del mismo papel, que al entrar en contacto con el pincel se levanta ligeramente. Sólo se le sujeta por un lado, pero nunca se le condena a la rigidez.

Las líneas son muy simples. Los tonos, siempre a base de la misma tinta negra, se consiguen usando más o menos agua, un pincel más o menos seco, rozando sólo con la punta o apoyando toda la anchura del pincel.

Se habla de "pintar sin pincel" o "pintar el blanco". La parte que no se ve es la más importante, y muchas veces el blanco ocupa la mayor parte del cuadro. Resalta su gran simplicidad y el particular sentido de belleza, que surge del uso de tonalidades negras y de los espacios vacíos. Es un antiquísimo arte zen, que ya se cultivaba en la época Tang de China, centrándose allí sobre todo en paisajes, pero que ha tenido un desarrollo muy sui géneris en Japón.

Toshihiko Izutsu en su libro Philosophie des Zen-Buddhismus dedica un capítulo al "arte de la pintura blanca y negra". Allí dice: "La observación de las cosas necesaria para la pintura oriental por parte del artista consiste en una penetración total de la realidad invisible de las cosas, hasta que el latido del alma se identifica con el latido de la vida cósmica que todo lo penetra, sea grande o pequeño, orgánico o inorgánico. Esto sólo se consigue por medio de una concentración intensa de todas las potencias del alma… es decir, que la observación del mundo exterior al mismo tiempo es penetración en la interioridad del espíritu" (p. 147-148).

En el arte wabi lo que aparece es la realidad, la talidad de las cosas, no propiamente el/la artista, éste ha desaparecido. Herrigel, un occidental, estando en Japón, quiso aprender el arte del tiro al arco. Durante mucho tiempo le pareció absurdo e imposible; tenía que soltarse sola la flecha sin que él disparara y además tenía que dar en la diana sin que él apuntara. Tardó cinco años hasta que esto un día ocurrió. Entonces el maestro de tiro al arco se inclinó. Herrigel le agradeció el gesto, pero el maestro se indignó: "¡Llevas cinco años conmigo y aún eres capaz de creer que me he inclinado ante ti! Me inclino ante Ello que ha tirado."

Las artes zen, los Do (chino: TAO), son como puentes hacia la vida cotidiana, porque de lo que en realidad se trata es de que la vida diaria se convierta en arte, es decir, que toda la vida surja no del ámbito del pequeño yo limitado, sino de Ello. ¡Tarea que no termina nunca!

"Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí", dijo San Pablo. Aquí merecen ser recordadas las palabras de Fernando Urbina con las que termina su libro Comentario a Noche oscura del espíritu y Subida al Monte Carmelo de San Juan de la Cruz: "La contemplación nos ayuda a situar nuestro esfuerzo en la verdadera y real profundidad de la acción divina que impulsa silenciosamente la Historia." Esto hoy parece de trascendental importancia, quizás más que nunca, ante la enormidad de los problemas que tenemos planteados la humanidad.

El camino del Zen y el arte zen terminan con la "vuelta al mercado". Su finalidad en realidad no es la iluminación, el despertar, (Y mucho menos alguna experiencia emotiva por ella misma), sino a partir del despertar, la transformación de la persona, hasta llegar a la gran naturalidad, la cual consiste en "caminar manifestando lo Uno en las diez (todas) direcciones" (chino: TE; japonés toku).


Notas:
[1] M. Heidegger, Über der Humanismus, Vittorio Klostermann, Frankfurt/M 1947; p. 19 ss.
[2] M. Heidegger, Der Satz vom Grund, Günther Neske, Pfullingen 1975, p 188; citado por Ueda Shizuteru en la conferencia indicada más arriba.
[3] Traducción en la revista "Pasos", Zendo Betania, Brihuega, nº 33 (1991)
[4] Buda es un sustantivo común y significa ‘ser despierto’; es lo contrario de shujo, ser ignorante (que al no haber caído en la cuenta de la realidad no es libre y sufre)
[5] Un haiku consta de tres versos, de 5-7-5 sílabas respectivamente.

La Moda Posmodernista

 

La moda en la postmodernidad

 

 

Que la  moda sea total quiere decir que se ha convertido en el modo de irrumpir  toda realidad en el ámbito social.
Que la moda sea total quiere decir que se ha convertido en el modo de irrumpir toda realidad en el ámbito social.

La moda ya no es algo meramente relativo al vestir. La moda es, según la conocida tesis, un fenómeno social total. Por eso, esforzarse por comprenderla supone ampliar la reflexión al contexto sociocultural y antropológico.

Que la moda sea total quiere decir que se ha convertido en el modo de irrumpir toda realidad en el ámbito social. Constituye el fenómeno mismo de lo social. Ese carácter totalizante de la moda es el resultado de la confluencia de tres características de nuestro mundo:

En primer lugar, de la necesidad imperiosa de generar artificialmente un espacio común en un mundo cada vez más amplio y más vacío en virtud de la incomunicación personal de fondo de los individuos que lo habitan. Hoy es necesario establecer la comunicación entre personas muy diversas y muy distanciadas, en la medida en que la sociedad se ha hecho pluricultural y globalizada. Esta situación aumenta la necesidad de tipificar la realidad para poder establecer con cierta precisión los sujetos del diálogo social y los términos del consenso. Los medios técnicos para lograr ese artificio son la imagen y las telecomunicaciones. En un mundo en que la mediación espacio-temporal se ha hecho muy compleja, la imagen se muestra como el vehículo inmediato de la comunicación: aquello que compartimos se hace de imágenes tipificadas repetidas, de lugares y sentidos comunes, que se hacen comunes en virtud justamente de su repetición. Pasado un tiempo, cambian las imágenes y con ellas nuestra existencia común.

En el espacio intercontextual generado artificialmente, la moda ha venido a ser el nuevo lenguaje básico[1]. No un “pérfido” lenguaje, sino quizás el único posible en las condiciones actuales de la existencia social. La palabra y el diálogo han sido sustituidos por la imagen y la moda: es ahí fundamentalmente donde nuestros espíritus comunican. Algunos de los oráculos de nuestro tiempo lo diagnostican con claridad: así G. Lipovetsky en su conocido ensayo El imperio de lo efímero, considera la imagen como el artífice máximo de la civilización superior que ha tenido lugar en la historia. También J. Baudrillard estaría de acuerdo en considerar la moda como fenómeno cumbre de la civilización. Por su parte M. Kundera se refiere a la imagología, es decir, la capacidad de creación de simulacros y sucedáneos, como el milagro materialista de nuestro tiempo[2].

La moda en su combinación con la imagen ha llegado a convertirse, por tanto, en el fenómeno del renacer a la realidad de cualquiera de los aspectos de nuestra existencia. Consideramos algo como real cuando aparece ante nuestros ojos y puede ser contemplado por todos al mismo tiempo y en el mismo sentido, no importando a los efectos de la realidad si proviene de la imaginación o del sueño. En efecto, como bien expresa G. Vattimo, máximo representante de la postmodernidad filosófica: “eso que llamamos la realidad del mundo es algo que se constituye como contexto de las múltiples fabulaciones”[3].

La moda es por tanto, una categoría de la existencia individual y colectiva, que en la misma medida en que se ha hecho total ha venido a ser universal.

En segundo lugar, el carácter totalizante de la moda se ha hecho posible por el economicismo capitalista, que ha venido a configurar el orden en que tienen lugar todas nuestras acciones. Como sugiere M. Rivière “la moda ha ayudado a construir el paraíso del capitalismo hegemónico”[4]. Sin duda, capitalismo y moda son realidades que se retroalimentan. Ambos son un motor del deseo que se expresa y satisface consumiendo; ambos cuentan de modo especial con emociones y pasiones, con la atracción por el lujo, por el exceso y la seducción. Ninguno de los dos conoce el reposo, avanzan según un movimiento cíclico no-racional, que no supone un progreso. En palabras de J. Baudrillard: “No hay un progreso continuo en esos ámbitos: la moda es arbitraria, pasajera, cíclica y no añade nada a las cualidades intrínsecas del individuo”[5]. Del mismo modo es para él el consumo un proceso social no racional. La voluntad se ejerce –está casi obligada a ejercerse– solamente en forma de deseo, clausurando otras dimensiones que abocan al reposo, como son la creación, la aceptación y la contemplación. Tanto la moda como el capitalismo producen un ser humano excitado.

En tercer lugar, el condicionamiento de toda la realidad por el progreso técnico, que hoy en día es un fin en sí mismo independiente de la vida humana, ha afectado a la moda. Al igual que el arte, la moda sigue las leyes del progreso técnico y se hace autónoma respecto a la belleza, al bien y a la verdad[6]. Para el caso del vestir, por ejemplo, comprobamos en la actualidad la autonomía del vestido respecto al cuerpo –el caso tan conocido del tallaje– y respecto del diseño e incluso respecto del vestir mismo: las últimas tendencias consisten justamente en deconstruir el vestido[7].

Todos estos fenómenos contribuyen a configurar una estética de la frivolidad que lleva aparejada una moral de la frivolidad, tal como la entiende por ejemplo Rorty, las cuales son la expresión misma del pensamiento contemporáneo postmoderno, para el cual la moda parece constituirse en la expresión misma del pensamiento, puesto que pone de manifiesto de modo fenoménico su debilidad.

Para darse cuenta de lo que esto quiere decir basta mencionar a G. Lipovetsky para quien “la mayor lección de la moda es que nos hace comprender, en las antípodas del platonismo, que, actualmente la seducción es lo que reduce el desatino, lo artificial favorece el acceso a lo real, lo superficial permite un mayor uso de la razón, lo espectacular lúdico es trampolín hacia el juicio subjetivo”[8]. Aunque Lipovetsky quizá no lo expresa del todo claramente, lo que parece estar detrás es la tesis nietzscheana, recogida por los filósofos postmodernos, de que lo aparente es lo real.

Lo característico de la frivolidad es la ausencia de esencia, de peso, de centralidad en toda la realidad y, por tanto, la reducción de todo lo real a mera apariencia: es una nueva sofística en la que, al igual que aquella con la que combatió Sócrates, la retórica erística prima sobre la verdad[9].

En efecto, la moda es una suerte de retórica-sofística que nos hace sumergirnos en una orgía de la apariencia. J. Baudrillard diría incluso en una post-orgía, en la que toda la realidad se nos presenta como pura exterioridad absolutamente manipulable. Ya la modernidad fue una orgía, un momento explosivo en que se consiguió la liberación en todos los campos. ¿Qué hacer después de la orgía? Fingir –dirá este autor postmoderno–. “Ya sólo podemos simular la orgía y la liberación, fingir que seguimos acelerando en el mismo sentido, pero en realidad aceleramos en el vacío”[10]. Sabemos que no somos libres, pero fingimos la liberación. La moda viene a ser el concepto de esa liberación sin libertad: posibilidad, transformación sin resistencia sobrepasando todos los límites sin nunca dejar de tener necesidad de liberarse de alguno. El proceso de liberación al infinito se muestra como la mayor atadura. De ahí la necesidad de vivir en la ficción: en la ficción de la liberación.

En la era de la apariencia cada uno busca su look, que es como su identidad de plástico. “Como ya no es posible definirse por la propia existencia –dirá J. Baudrillard–, sólo queda por hacer un acto de apariencia sin preocuparse por ser, ni siquiera por ser visto. Ya no: existo, estoy aquí; sino: soy visible, soy imagen –look, look! –. Ni siquiera narcisismo, sino una extroversión sin profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria en la cual cada uno se convierte en empresario de su propia apariencia”[11].

Creo que no se puede describir mejor el actual significado de lo que aquí queremos decir con la expresión “moda total”. En esta situación de apariencia total, se disuelven las diferencias entre bien y mal, verdad y falsedad, lo mismo y lo otro, interioridad y exterioridad. Es la confusión total en la que tampoco hay espacio para el humor, porque como dice acertadamente M. Kundera, “el humor sólo puede existir allí donde la gente distingue la frontera entre lo relevante y lo irrelevante. Y esa frontera se ha vuelto hoy imposible de distinguir”[12].

En lo que hace relación al vestir, la forma de indiferencia, de liberación, más básica para entender la moda actual es la homologación del cuerpo a los objetos, en el sentido de que el cuerpo no pasa a primer plano como lo haría en un naturalismo, sino como impregnado de artificiosidad. Como apariencia y pura exterioridad no hay modo de diferenciar el cuerpo humano de los demás objetos[13]. Uno y otros son presa del poder de la técnica, que es lo único que queda de poder y de dominio en el contexto de la debilidad del pensamiento y la voluntad. La reconversión artificial del cuerpo se constituye de hecho en una nueva religión.

Esta situación aparece descrita de un modo muy claro en el libro de M. Rivière, Lo cursi y el poder de la moda: “La utilización masiva de instrumentos para la transformación del cuerpo es una verdadera religión, supone un ritual, requiere unos sacrificios, unos dogmas y normas morales cuyo objetivo es el acceso a un nirvana terreno: la eterna juventud, el desafío de la muerte. La religión del culto al cuerpo promete una nueva vida en sus ritos y en su magia, presentándose como un desafío al reinado del mal, entendiendo por mal lo natural, hasta que esa nueva vida artificial se convierta en la encarnación del nuevo mal. El narcisismo resulta una expresión excesivamente liviana para reflejar la realidad del nuevo hombre artificial. El maquillaje del yo, machacando al cuerpo en el fundamentalismo laico de su culto para adaptarlo a la identidad soñada, no pretende otra cosa que hacer del hombre un dios de la realidad nueva y esplendorosa que ese hombre trata de inventar”[14].

Es decir que, curiosamente la única forma de dominio que se ejerce es aquella del sacrificio para adaptarse a la apariencia cambiante y sin sentido. Y ese sacrificio pertenece a la única forma de culto posible para el mundo de la exterioridad y es el culto de la figura. Las diosas de ese culto, sin duda, son los y las modelos.

Como decíamos, la estética de la frivolidad lleva aparejada una ética de la frivolidad. El fenómeno de la moda total cuestiona el yo, tal como se había entendido en la modernidad: una identidad racional, definida individualmente, subjetivizada al máximo, con un poder ilimitado sobre su entorno. El yo rortyano postmoderno nos aparece, por el contrario, como un yo infinitamente revisable y compatible con una multiplicidad de identidades incoherentes, es caleidoscópico, especular y puede adquirir en sociedad distintos roles confundentes entre sí. La sociedad consiste entonces en un conjunto de yoes descentralizados constituidos por múltiples piezas de retazos culturales deconstruidos[15]. Como vimos, exactamente igual que el vestido. Desde esta interpretación del yo, no es posible una integración de la experiencia, no podemos hallar una continuidad en la acción que permita hablar de perfección, de cumplimiento de la propia personalidad, sin la cual toda ética no es más que una ética fingida, una ética puramente superficial sin interioridad, una ética frívola.

En la orgía de la apariencia, lo imaginario ha triunfado sobre lo real, pero aún cabe preguntarse dónde queda la realidad. La realidad queda mediada por la ficción, la cual presta al yo postmoderno un gran número de servicios. Veamos cuales son.

Quizás la función clave que ejerce la moda al yo en este contexto general es procurarle una oferta de identidades. La moda es una especie de “supermercado del yo”[16]. La creación de los diferentes looks, no es más que una tecnología de la identidad. Ajusta mis deseos momentáneos proyectados en la imaginación a un tipo social que se me ofrece en el mencionado supermercado: así hoy voy de romántico, mañana de hippie, pasado de mujer fatal, etc. Los constructores del supermercado deciden en su agenda las posibilidades de mi identidad. Lo grave del caso es que además el look supone una identidad definida exclusivamente por la exterioridad, por la apariencia, y reflejada de un modo particular en el vestido, aunque también en los lugares, las costumbres, el lenguaje. Es lo que ocurre hoy con la estética de la delgadez. Se ha impuesto como modelo de identidad contemporánea por antonomasia. Es un componente meramente exterior de la identidad, pero en el que nos reconocemos y fuera del cual, experimentamos un rechazo.

Curiosamente por muy alienante que parezca la identidad prefabricada en nuestra decripción, es un valor en alza. “El éxito de la identidad prefabricada –dirá M. Rivière– es que cada uno se la organiza de acuerdo con lo que previsiblemente triunfa”[17]. Permite por eso la moda un uso utilitarista de la propia personalidad.

Todo eso, sin embargo, no tiene generalmente nada que ver con la historia personal, es más, puede llegar a ocultarla, a hacerla imperceptible a mis propios ojos. La identidad se configura desde fuera de nosotros mismos. Cuantos más ojos tienen los demás para con nosotros, menos capacidad de mirarnos desde nuestro interior nos queda. Los ojos de los demás nos hacen olvidar que somos también protagonistas de nuestra propia historia, que somos más que una mera función del cambio social. No podemos distinguirnos a nosotros mismos de nuestro disfraz. ¿Cómo es posible entonces la ansiada liberación? La salida de ese disfraz es el camino interior. Consiste en alumbrar el propio nombre, es decir, la verdad del propio ser desde lo profundo de cada uno y contando con la propia historia. También entonces la moda tiene un papel relevante, a saber: expresa la identidad, pero no la constituye.

Un segundo servicio que presta la moda al hombre contemporáneo, y que me parece también extralimitado en nuestro mundo postmoderno, es el de ser el espejo social por antonomasia y, en esa misma medida, distorsionar la inclinación natural a la imitación que reside en todo ser humano. Toda situación social se ha convertido en una pasarela. Casi no podemos elegir a nuestros héroes, porque han quedado ocultos tras el brillo de esos escenarios.

En tercer lugar, la moda supone para el ser humano una redefinición del tiempo desde el ciclo de la moda: las famosas “temporadas”. Al final de cada una de ellas se crea una especie de vértigo en espera de lo nuevo. El tiempo queda redefinido otra vez desde la exterioridad. Lo nuevo es puramente cambio y viene a quitar el peso del aburrimiento existencial de las imágenes que se repiten: cambian las formas, los colores, los estilos, las identidades. No soportaríamos que no se diera ese cambio, la existencia se convertiría en algo demasiado pesado.

A la inconstancia del yo le corresponde una inconstancia del tiempo. La moda redefine las dimensiones del tiempo y las reduce a una, que es fundamentalmente el presente. No existe el pasado, porque la moda es efímera. Se desvanece totalmente en cuanto es sustituida. El futuro existe en forma de expectativa, de deseo en presente[18].

El tiempo queda marcado en función de unas expectativas meramente aparentes que, a mi modo de ver, falsean la disposición del ser humano a la esperanza. Y ésta es la siguiente función. Con la recreación del tiempo, queda redefinida la esperanza. La verdadera esperanza que supone, en el ejercicio del espíritu, el descubrimiento de la riqueza del ser de las cosas en la experiencia de lo mismo, de la repetición, queda sustituida por el dejarse sorprender por la novedad. En cualquier caso al no ser radical novedad se agota en muy poco tiempo y de nuevo aparece el aburrimiento y el vértigo, la dependencia de la oferta.

Un servicio de la moda añadido a los anteriores, y éste de gran interés para la clase gobernante, consiste en formar parte de la educación política, de la democratización. Todos los diseñadores se esfuerzan por decirnos, y hasta nos lo hacen creer, que “la moda está en la calle”. Esa afirmación, que a los consumidores de moda siempre nos sorprende, tiene un carácter eminentemente democrático. Desde el periodo de entreguerras, con el surgimiento del prêt à porter, la moda del vestir no ha hecho más que avanzar en un continuo proceso de democratización. El primer paso consistió en que toda la población tuviera acceso a la moda del vestir. El segundo es la posibilidad de manipular esa realidad humana en favor de la aceleración del proceso democrático. En este sentido la moda es un instrumento democrático más para lograr el consenso social. Un medio, por otro lado dudoso, pues, bajo la apariencia de una gran pluralidad y liberalidad genera una indiscutible homogeneidad, como señalaba A. Fikielkraut[19] en un artículo de La Vanguardia de hace ya algunos años.

Por último, el vestir adquiere un papel relevante en la redefinición de las relaciones humanas, que en el contexto de la moda total consiste fundamentalmente en seducir. Aquí viene al caso la conocida afirmación de Yves Saint-Lauren: “La gente ya no quiere se elegante, quiere seducir”[20]. Y eso es ejercer un poder. Lo característico de la elegancia es conservar siempre una cierta distancia para no perturbar la intimidad del otro. Es una forma de respeto. Generalmente la elegancia invita, pero no impone. Por el contrario, la seducción se impone, conduce generalmente a donde no se quiere ir: es un engaño.

La seducción reduce así fácilmente las relaciones humanas al nivel de la inmediatez que se mueve fundamentalmente por impulsos, apetitos, impactos, emociones, sentimientos, comodidad. En ese nivel de la inmediatez todos somos iguales y es muy fácil la manipulación: El “material humano” se hace así tremendamente previsible y, por tanto, flexible para las intenciones del poder.

Ahora bien, siendo tantos los servicios que la moda presta al ser humano de nuestros días –aunque, realmente lo serían si hallasen la medida entre la apariencia y la realidad–, ¿no es cierto que ha descuidado algunas de las dimensiones humanas a que afecta? Vayamos ahora a ellas.

En un sentido físico, el ser humano se viste para aislarse y protegerse del medio. Por eso, cuando no necesita protegerse deja de cubrirse: los pueblos primitivos de las regiones tropicales viven más o menos desnudos. Hay que distinguir aquí, sin embargo, el cubrirse del vestirse. En las diferentes culturas los seres humanos nos cubrimos de diferente modo, según las necesidades que nos impone el medio. Es ésta una necesidad física. Ahora bien, por encima del fenómeno de cubrirse está el de vestirse, que es más que cubrirse, es algo espiritual.

Interesan más aquí, desde el punto de vista antropológico, los rasgos espirituales del vestir.

En primer lugar hay que decir, siguiendo en este punto el análisis de Rafael Alvira[21], que le vestirse es una forma de habitar el mundo, una forma de “tener”.

Como absoluto el hombre pertenece a la esfera del ser, como relación a la esfera del tener. Porque necesariamente el hombre hace referencia a la alteridad, el hombre “tiene”. Su forma de relacionarse con las demás cosas es poseerlas, simplemente porque es en algún sentido superior a ellas. Con las personas la lógica de la posesión es diferente y se llama amor, que es el poseer por medio de dejarse poseer. Tener es ser capaces de añadir algo al propio ser. El hombre, al poseer la realidad, configura el entorno a su medida, según es él mismo. O, lo que es igual , puede “alargar”, “prolongar” su interioridad en todo lo que le rodea. Muy especialmente configura el entorno inmediato donde vive, la casa y el vestido.

Supone, por tanto, una relación entre una interioridad y una exterioridad. Precisamente, porque el ser humano tiene interioridad, y porque cada ser humano es una persona única, hay una infinita modelación del entorno por parte del hombre. Todo lo que tiene que ver con la acción humana puede adquirir muchas formas, aunque no todas, sin dejar de ser humano.

Nos vestimos al caer en la cuenta de que estamos presentes ante otros, que son ajenos a la propia interioridad. Ante esa mirada del otro configuro mi exterioridad como expresión de lo que soy. Esto nos enriquece, porque añade a nuestro ser corporal nuevos significados que expresan la riqueza interior, dándole así a nuestra apariencia externa una gran profundidad. El vestir dice algo de nosotros, pero no nos desvela completamente, de modo que siempre queda algo por conocer. Es la mediación necesaria para el trato social. Nos da la posibilidad de entrar en diálogo con los demás en la clave en que nos hayamos propuesto en cada caso. Los demás se dirigen a nosotros según nos presentemos. El vestir es una invitación al diálogo y al tipo de diálogo que buscamos[22]. En que sea simplemente una sugerencia para ello consiste, como mencionamos más arriba, la elegancia. Esa sugerencia se caracteriza por el respeto a quienes me ven y con los que quiero dialogar. Así no supone una violenta interferencia en su intimidad.

La elegancia no es el lujo o la ostentación, y ni siquiera la riqueza del vestido, sino que es la finura en el trato con los que nos rodean; la elección adecuada para el diálogo adecuado.

El hecho de que exista moda en el vestir nos habla de otro fenómeno espiritual, que tiene que ver con el ya mencionado diálogo, y es la necesidad que tenemos de asemejarnos y distinguirnos de los demás. Ya hacía referencia a ello G. Simmel en la definición que da de la moda: “Así la moda no es otra cosa que una de la formas de vida en las cuales la tendencia a la igualdad social y a la diferenciación individual y a la variedad se conjugan en un hacer unitario”[23].

Las personas necesitamos reconocernos en los demás para no sentirnos solos, pero al tiempo nos queremos distinguir, porque de hecho, somos diferentes en nuestra individualidad. Esa posibilidad de distinción en el contexto de igualdad nos la da, entre otras cosas, el vestido y la moda. Con la mediación del vestido podemos al tiempo acercarnos y marcar las distancias precisas.

El vestir supone, por tanto, una relación entre la interioridad y la exterioridad; entre el ocultamiento y el aparecer. Sin ese claroscuro no hay lugar para una experiencia verdaderamente humana en el ámbito del vestir. El vestido, por tanto, representa la necesidad de ocultar la intimidad a la mirada de los demás y, al mismo tiempo, -pues sólo se puede comunicar lo que de algún modo está oculto- la necesidad de comunicarla “medialmente”, es decir, la necesidad de modelar la propia exterioridad. En este diálogo del ocultamiento y del aparecer hallamos otro significado netamente espiritual del vestir que hace relación a la sexualidad humana: es el pudor.

El pudor no sólo hace referencia al ámbito de la sexualidad humana, sino a todos los ámbitos tocantes a la conservación de la propia intimidad[24]. Pero, sin duda, el hecho de que el ser humano tenga un carácter sexuado hace que el fenómeno del pudor sexual tenga que ver con el vestido. Porque mi cuerpo, soy yo.

Se habla hoy continuamente de “moda unisex”. La indiferenciación de los sexos pertenece a las nuevas tendencias. Ahora bien, eso de ningún modo elimina el juego de los sexos en el ámbito del vestir, porque de hecho la realidad sigue existiendo y la realidad humana es sexuada, aunque se pueda jugar a que no lo es. Hacerlo, lo único que añade es una sofisticación mayor y, por tanto, una mayor confusión, en el juego social y antropológico de los sexos. Es muy difícil pensar la realidad sin tomar en cuenta los valores masculinos y femeninos, sea quien sea quien los represente.

Dicho esto se entiende que el vestir, en la función de cubrir o descubrir, dependiendo de las culturas[25], juega un papel fundamental para que se haga posible una experiencia humana y no infrahumana en la vivencia de la propia sexualidad.

Como conclusión: la moda no es, sin más, un fenómeno advenedizo a la realidad humana, sino profundamente humano, siempre que se ajuste a su medida, siempre que no se abandone al pseudos. La moda a comienzos del siglo XXI, sin embargo, ha sobrepasado con mucho el sentido pleno que tiene dentro del marco de la experiencia verdaderamente humana y, en su totalización, se ha convertido en uno de los modos de alienación del ser humano. Se hace necesario a comienzos del nuevo siglo volverla a pensar integrándola dentro del sentido global de una vida humana plena. Sólo entonces encontrará la verdadera fuerza que permita para ella un despliegue auténticamente creador.

Notas:
[1] Ibd. p. 50.
[2] Cfr. M. Kundera, La inmortalidad, Barcelona, Tusquets, 1989.
[3] G. Vattimo, La sociedad transparente, Paidós, Barcelona, 1990, pp. 107-108.
[4] M. Rivière, Lo cursi y el poder de la moda, Espasa, 1992, p. 12.
[5] J. Baudrillard, The Consumer Society, SAGE Publication, 1998, p. 100.
[6] A. Ruiz Retegui, Pulchrum, Rialp. Madrid, 1998, pp. 48-54.
[7] I. Urrea, Desvistiendo el Siglo XX. EIUNSA, Barcelona, 1999. Él título mismo hace referencia a esta idea.
[8] G. Lipovetsky, El imperio de lo efímero, Anagrama, 1990, p. 17.
[9] Cfr. Platón, Gorgias, 471 b-472 c.
[10] J. Baudrillard, La transparencia del mal, Anagrama, Barcelona, 1990. p. 9
[11] Ibd. p. 29.
[12] Cit. en M. Rivière, p. 161.
[13] De ello habla también Baudrillard en The Consumer Society, p. 134. En la sociedad de consumo todos los objetos, también el cuerpo operan funcionalmente.
[14] M. Rivière, p. 122.
[15] Cf. R. Rorty, Philosophical Papers. Objectivity, Relativism and Truth, Cambridge University Press, Cambridge, 1991.
[16] M. Rivière, op. cit. , p. 35.
[17] Ibd. p. 38.
[18] Un análisis filosófico del deseo y el cambio conectados con la vida humana y el comercio, aparece en R. Alvira, Filosofía de la vida cotidiana, p. 98 y ss. Dentro del capítulo “El concepto de corazón”.
[19] Artículo en La Vanguardia/Cultura, 3 de abril de 1990.
[20] Cit. M. Rivière, op. cit. p. 156.
[21] R. Alvira, “Análisis filosófico de la moda”, p. 48.
[22] Una reflexión filosófica sobre la invitación se puede encontrar en R. Alvira, Filosofía de la vida cotidiana, pp. 23-32, en el capítulo “El arte de invitar”.
[23] G. Simmel, “La moda”, en: D. Formaggio y L. Perucchi, Georg Simmel. Arte e civilità, Milan, Isedi, 1976, p. 21.
[24] Lo esencial del fenómeno del pudor, y sigo en este punto a K. Woityla en Amor y Responsabilidad, Plaza & Janés, Barcelona, 1996, es: “la tendencia a ocultar los valores sexuales mismos, sobre todo en la medida en que en la conciencia de una persona constituyen un objeto de placer” (p. 213). Y esto porque en el ser humano existe un rechazo radical a ser considerado por los demás como un instrumento, como un objeto. Por eso, “el pudor sexual es, en cierta medida, una revelación del carácter suprautilitario de la persona, tanto del hombre como de la mujer”. (Ibd. P. 214). El autor hace una distinción interesante entre los diferentes modos como el hombre y la mujer experimentan el pudor sexual: teniendo en cuenta que para un ser humano normalmente constituido la sensualidad hace considerar el cuerpo del otro como un objeto de placer, se puede decir que en la mujer la afectividad supera la sensualidad y, por eso, ella es menos consciente psíquicamente del cuerpo como objeto de placer. Por esa razón, ella siente menos la necesidad de esconder su cuerpo, objeto posible de placer, y es menos púdica. El hombre, sin embargo, siente interiormente su propia sensualidad, es decir, psíquicamente es más consciente de ella y, por eso, es más púdico. Se da cuenta de lo que puede suponer que “la mujer reaccione ante su cuerpo de modo incompatible con el valor del hombre en cuanto persona” (Ibd. p. 215). Se puede decir, por tanto, que, y cito de nuevo, “la necesidad espontánea de encubrir los valores sexuales es una manera natural de permitir que se descubran los valores de la misma persona”. (ibd. p. 217).
[25] Ibidem. , p. 212-213: “los pueblos primitivos de las regiones tropicales viven más o menos desnudos. No pocos hechos referidos a sus costumbres demuestran que no identifican la desnude con la falta de pudor. Incluso consideran señal de impudor cubrir ciertas partes del cuerpo. Lo que actúa en estos casos es ciertamente una costumbre, un uso debido a las condiciones atmosféricas. La desnudez es en estos pueblos una función de adaptación del organismo al medio y las condiciones de éste, de manera que no se ve en ella directamente ninguna otra intención; en cambio, semejante intención puede fácilmente asociarse al hecho de disimular las partes del cuerpo que determinan la diferencia de sexos”.

La Compasión Finalmente Triunfará

El triunfo de la compasión

 

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La compasión es la emoción desagradable que sentimos cuando nos ponemos imaginativamente en el lugar de otro que padece, y padecemos con él, lo compadecemos. Hemos empezado a entender el mecanismo de la compasión gracias a Giacomo Rizzolatti, descubridor de las neuronas espejo, que se disparan en nuestro cerebro tanto cuando hacemos o sentimos ciertas cosas como cuando vemos que otro las hace o siente. Las neuronas espejo de la ínsula se disparan y producen en nosotros una sensación penosa cuando vemos a otro sufriendo. Esta capacidad puede ejercitarse y afinarse o, al contrario, embotarse por falta de uso.

 

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Los pensadores de la Ilustración, desde Adam Smith hasta Jeremy Bentham, pusieron la compasión en el centro de sus preocupaciones. David Hume pensaba que la compasión es la emoción moral fundamental (junto al amor por uno mismo). Charles Darwin consideraba la compasión la más noble de nuestras virtudes. Opuesto a la esclavitud y horrorizado por la crueldad de los fueguinos de la Patagonia con los extraños, introdujo su idea del círculo en expansión de la compasión para explicar el progreso moral de la humanidad. Los hombres más primitivos sólo se compadecían de sus amigos y parientes; luego este sentimiento se iría extendiendo a otros grupos, naciones, razas y especies. Darwin pensaba que el círculo de la compasión seguirá extendiéndose hasta que llegue a su lógica conclusión, es decir, hasta que abarque a todas las criaturas capaces de sufrir.

 

 

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El pensamiento indio, y en especial el budismo y el jainismo, consideran que la ahimsa (la no-violencia, la no-crueldad, la compasión frente a todas las criaturas sensibles) es el principio central de la ética. En contraste con el silencio de la jerarquía católica, el Dalai Lama ha reclamado públicamente la abolición de las corridas de toros. Al rey Juan Carlos, ya desprestigiado por sus continuas cacerías, no se le ocurre otra cosa que salir ahora en defensa de la tauromaquia. Más le valdría identificarse con su antecesor ilustrado Carlos III, que prohibió las corridas de toros, que con el cutre y absolutista Fernando VII, que las promovió.

 

 

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El Dalai Lama se opone a la tauromaquía y a toda forma de trato cruel contra los seres vivos sensibles

 

 

El conocimiento facilita la empatía. Como decía Francis Crick (el descubridor de la doble hélice), los únicos autores que dudan del dolor de los perros son los que no tienen perro. Muchos españoles no dudan del dolor de los perros ni de los toros. Cuando un degenerado cortó con una sierra eléctrica las patas de los perros de la perrera de Tarragona y los dejó desangrarse hasta la muerte, más de medio millón de españoles estamparon su firma en una petición al Congreso exigiendo la introducción del maltrato animal en el Código Penal. En Cataluña todas las encuestas indican una gran mayoría a favor de la abolición de la tauromaquia, solicitada al Parlamento catalán por más de 200.000 firmas. Yo conozco a varios firmantes de la petición; todos lo hicieron por compasión, ninguno por nacionalismo.

 

 

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Los defensores de la tauromaquia siempre repiten los mismos argumentos a favor de la crueldad; si se tomaran en serio, justificarían también la tortura de los seres humanos. Ya sé que los toros no son lo mismo que los hombres, pero la corrección lógica de las argumentaciones depende exclusivamente de su forma, no de su contenido. En eso consiste el carácter formal de la lógica. Si aceptamos un argumento como correcto, tenemos que aceptar como igualmente correcto cualquier otro que tenga la misma forma lógica, aunque ambos traten de cosas muy diferentes. A la inversa, si rechazamos un argumento por incorrecto, también debemos rechazar cualquier otro con la misma forma. Incluso escritores insignes como Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, en sus recientes apologías de la tauromaquia publicadas en este diario, no han logrado formular un solo argumento que se tenga en pie, pues aceptan y rechazan a la vez razonamientos con idéntica forma lógica por el mero hecho de que sus conclusiones se refieran en un caso a toros y en otro a seres humanos.

 

 

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El budismo es el que más desarrolla el concepto de compasión, que es perfectamente igual al del amor cristiano en su plenitud.

 

 

 

 

Ambos autores insisten en el argumento inválido de que también hay otros casos de crueldad con los animales, lo que justificaría la tauromaquia. Savater nos ofrece una larga lista de maltratos a los animales, remontándose nada menos que al sufrimiento infligido por Aníbal a sus elefantes cuando los hizo atravesar los Alpes. En efecto, debieron de sufrir mucho, pero no más que los soldados, la mayoría de los cuales no lograron sobrevivir a la aventura italiana del caudillo cartaginés. Si esto fuese una justificación del maltrato animal, también lo sería del maltrato humano y de la agresión militar. Vargas Llosa pone el ejemplo de la langosta arrojada viva al agua hirviente para dar más gusto a ciertos gourmets. Esto justificaría las corridas, pues también las langostas sufren. También es cruel la obtención del foie-gras de ganso torturado, pero por eso mismo el foie-gras ya ha sido prohibido en varios Estados de EE UU y en varios países de la UE. En cualquier caso, sabemos que los toros sienten dolor como nosotros, pues el sistema límbico y las partes del cerebro involucradas en el dolor son muy parecidos en todos los mamíferos. El neurólogo José Rodríguez Delgado hizo sus famosos experimentos para localizar los centros del placer y el dolor en el cerebro de toros y hombres y no encontró diferencias apreciables. Desde luego, el mundo está lleno de salvajadas y crueldades contra los animales humanos y no humanos, pero este hecho lamentable no justifica nada.

 

 

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Se aduce que la tauromaquia forma parte de la tradición española, como si lo tradicional fuera una justificación ética, lo que obviamente no es. Todas las costumbres abominables, injustas o crueles son tradicionales allí donde se practican. Vargas Llosa siempre ha polemizado contra la corrupción y la dictadura en América Latina, pero ambas son desgraciadamente tradicionales en muchos de esos países. También ha puesto a Chile como ejemplo a seguir por los demás países sudamericanos. Pero Chile prohibió las corridas de toros hace ya dos siglos, el mismo día y por el mismo decreto que abolió la esclavitud.

Antes los caballos salían a la plaza de toros sin protección alguna y durante la suerte de varas casi siempre acababan destripados y con los intestinos por el suelo. Por otro lado, como los toros no querían combatir y huían, les introducían en el cuerpo banderillas de fuego (petardos que estallaban en su interior y desgarraban sus carnes), a ver si así, enloquecidos de dolor, se decidían a embestir. En 1928 al general Primo de Rivera se le ocurrió invitar a una elegante dama parisina, hermana de un ministro francés, a una corrida de toros en Aranjuez. Cuando la dama empezó a ver la sangre brotar a borbotones, los intestinos de los caballos caer a su lado y los petardos estallar dentro de los toros, casi le dio un patatús de tanta repugnancia e indignación como le produjo el espectáculo. El general, avergonzado, ordenó al día siguiente que se cambiase el reglamento taurino, suprimiendo los aspectos que más pudieran escandalizar a los extranjeros, a quienes se suponía una sensibilidad menos embotada que a los aficionados locales.

 

 

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Los toros pertenecen a la misma especie que las vacas lecheras, aunque no hayan sido tan modificados por selección artificial. Son herbívoros y rumiantes, especialistas en la huida, no en el combate, aunque en la corrida se los obligue a defenderse a cornadas. Los taurinos dicen que la tauromaquia es la única manera de conservar los toros "bravos". Pero hay una solución mejor: transformar las dehesas en que se crían (a veces de gran valor ecológico) en reservas naturales. Algunos añaden que, puesto que no se ha maltratado a los toros con anterioridad, hay que torturarlos atrozmente antes de morir. ¿Aceptarían estos taurinos que a ellos se les aplicase el mismo razonamiento?

 

 

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Protestas contra la tauromaquía

 

Los amigos de la libertad nunca hemos pretendido que no se pueda prohibir nada. Aunque pensamos que nadie debe inmiscuirse en las interacciones voluntarias entre adultos, admitimos y propugnamos la prohibición de cualquier tipo de tortura y de crueldad innecesaria. Si aquí y ahora hablamos de la tauromaquia, no es porque sea la única o la peor forma de crueldad, sino porque su abolición ya está sometida a debate legislativo en Cataluña. Si allí se consigue, el debate se trasladará al resto de España y a los otros países implicados. No sabemos cuándo acabará esta discusión, pero sí cómo acabará. A la larga, la crueldad es indefendible. Todos los buenos argumentos y todos los buenos sentimientos apuntan al triunfo de la compasión.

 

 

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En el centro del cristianismo, el amor cristiano no solo se dirige hacia los seres humanos, sino hacia todas las formas de vida.

 

 

Jesús Mosterín es catedrático de filosofía en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en Barcelona.


El País, 9 mayo 2010

De Cómo Las Masas Siguen A Líderes Carismáticos

No solo funcionaría con líderes religiosos, sino con cualquier líder carismático, incluso políticos.

 


Un mecanismo neuronal explica la influencia de los líderes religiosos más carismáticos


Funciona sólo cuando se otorga cierta autoridad previa al orador y excede el ámbito de lo religioso


Investigadores daneses han analizado, con una técnica de escáner cerebral, la actividad neuronal de individuos muy religiosos, mientras éstos escuchaban sermones de una persona que, supuestamente, tenía poderes curativos. Así, se constató que, en el cerebro de estos individuos, se “desactivaron” áreas relacionadas con la capacidad de emitir juicios de valor sobre la veracidad o la falsedad de cualquier discurso. Según los científicos, esta constatación supone que existiría un mecanismo neuronal que nos hace influenciables ante otras personas, y que funciona si a éstas les otorgamos cierta autoridad a priori. Los investigadores afirman, asimismo, que este mecanismo funcionaría no sólo con los líderes religiosos, sino con cualquier otra persona en la que depositemos nuestra fe, como los médicos o los padres. Por Yaiza Martínez.

 

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Diagrama del efecto de los sermones, en el caso de cada uno de los tres oradores, para creyentes y para no creyentes. Fuente: Epiphenom.
Cuando sucumbimos al discurso de un líder religioso muy carismático, ciertas áreas del cerebro responsables del escepticismo y del estado de vigilancia se vuelven menos activas. Esto es lo que revelan los resultados de un estudio reciente, realizado por el científico Uffe Schjødt y sus colaboradores, de la Universidad Aarhus de Dinamarca, en el que se analizó la actividad neuronal de personas que atendieron los sermones grabados por oradores diversos.



Los voluntarios que escucharon dichos sermones fueron personas no creyentes, y también cristianos seguidores del Pentecostalismo, un movimiento cristiano mundial que pone un gran énfasis en el bautismo en el Espíritu Santo de todos sus miembros.

Esta corriente religiosa promueve, asimismo, el evangelismo, las misiones, la salvación y la santidad en la vida de sus creyentes, así como la doctrina bíblica y una gran gama de manifestaciones espirituales que puede variar según la corriente pentecostal.


Pero los científicos eligieron a seguidores del Pentecontalismo especialmente porque estas personas creen que existen individuos que tienen poderes para sanar, de sabiduría o proféticos, inspirados por Dios.


En otras palabras, se escogió a este tipo de voluntarios religiosos para saber hasta qué punto sus creencias y su forma de recibir los mensajes de los oradores podían condicionar su actividad neuronal.


Ellos y los otros voluntarios –no creyentes- representaron en la investigación a los dos extremos en la escala de las creencias religiosas, publica la revista
Epiphenom.


Sermones grabados


Según la revista
NewScientist, los investigadores utilizaron una tecnología conocida como imagen por resonancia magnética funcional (fMRI), para escanear los cerebros de un total de 20 pentecostalistas y de otras 20 personas no creyentes, al mismo tiempo que todos los participantes escuchaban sermones grabados.

A todos los voluntarios se les dijo que seis de las oraciones grabadas habían sido leídas por personas no cristianas, otras seis por cristianos corrientes y las otras seis por un sanador. En realidad, todas ellas habían sido leídas por cristianos de a pie.


Gracias a la fMRI, que consiste en un escáner especializado con el que se registran las respuestas hemodinámicas (los cambios en el flujo sanguíneo) relacionadas con la actividad neuronal del cerebro, los científicos constataron que sólo en el caso de los voluntarios devotos se produjeron cambios en la actividad cerebral registrada, como respuesta a los sermones oídos.


Concretamente, en este grupo la actividad neuronal se redujo en partes de la
corteza prefrontal y de la corteza cingulada anterior del cerebro, que son áreas que juegan un papel clave en el estado de vigilancia y de escepticismo en situaciones en las que estamos juzgando la verdad y la importancia de lo que la gente nos dice.


Foto: Cicero Fonseca. Everystochphoto.
Foto: Cicero Fonseca. Everystochphoto.
Un mecanismo neuronal que nos hace influenciables

Esta reducción de la actividad neuronal en los pentecostalistas se produjo sólo cuando el orador era aquél que los devotos creían que tenía poderes de sanación.


Según escriben los investigadores en un artículo aparecido en la revista especializada
Social Cognitive and Affective Neuroscience, estos resultados sugieren que existe un importante mecanismo neuronal que facilitaría la influencia en otros de las personas carismáticas. Este mecanismo explicaría porqué ciertos individuos ejercen poder sobre otras personas.

Por otro lado, los resultados de la investigación apuntan a que la capacidad de influir o no en otros individuos depende en gran parte de las nociones preconcebidas que éstos tengan acerca de la autoridad o de la fiabilidad del primero.


El estudio no aclara si estos resultados pueden extenderse más allá de la influencia de los líderes religiosos, pero Schjødt especula que las regiones cerebrales estudiadas podrían desactivarse de manera similar como respuesta a mensajes emitidos por otro tipo de personas a las que también podemos otorgar autoridad, como los médicos, los padres o los políticos.


Rezos y actividad neuronal


En una
investigación anterior, Schjødt y sus colaboradores utilizaron la misma técnica de exploración de resonancia magnética funcional, para investigar cómo la ejecución de formas improvisadas y establecidas de oración condicionaban las respuestas neuronales en un grupo de jóvenes cristianos daneses muy creyentes.

Así, constataron que la oración improvisada activaba una fuerte respuesta neuronal en la región temporopolar, en la corteza prefrontal media, en la
unión temporoparietal y en el precúneo del cerebro.

Estos resultados, según los científicos, sugieren que los sujetos religiosos que consideran que su Dios es real y que puede corresponder a sus ruegos, utilizan áreas del cerebro relacionadas con la cognición social en el momento de sus rezos.


Los investigadores afirman que, por tanto, para las personas religiosas orar a Dios supondría una experiencia comparable a la de las interacciones interpersonales en los contextos sociales.


 

La Crisis Personal Como Fuente de Crecimiento Espiritual

Los estados místicos pueden ser profundamente curativos y tener un  importante impacto positivo en la vida de quien los experimenta.
Los estados místicos pueden ser profundamente curativos y tener un importante impacto positivo en la vida de quien los experimenta.

¿Qué es una Emergencia Espiritual?

Aunque los valores espirituales han sido en general reemplazados por consideraciones materialistas o sencillamente ignorados en la sociedad moderna, ahora se hace cada vez más evidente que el deseo de trascendencia y la necesidad de un desarrollo interno son aspectos básicos y normales de la naturaleza humana.

Los estados místicos pueden ser profundamente curativos y tener un importante impacto positivo en la vida de quien los experimenta. Es más: muchos episodios difíciles en los estados alterados de conciencia pueden considerarse crisis de transformación y de apertura espiritual. Las experiencias tormentosas de este tipo -emergencias espirituales, como las hemos llamado- han sido descritas en repetidas ocasiones en textos sagrados de todas las épocas como momentos duros en el sendero místico.

Las emergencias espirituales pueden definirse como etapas críticas y difíciles de atravesar, en una profunda transformación psicológica, que abarca todo nuestro ser. Se dan como estados alterados de conciencia, e implican emociones intensas, visiones y otros cambios sensoriales, pensamientos extraños y diversas manifestaciones físicas. Estos episodios suelen estar relacionados con cuestiones espirituales; incluyen secuencias de muerte y renacimiento psicológico, experiencias que parecen ser recuerdos de vidas pasadas, sentimientos de unidad con el universo, encuentros con diversos seres mitológicos y motivos similares.

¿Qué desencadena una emergencia espiritual?

En la mayoría de los casos se puede identificar la situación que disparó la crisis de transformación: puede ser un factor físico primario, como una enfermedad, un accidente, una operación, un cansancio físico extremo o una prolongada falta de sueño. Circunstancias como éstas son capaces de bajar la resistencia psicológica al debilitar al cuerpo, además de funcionar como poderosos recordatorios de la muerte y la fragilidad de la vida humana.

El ejemplo más dramático en esta categoría es la emergencia espiritual que sigue a una experiencia cercana a la muerte asociada a una grave crisis biológica, lo que permite acceder a experiencias trascendentales muy profundas. En las mujeres, una crisis de transformación puede ser desencadenada por la combinación del estrés físico y emocional durante el parto. Ya que dar a luz es una situación en la que existe el peligro de perder la propia vida, hay un elemento de muerte en cada nacimiento; esta experiencia lleva así a la madre a las fronteras mismas de la existencia individual: su comienzo y su fin. Esta es también la zona intermedia entre lo personal y lo transpersonal. En algunas instancias, un aborto natural o provocado puede jugar el mismo papel. A veces una transformación psicoespiritual puede comenzar durante relaciones amorosas intensas y emocionalmente desbordantes.

El sexo también tiene una dimensión transpersonal importante: por un lado, es un vehículo para trascender la mortalidad biológica porque es capaz de producir una nueva vida; por el otro, tiene una profunda conexión con la muerte. De hecho, los franceses llaman ‘pequeña muerte’ al orgasmo. Una unión sexual que se da en el contexto de un lazo emocional poderoso puede convertirse en una profunda experiencia mística: todas las fronteras individuales parecen disolverse y la pareja se siente reconectada con su origen divino. Además de ser la unión biológica de dos seres humanos, una situación de este tipo puede ser experimentada como la unión de los principios femenino y masculino, y alcanzar dimensiones divinas. La profunda relación entre sexualidad y espiritualidad es conocida y cultivada en las tradiciones espirituales tántricas.

En otros casos, el comienzo de una emergencia espiritual puede rastrearse hasta hallar una experiencia emocional muy fuerte, en especial una implique una gran pérdida, tal vez el fin de una relación amorosa importante, un divorcio, la muerte de un hijo, un padre u otro pariente cercano. Con menor frecuencia, el acontecimiento desencadenante es un desastre financiero inesperado, una serie de fracasos o la pérdida de un trabajo. En algunas personas la gota que rebalsa el vaso puede ser la experiencia con una droga alteradora de la conciencia, o una sesión de psicoterapia intensa. Se conocen casos en los que una crisis de transformación comenzó en un sillón de dentista con la extracción de una muela utilizando óxido nitroso.

La era de la experimentación descontrolada con drogas psicodélicas catapultó a mucha gente hacia la apertura espiritual, y a algunos de ellos hacia la emergencia espiritual. También hemos visto casos en los que una droga recetada por razones de salud fue el factor desencadenante.

Una sesión de hipnosis llevada a cabo con la intención de aliviar un terrible dolor de cabeza puede inesperadamente producir una experiencia de muerte y renacimiento, recuerdos de vidas pasadas y otros dominios espirituales de la psique que resultan difíciles de asimilar. Lo mismo ocurre con sesiones de psicoterapia experiencial que no se resuelven exitosamente.

La amplia variedad de aparentes desencadenantes de la emergencia espiritual sugiere que lo más importante es la predisposición del individuo para la transformación interna, mucho más que los estímulos externos. Pero si buscamos un común denominador o un camino final en las situaciones desencadenantes, encontraremos que todas estas situaciones conllevan un cambio radical en el equilibrio entre los procesos conscientes e inconscientes.

Algo ocurre que favorece el funcionamiento del inconsciente al extremo de que éste supera las percepciones comunes. En ocasiones, las defensas del ego pueden verse debilitadas por una agresión biológica; en otros casos, un trauma psicológico interfiere con los esfuerzos de la persona, orientados hacia lo externo, redirigiéndola hacia su mundo interior.

El catalizador más importante de una emergencia espiritual es un profundo compromiso con distintas prácticas espirituales. De hecho, muchas de estas han sido diseñadas para facilitar la experiencia mística al aislar al buscador de las influencias externas y orientarlo hacia su mundo interior. Es fácil de imaginar el impulso espiritual que surge de las formas activas de la adoración religiosa, como bailar en trance, los giros sufies, la percusión de tambores, las salmodias o las letanías.

Pero las crisis de transformación también pueden comenzar de manera menos dramática como la meditación sentada o en movimiento, la contemplación y la oración devocional. En la medida en que disciplinas espirituales tanto orientales como occidentales ganan popularidad, más y más gente parece experimentar crisis de transformación relacionadas directamente con sus prácticas. Se han puesto en contacto con nosotros en repetidas ocasiones personas cuyas experiencias ocurrieron durante la práctica de la meditación zen, la meditación budista vipassana, el Yoga Kundalini, los ejercicios sufies, la oración cristiana o la contemplación monástica.